Enamorada de mis canas. Mi revolución personal

Con mi compañero de aventuras 🙂

Tengo canas desde los 18 años y hasta noviembre del año pasado me teñía casi cada tres semanas. Lo que empezó siendo una gracia de poder ir a la peluquería y probar distintos tonos, acabó convirtiéndose en la peor de las pesadillas. Me sentía esclava de mi pelo, de mis canas.

Mi pelo crece a una velocidad increíble. Supongo que algo ideal para mantener una melena tan larga como Rapunzel. Sin embargo, un castigo si quieres mantener escondidas esas hebras plateadas y blancas que adorna la cabellera. Siempre he intentado tomármelo con humor.

Mis amigas todavía no tienen canas y mucho menos cuando estábamos acabando el bachillerato. Intenté pensar que ellas habían sufrido los granos en la pubertad y que mi penitencia llegaba con las canas. Una especie de equilibrio absurdo. Por más que intentara buscarle un lado positivo, se iban amontonando granitos de sentimientos no del todo brillantes. Hacía malabares para ocultar con flequillo y peinados distintos la verdad de mi pelo.

No quería ser diferente a las demás mujeres. Me he criado como tantas otras con la idea incrustada en el disco duro de que las canas son síntoma de mujeres viejas y descuidadas pero de hombres con un “yo que sé” de lo más erótico festivo.

Y me da mucha rabia.

Me ahogaba en un mar de incomprensión propia

El agobio al ver cómo mi pelo cambiaba cada vez más rápido y que la sensación asfixiante de no poder hacer nada por más tintes, mechas y productos que probase, me estaba consumiendo. Recuerdo pasear por Cracovia en septiembre del año pasado con una idea que buscaba materializarse en realidad.

Mi cabeza solo veía que de nuevo tenía las raíces blancas a pesar de que me había teñido antes de salir de vacaciones. Todos los vídeos que quería haber grabado allí para el canal no los llevé a término por las canas. ¡Cómo iba a salir así!

Empecé a obsesionarme analizando el pelo del resto de mujeres con las que me cruzaba mientras intentaba buscar una respuesta. Una afirmación que diera aire a esa angustia que me comía por dentro. 

Y la obtuve. Pero no llegó de fuera sino de dentro.

En uno de nuestros paseos por esa bellísima ciudad lo decidí. Después de casi 10 años de químicos, iba a desvelar quién era mi pelo real.

Cómo me dejé las canas

Me defino como una persona intensa y a veces no tengo término medio. Cuando tomé la determinación de ver mis canas libres por el mundo también aseguré que no sería un proceso lento.

Llegué a mi peluquera y le dije con toda la confianza del mundo “rápame la cabeza”. Creo que es la primera vez que cuando acudo a una peluquería le temen a cortar demás. Es cierto que ya antes de irme de vacaciones había dado un primer paso, de media melena a corte de chico pero lo que pedía ahora era un rapado al dos.

Cedí en cuanto al número pero dos cortes de pelo después mi belleza real empezó a florecer.

Nunca me he sentido más fuerte y con el autoestima más segura. Ha supuesto la guinda a una revolución personal.

Había pasado de tocar un fondo oscuro y doloroso a sentirme una mujer con ganas de comerse el mundo. Y todo comenzaba por aceptarme tal y como era.

Evento de escritores molpecon
Evento Molpecon

He sufrido críticas

Aunque me daba igual la opinión externa, me sorprendió muy gratamente cómo incluso mujeres con las que no he hablado en mi vida me paraban por la calle para preguntarme por mi pelo. Me aseguraban que estaba preciosa, que tenía una luz diferente y que para ellas, era toda una valiente.

No me he sentido valiente como tal pero sí que he tenido que enfrentarme a las barreras limitadoras. Todavía las mujeres vivimos como esclavas a lo que se refiere a nuestro cuerpo. Luchamos contra nuestra propia naturaleza por conseguir el cuerpo de una barbie desfasada. Y qué pena… porque nos perdemos en el camino.

