Siete mañanas y cuatro hojas, un relato silvestre

Pasea todas las mañanas por El Retiro

Siete mañanas llevaba Greta paseando por los jardines de El Prado. Se detenía en cada árbol, hipnótica, sin prisa. Las flores danzaban a sus pasos, suspirando perfume y primavera. Sin aparente destino Greta llegaba al Retiro. Se adentraba sin orden por los caminos mientras se alejaba del estanque. Saboreaba las fuentes, jugaba con las ardillas hasta que de pronto se escondía entre los árboles enamorados, esos que parecen besarse todas las mañanas la mano.

Acurrucada y vigilando que nadie la hubiese seguido, sacaba a la luz su tesoro. Ese descubrimiento inesperado que la hacía recorrer absorta la ciudad. Un libro de cuatro hojas que le susurraba al oído los mayores secretos de su Madrid querido.

Mi piel aún sabe a ti mientras me visto espalda contra espalda. El Prado empieza a vislumbrarse por la ventana. Nos miramos sin nada que añadir. Un beso frío junto a un café por compromiso y con exceso de silencios. Un punto y final lleno de incógnitas que quedaron sin resolver entre las sábanas. Ese quiero y no puedo. Esas ganas contenidas. Esas preguntas con ansia de nuevas respuestas y saliva. Pero siempre hay un último intento, una ficha extra.

–¿Y si lo olvidamos todo y nos contamos los lunares a besos?  

Tarde, ella ya solo tenía como objetivo volver a ser flor en El Retiro.

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El calor de una abuela, un regalo del paraíso

el calor de una abuela

Le gustaban las rosas blancas. Las había visto crecer desde que era una niña en el jardín de su abuela Rosario. Cuando las primeras rosas brotaban y se desperezaban del capullo, Rosario las acariciaba antes de cortar con cuidado una de ellas. Siempre se la daba a Blanca, su nieta, y le contaba la historia de que su nombre también había nacido en aquel pedazo de paraíso.

A pesar de sus 25 años, Blanca seguía admirando la suavidad de cada rosa. Le devolvían las caricias que su abuela había ido encerrando durante años en aquella casa de campo perdida en las montañas del sur. Ahora ella se encontraba demasiado lejos con un océano de por medio pero el impacto de esa perfumada imagen le hacía flotar.

Una mañana antes de ir al gélido bufete para el que trabajaba, recibió un paquete. Era un pequeño esqueje acompañado por una nota con una caligrafía adornada.

“Siempre será tuyo”.

Blanca no entendía nada. No había remitente ni ningún otro objeto que aclarara su procedencia. Lo único que le quedaba claro es que necesitaba plantar aquel trozo de vida.

Cuidó del esqueje hasta que se convirtió en rosal y con el primer brote blanco entendió que su abuela aunque se había marchado hacía años, de alguna manera le había hecho llegar parte de su magia. Porque los abuelos tienen ese poder, el de acunarnos incluso cuando su presencia física se marcha.

Dedicado a todas las abuelas y abuelos del mundo

En especial a los míos que consiguieron, y algunos de ellos todavía lo hacen, que mi infancia y el resto de mi vida esté llena de amor y recuerdos inolvidables.

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El peluche de un adulto

El relato del lunes tiene forma de peluche

Eran las nueve de la mañana. El salón de actos estaba repleto de alumnos somnolientos. Algunos ni siquiera habían pasado por casa después de un jueves universitario memorable. El profesor que iba a guiar el curso de cómo hablar en público subió al escenario con una confianza enérgica. Después de dos estribillos de We will rock you los ánimos mustios se caldearon. La música no solo amansa a las fieras.

Durante las siguientes cuatro horas dio pautas y ayudó a marcar objetivos para conseguir que participar en una charla pública no fuera un suicidio social.

Carolina llevaba todo el curso ocultándose en la última fila. Le paralizaba la idea de dirigirse a un auditorio pero a la vez sentía la presión de que si no lo hacía su futuro como divulgadora sería una fantasía dolorosa.