De esa píldora que nos hacen tragar han surgido algunas críticas directas. Me quedé perpleja cuando una señora se acercó y me soltó en toda mi cara y sin remordimiento: “No entiendo cómo no te da nada dejarte las canas, vas a parecer más vieja. ¡Qué horror!”

Con toda la serenidad y convicción del mundo le mostré mis argumentos. El respeto ante todo, incluso cuando se atreven a cruzar el límite de lo privado. No llegó a responder. Me volvió a mirar y se fue.

Otro encontronazo lo tuve con un hombre, y más de lo mismo. Hay momentos en los que me duele que mi valía como mujer se vea condicionada simplemente por el color de mi pelo. No obstante, agradezco ser quien soy y el camino que me ha llevado a la fortaleza que ahora siento.

Decide con libertad el color de tu pelo

Yo defiendo mis canas y el hecho de poder decidir libremente. Me parece igual de maravilloso que una mujer se tiña como que le de rienda al plateado siempre que la decisión venga de la libertad. Nadie debería imponernos nada. Ni una talla, ni un color de pelo, ni un estilo de vida.

Nosotras somos las que tenemos que aprender a escuchar por qué tomamos una decisión y no otra. Qué nos pide el cuerpo en cada momento y recordar que igual que en este instante podemos pensar una cosa, en unos días, meses o años podemos cambiar a lo contrario.

Y todo sigue estando bien.

Porque siendo nosotras mismas es como conseguimos vivir sin remordimientos ni miedos absurdos. No soy la única que ha dado el paso, Ana, una chica maravillosa que encontré en Instagram también ha dado el paso y te lo cuenta en su blog.

Sí, hay una cosa que todavía tengo pendiente, actualizar mis fotos del blog luciendo orgullosa de mis canas 🙂

Gracias por dejarme besarte con letras.

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Sapiens, de animales a dioses. Un libro brillante

sapiens, de animales a dioses

Sapiens, de animales a dioses, ha sido uno de los libros de no ficción con el que más he aprendido. Me dejó anonada desde las primeras páginas por la forma de aunar hechos y resultados científicos con reflexiones éticas y morales. Todo ello regado con una visión objetiva y clara.

Puede que tengas la impresión de que el autor piensa de determinada forma pero a la vuelta de la página, te lo desmonta por completo. Gracias a este pensamiento constructivo, el lector puede ser crítico con la información recibida. Vamos, no tragar sin más como los medicamentos que dicen saber a naranja y acaban siendo de todo menos sabor a fruta.

Uno de los datos que me llamó la atención fue la mención a que los bebés Sapiens nacen prematuros en comparación a otras especies.

Cuando pasamos a ser bípedos, las caderas de las mujeres se estrecharon provocando que los niños tengan que nacer antes. Esto da como resultado que los cachorros humanos sean de los únicos que por ejemplo, no son capaces de ponerse en pie tras su nacimiento.

¿A qué es curioso?

Una fuente de sabiduría condensada en 455 páginas

A lo largo de las páginas de Sapiens, de animales a dioses se concentra una cantidad abismal de información histórica, científica y moral. Si te adentras en este viaje en la historia de la humanidad, hazlo sin prisa y pensando cada afirmación.

Toda la narrativa no está centrada en el pasado de nuestra especie sino que no pierde de vista el futuro. Precisamente la esperanza de un futuro más próspero es lo que ayudó a que proliferara la revolución agrícola.

Piénsalo un segundo, ¿qué sentido tendría esforzarte ahora si no es porque crees que en un futuro vas a estar mejor?

Aunque algunas religiones y corrientes de pensamiento abogan por la búsqueda de vivir anclados en el presente, es inevitable que pongamos el foco en lo que vendrá. Estoy convencida que si no le diésemos valor al futuro no invertiríamos tanto esfuerzo en el día a día.

Si no hay futuro no tendríamos que trabajar duro, ni ahorrar, ni planificar. Solo contemplar qué pasa hoy. Por otra parte, también apela a que a pesar de tener este sentimiento de futuro no debemos olvidarnos de lo que hacemos en el momento presente.

La invención del tiempo y el dinero

Pasado, presente y futuro van de la mano del tiempo, pero el tiempo no se midió siempre igual. Hasta la creación del sistema horario, nuestros antepasados vivían según el ritmo del sol y las estaciones. Ahora es prácticamente imposible no ser consciente del paso del tiempo.

Tenemos la hora en casi todos los aparatos electrónicos además de los propios relojes. ¿Hemos dejado de escuchar a nuestro bioritmo? ¿Somos conscientes del paso de las estaciones y de lo que eso implica a nuestro alrededor?

Otro de los tantos aspectos que se tratan en Sapiens, de animales a dioses, es el dinero. El dinero como tal funciona porque todos hemos aceptado que sea así. Hemos pasado de pagar con especias a dinero ficticio y todo increíblemente se sostiene en nuestra capacidad para imaginar.

Hemos inventado sociedades, culturas y dinero. Eso nos permite sentirnos parte de un grupo incluso sin intimar. ¿A caso todos los habitantes de una nación se conocen?

Los Sapiens somos dioses insatisfechos

¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?

Esta pregunta con la que acaba el libro es vital pararse a reflexionarla por el bien de todas las especies. Hemos conseguido extinguir a cientos de animales y vamos camino de quedarnos solos en un mundo probablemente hostil. Es un pensamiento pesimista pero también basado en evidencias.

Nos creemos dioses y los resultados de los cambios que estamos instaurando en el planeta no podemos imaginarlos. Creo que este libro merece la pena ser leído para ser consciente de dónde venimos y hacia dónde vamos. Para manejar el poder de cambiar lo que tengamos entre manos.

Muchos pequeños cambios unidos son los que cambian el mundo. No esperes a que el político de turno vaya a hacerlo, empieza tú.

¿Cuál es tu opinión sobre la humanidad y nuestro futuro?

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Siete mañanas y cuatro hojas, un relato silvestre

Pasea todas las mañanas por El Retiro

Siete mañanas llevaba Greta paseando por los jardines de El Prado. Se detenía en cada árbol, hipnótica, sin prisa. Las flores danzaban a sus pasos, suspirando perfume y primavera. Sin aparente destino Greta llegaba al Retiro. Se adentraba sin orden por los caminos mientras se alejaba del estanque. Saboreaba las fuentes, jugaba con las ardillas hasta que de pronto se escondía entre los árboles enamorados, esos que parecen besarse todas las mañanas la mano.

Acurrucada y vigilando que nadie la hubiese seguido, sacaba a la luz su tesoro. Ese descubrimiento inesperado que la hacía recorrer absorta la ciudad. Un libro de cuatro hojas que le susurraba al oído los mayores secretos de su Madrid querido.

Mi piel aún sabe a ti mientras me visto espalda contra espalda. El Prado empieza a vislumbrarse por la ventana. Nos miramos sin nada que añadir. Un beso frío junto a un café por compromiso y con exceso de silencios. Un punto y final lleno de incógnitas que quedaron sin resolver entre las sábanas. Ese quiero y no puedo. Esas ganas contenidas. Esas preguntas con ansia de nuevas respuestas y saliva. Pero siempre hay un último intento, una ficha extra.

–¿Y si lo olvidamos todo y nos contamos los lunares a besos?  

Tarde, ella ya solo tenía como objetivo volver a ser flor en El Retiro.

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El calor de una abuela, un regalo del paraíso

el calor de una abuela

Le gustaban las rosas blancas. Las había visto crecer desde que era una niña en el jardín de su abuela Rosario. Cuando las primeras rosas brotaban y se desperezaban del capullo, Rosario las acariciaba antes de cortar con cuidado una de ellas. Siempre se la daba a Blanca, su nieta, y le contaba la historia de que su nombre también había nacido en aquel pedazo de paraíso.

A pesar de sus 25 años, Blanca seguía admirando la suavidad de cada rosa. Le devolvían las caricias que su abuela había ido encerrando durante años en aquella casa de campo perdida en las montañas del sur. Ahora ella se encontraba demasiado lejos con un océano de por medio pero el impacto de esa perfumada imagen le hacía flotar.