Su falta de confianza ya le había costado demasiados trenes. Chicos de los que se había enamorado, experiencias académicas… Ese camino solo la llevaba a anclarse en el quiero y no puedo, a rumiar.

Solo quedaba una práctica para terminar la sesión, vender un elefante de peluche.

Tres personas levantaron la mano. Se necesitaba una más. Carolina en un impulso por impresionarse a sí misma o por acabar con la sensación de tener un verdugo acariciando su cuello, también la elevó. Cada uno de los participantes sacó sus técnicas de marketing y persuasión para conseguir impresionar a los posibles compradores.

Cuando llegó el turno de Carolina no era capaz de sujetar el micrófono. Cientos de ojos la analizaban. Quería huir. Miró al profesor y con la confianza que consiguió reunir en 20 segundos dijo que ella lo haría a viva voz. Centró la mirada al fondo, al lugar donde ella había ocupado. Pensó en lo que le gustaría que le dijesen y dejó que las emociones se convirtieran en palabras.

Sentía que le temblaban las piernas y que su voz era solo un hilo diminuto. Sin embargo el público percibió ternura. De repente, varios espontáneos se levantaron interrumpiéndola.

–Yo no quiero el peluche, me quedo contigo.

Un calor que le nacía en el vientre subió sin control. Las mejillas parecían explotar y con una sonrisa nerviosa articuló las últimas palabras de su discurso.

–No esperes a que alguien te salve, a que tome las decisiones por ti. ¿Quieres montar un negocio? Hazlo. ¿Te apetece bailar samba? adelante. Y si te mueres por comprarte este peluche, no lo dudes. ¿Infantil? No, valiente, muy valiente.

El auditorio rugió. Carolina no sabía si conseguiría vender un peluche a un adulto, lo que tenía claro era que esta vez la batalla al miedo de hacer el ridículo la había ganado ella.

¡Sorteo disponible!

Ayer lancé un sorteo entre las personas que forman parte de este club de lectores. Un ejemplar de Firmamento de Màxim Huerta y otro de El diario de Ana Frank. Para participar solo tienes que suscribirte a la newsletter. El domingo 23 anunciaré al ganador.

¡Por cierto! La semana pasada hablé de un thriller imprescindible, El Cuarto Mono. Échale un vistazo y descubre una novela completamente adictiva 🙂

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Llévame a Niveria

llévame a niveria relato sobre el poder de la imaginación

El relato breve de esta semana versa sobre Niveria, un lugar en el que el poder de la imaginación es completamente libre. Cuando a la creatividad de los niños no se le pone límites es capaz de crear universos partiendo de un simple cubito de hielo. Niveria es solo un brevísimo reflejo de ello.

Llévame a Niveria

Carolina estaba sentada junto a su abuela. El roce de la colcha de lana en sus pies unido al del olor a asado le hacía sentir en casa. Era su hogar, el único lugar en el que podía alentar a sus criaturas, dejarlas libres, mimarlas y convertirlas en algo más que en unas líneas de un diario ajado. Su abuela tarareaba. La voz fina y delicada proyectaba la calma que se irradiaba en aquel retirado rincón de Edimburgo.

Después de la segunda taza de té, Carolina entrecerró los ojos. Pocos segundos después apareció en Niveria, el país de las hadas heladas. A su alrededor reinaba el hielo y la luz se proyectaba en todas las direcciones como si un diamante irradiase su belleza. Sentía una presión en el pecho que la empujaba a buscar a alguna de esas sobrecogedoras criaturas.

Se deslizó como una bailarina por el lago sintiendo como el frío le reconfortaba. Un susurro. Miró en la dirección opuesta y pudo ver algo que se movía. Se acercó con cuidado, como si sus pies pudieran lastimar al duro hielo. Cuando estaba a punto de descubrir qué era esa bola brillante que zumbaba cerca de los pinos cristalizados, un ronroneo la despertó.

Mili, la gata de su abuela, se había enroscado en su regazo dejando un reguero de pelos y una suave sonrisa en el rostro de Carolina. Tenía todas las vacaciones de invierno para seguir buscando a la reina de las hadas heladas.

Puedes descubrir otros relatos aquí.

La reseña de la semana pasada fue sobre el libro de Dolores Redondo Todo esto te daré.

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La rosa que asesinó a mi madre

la simplicidad de una rosa

A mi madre la asesinó una rosa. Cuando llamaron al timbre me ordenó que me encerrara en mi habitación. No le gustaba recibir visitas en mi presencia, decía que los niños copan toda la atención y ella necesitaba las tertulias de las cuatro para olvidarse de que vivíamos en un minúsculo pueblo del interior.

Estaba releyendo uno de mis libros favoritos antes de que el ruido estridente del timbre me hiciera levantar la vista. La luz que acariciaba la antigua butaca de la abuela me acunaba, sin embargo, no podía negarme a la sutil petición de mi madre. Sabía lo que ocurriría si la desobedecía.

Cuando cerré con cuidado la puerta de mi cuarto percibí una voz que no era familiar. Una voz gruesa, con un aplomo que incluso irradiaba miedo al que tenía la suerte de recibir sus palabras afiladas. También escuché a mamá. Parecía nerviosa, se diluían las palabras al final de la frase. Solo alcancé a distinguir un par de ellas: aquí tienes la rosa.

Después de dos horas de silencio me decidí a salir. Llamé a mi madre pero no me respondió. Otras veces me había dejado sin merendar pero esta vez no conseguía adivinar la razón. Me había encerrado y poco más tarde de escuchar las primeras sílabas de esa conversación de mayores, había puesto mis cascos a máxima potencia. Había sido un niño ejemplar esa tarde.

Recorrí la cocina y el salón pero fue al acercarme a la entrada de casa cuando vi un zapato de mamá. Me pareció raro porque ella es muy ordenada. Dice que se pone nerviosa si los objetos no están en su sitio. Me acerqué unos centímetros más y descubrí el cuerpo desparramado con una gran mancha roja decorando la solería. No grité ni salí corriendo, no podía dejar de mirar la rosa blanca que tenía clavada en el pecho.

Puedes encontrar otros relatos aquí.

Si te perdiste la reflexión del viernes sobre lo que aprendí en el evento de escritores Molpecon, échale un vistazo.

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Todo al rojo, el poder de las cartas

relato todo al rojo

Uno de los momentos que más me ha llenado esta semana ha sido la charla con mi compañero Fernando. ¡Cómo me recuerda a mi abuelo! Y no solo por el nombre.

Es un hombre de mi curso de escritura creativa y él mismo es un libro andante. Es de esas personas que consigue tenerme pendiente de cada palabra, con el que el tiempo se detiene y todo tiene un sentimiento y conocimiento sobrecogedor.

Me recomendó el libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Es una obra de no ficción bastante densa. Sin embargo, me está fascinando precisamente por su trasfondo psíquico.

Una de los mejores consejos que me pudieron dar cuando era pequeña fue «escucha atentamente a las personas, sobre todo a las que son fuente de experiencia, porque quizás es la única oportunidad que tengas de conocer ciertas cosas extraordinarias». Y eso mismo me pasa con Fernando.

Te animo a que te pares a escuchar no solo con las orejas abiertas sino con el corazón. Te prometo que es alucinante la cantidad de detalles que pasamos por alto.

El relato de la semana, Todo al rojo

Este relato tiene un tono que no suelo usar escribiendo, es más creo que es la primer vez que lo toco. Tiene un tono gracioso y sencillo, sin grandes florituras. Me lo pasé bomba imaginando la historia, espero hacerte sonreír.

todo al rojo

Todo al rojo

-Las cartas lo dicen claro, Vicenta.

-No puede ser, tiene que haber algún error. Échamelas de nuevo-dijo Vicenta al borde de perder los nervios.