Una mañana antes de ir al gélido bufete para el que trabajaba, recibió un paquete. Era un pequeño esqueje acompañado por una nota con una caligrafía adornada.

“Siempre será tuyo”.

Blanca no entendía nada. No había remitente ni ningún otro objeto que aclarara su procedencia. Lo único que le quedaba claro es que necesitaba plantar aquel trozo de vida.

Cuidó del esqueje hasta que se convirtió en rosal y con el primer brote blanco entendió que su abuela aunque se había marchado hacía años, de alguna manera le había hecho llegar parte de su magia. Porque los abuelos tienen ese poder, el de acunarnos incluso cuando su presencia física se marcha.

Dedicado a todas las abuelas y abuelos del mundo

En especial a los míos que consiguieron, y algunos de ellos todavía lo hacen, que mi infancia y el resto de mi vida esté llena de amor y recuerdos inolvidables.

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Media maratón de Sevilla, 10.000 corazones al trote

media maratón Sevilla

Correr una media maratón va más allá de los 21.095 metros. Es aunar en unas horas una bomba de emociones. Porque cada uno de los que nos colocamos el dorsal y nos plantamos en el arco de salida llevamos una historia distinta detrás.  Superación, esfuerzo, constancia, alegría son algunas de las medallas que todo corredor ya ha ganado incluso antes de empezar.

Para mí correr es la mejor forma de mantener la calma. No solo me ayuda a controlar las emociones sino también a decirme a mí misma todo lo que puede conseguir mi cuerpo sin importar qué número indica una talla.

Media maratón de Sevilla

Cuando daba vueltas al campo de arena frente a mi residencia de Braga solo quería perder peso. Unos kilos que quizás solo yo veía porque cada vez que veo alguna foto del pasado me dan ganas de gritar:”¡qué alguien le diga a esa chica que no está gorda!

Ahora soy capaz de disfrutar de la distancia, de querer más. Llegar a la media maratón de Sevilla era un regalo. De hecho, correr siempre lo es. La ciudad brillaba con una luz intensa realzando los colores que se reflejaban en el Guadalquivir. Sevilla es una ciudad preciosa por la que da gusto adentrarse sin rumbo. Me siento muy afortunada de haber podido disfrutarla a golpe de zapatilla, sin coches, solo aplausos.

Cada vez que me sitúo en un arco de salido una oleada de electricidad recorre sin piedad cada poro de mi piel. Es como si pudiese sentir el latido y la energía de cada persona de mi alrededor. A veces es tan abrumador que no soy capaz de contener alguna que otra lágrima incluso antes de empezar.

¡Estamos aquí, podemos correr y es la caña!

Correr sin tiempo

Creo que una de las mejores cosas que me pasó durante la media maratón de Sevilla fue no llevar reloj y que el GPS de Strava no cogiese mi ubicación. Avanzaba por las calles sin tiempo, solo sensaciones. Durante los primeros cinco kilómetros, mi compañero de aventuras y yo estuvimos codo con codo pero llegados a ese punto le dije que siguiera camino sin mí.

Él es bastante más rápido que yo y además, se está preparando el medio Ironman de Marbella. Así que necesita un entrenamiento y unos ritmos diferentes. Siempre nos damos un beso antes de salir y otro al cruzar el arco de meta. Es nuestro pequeño ritual junto con mis bailes caribeños para calentar. Cuando nos despedimos en algún punto ese beso pasa por un roce de manos que sacude igual de fuerte.

Los quince kilómetros siguientes fueron distintos entre sí. Me encanta dividir una media maratón en dos carreras de 10. Me ayuda en los momentos duros a no venirme abajo. En el caso de Sevilla la carrera constaba de dos vueltas diferentes pero con cuatro kilómetros de punto en común. Mi teoría me venía perfecta.

En la adversidad es cuando aprendemos

La primera vuelta fue genial. Me iba empapando con los ánimos de una ciudad volcada. El calor de los valientes que deciden no escuchar al sofá. Sin embargo, la segunda vuelta se encrudeció.