Lola volvió a barajar el taco y colocó tres cartas sobre la mesa. Vicenta se tapó la boca con un pañuelo de seda y olor a Heno de Pravia mientras se encomendaba a todos Los Santos y ánimas benditas para que aquella vieja no volviera a repetir lo mismo que llevaba diciéndole durante la última hora.

-El Sol, la Torre y las Cinco Espadas. Muerte segura, Vicenta, y ya para remate el Caballo del estandarte rojo lo sentencia, será un coche y sí, rojo.

Vicenta no podía creérselo, después de 20 años acudiendo religiosamente cada jueves ahora le venía con que un coche la iba a matar. ¡Un coche! Con la de coches que hay en su calle y ya no digamos en su barrio. Y eso que solo quería saber si su Antonio volvería a casa…

Cruzó las cuatro calles que separaban su casa del local de la tarotista como si de una espía rusa se tratase. Agarró fuerte su bolso no fuera a ser que se le enganchara en el retrovisor de un coche, pegó la espalda a la pared fregando todos los cristales del barrio y se quedó como una piedra al menor atisbo de movimiento mecánico.

Después de tres horas, por fin volvió a cruzar el umbral de su ansiada casa.

-¡Ay Dios mío! ¿Qué va a ser de mí? ¡Un coche, señor, un coche! No podía ser una muerte plácida en mi cama con mis sábanas de coralina, no, tenía que ser un maldito cacharro andante. ¿Y cuándo? Porque claro, la muy bruja no me ha dicho cuándo.

Vicenta no paraba de rumiar de un lado a otro de su casa intentado poner en orden no solo los cojines del sofá sino lo que le quedaba de vida.

-Ya está, decidido. Si lo que me va a quitar de en medio es un coche me quedo en casa, a un tercero sin ascensor no llegan los coches- dijo riéndose mientras tramaba su tan astuto plan.

Tal era la paronia que le había entrado tras la profecía de Lola que desistió también de acudir a sus reuniones de chinchón a las cinco en el bajo de su vecina Virtudes. Justo esa mañana había visto en las noticias que un coche había acabado empotrado en una casa tras circular a una imperdonable velocidad. Un bajo no era un lugar seguro y no estaba para tentar a la suerte.

Pasaron los años y Vicenta hizo de su casa un bunker. Veía la vida pasar desde la ventana, se reía con cada coche rojo y sus vecinas lamentaban en corrillo lo mucho que se le había ido la cabeza a la pobre Vicenta.

-Ja, no me alcanzarás, ¿acaso tienes alas? ¡Ay! ¿Y si al final hacen coches voladores? Vicenta, cálmate venga tómate una infusión de melisa con un chorrito de anís que ya verás que a gustito te quedas- se dijo a sí misma.

Una tarde una de sus hijas fue a visitarla con su nieto Luisito, cómo le gustaba que aquel endiablado niño con pecas fuera a jugar con ella. Era el momentazo del día después de Sálvame y la Campos.

-Mamá, venga anímate y vente al parque con nosotros lo vamos a pasar genial.

-¿Qué quieres? ¿Qué me maten?

-Mamá, si solo es cruzar la calle, por favor.

-Dice cruzar la calle, esta niña ha perdido el juicio, cruzar la calle.

-En fin mamá, no pasa nada, mañana venimos otro ratito, ¿vale?

-Perfecto y ya de paso trae chocolate y peras que estén maduras, que las últimas estaban más duras que una piedra. No dejes que Juan te time otra vez que es un liante.

Al día siguiente el barrio estaba que no cabía un cotilla más, los rumores avivaban aún más la expectación, incluso un par de cámaras de la tele local se había desplazado hasta el lugar.

Un estrepitoso ruido había despertado esa misma mañana al vecindario y una lluvia de bragas y camisetas había cubierto la calle. Vicenta, que estaba de lo más folclórica al recoger sus intimidades del tenderete, pisó el coche de bomberos de su nieto Luisito teniendo una entrada estelar al otro barrio. 

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Puedes conocer otros de mis relatos aquí. También me gusta reflexionar y hablar de libros 🙂

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