Cometí un error garrafal. Llevaba unas semanas con la transición de las plantillas. Tengo la pisada tan sumamente desviada que el dolor en la cadera llega a ser insoportable si no las llevo. Todavía no tenía permiso para correr con las plantillas nuevas, debía seguir con las viejas hasta encajar las otras. Y la lié.

Tenía que haber estado los días previos a la media maratón también con las viejas y se me olvidó. En cuanto metí el pie a pocos minutos de salir del hotel caí en la cuenta. Desde ese momento sabía que tendría problemas.

En el kilómetro 13 empecé a notar el cuádriceps derecho molestias. Intentaba calmarme diciéndome que ya había pasado más de la mitad de la carrera, que en menos de una hora tendría un abrazo enorme en meta esperándome. Sin embargo, en el quince me vine abajo.

El músculo me tiraba muchísimo y por más que me detuve a estirar, no aflojaba. El buen ritmo que llevaba se redujo hasta quedar casi andando. Era como si un millón de agujas se clavaran a la vez. Lo peor llegó en la parte de adoquines. El pie pisaba raro al estar en una zona irregular y el dolor se intensificaba.

Estaba desesperada, no me podía creer cómo se me estaba complicando la carrera. Cada metro era un esfuerzo brutal pero jamás pensé en abandonar. Como tuvimos la suerte de adentrarnos por pleno centro de Sevilla me dije que ya que iba a un ritmo de tortuga viejuna que por lo menos levantase bien la cabeza para contemplar cada edificio maravilloso.

Lo mejor, recorrer Plaza España

Cuando entré en Plaza España quedaba algo menos de un kilómetro para terminar y fue el momentazo. Se me erizó hasta el alma al entrar en una de las plazas más bonitas del mundo. Por unos instantes se me llegó a olvidar el dolor, solo podía sonreír y dar gracias por poder vivir algo así.

La vida nos da regalos, solo hay que saber quitarles el lazo.

Con el último giro enfilé la recta de meta. Llegaba completamente dolorida y agotada. No era capaz de mirar a mí alrededor para ver la cara de la gente que se dejaba la voz animando. Me recordó a mi primera carrera de 18,5km en mi pueblo.

Y lo vi.

Mi compañero de aventuras estaba en el arco de meta esperándome con la mayor de las sonrisas. Creo que el abrazo que nos dimos ha sido de los más sentidos. Rompí a llorar con el primer roce de sus brazos sobre mi cuerpo. Y así estuve unos minutos hasta que fui capaz de volver a hablar. Lágrimas por el dolor, por la emoción, por el orgullo de haberlo conseguido.

Correr siempre será un recordatorio de todo lo que soy capaz de lograr con paciencia, esfuerzo y pasión.

media maratón Sevilla

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La mujer de mi marido, un thriller fácil de leer

La mujer de mi marido

Es curioso cómo las historias consiguen que nos imaginemos lugares en los que nunca hemos estado o personas que probablemente no conoceremos. Esa mezcla entre nuestra realidad y la de la novela me fascina. Es un juego que si se ha tejido bien atrapa hasta el punto de querer que no tenga fin.

¿Te animas a descubrir este thriller basado en mentiras, asesinatos y amor?

Aspectos técnicos

Título: La mujer de mi marido

Autora: Jane Corry

Traductor: Santiago del Rey Farrés

Género: Thriller

Editorial: Espasa

Puntuación: 3 de 5

Sinopsis de la novela

¿Puede una relación sobrevivir a las mentiras? Cuando la abogada Lily se casa con Ed se promete empezar de cero dejando cualquier atisbo del pasado a un lado. En su primer caso como abogada criminal debe defender a Joe, un hombre acusado de asesinar a su novia a sangre fría. La conexión que siente por él lleva a Lily a saltarse todas las normas y lo que empezó con una simple mentirijilla acaba formando una novela llena de giros inesperados con un final muy interesante.

Reseña de La mujer de mi marido

La mujer de mi marido me llamó mucho por su título. Desde luego el marketing ahí no pudo ser más acertado y lo interesante es que es un título con sentido una vez lees el libro. No es solo un gancho para que te pique la curiosidad y no puedas salir de la librería sin él 😉

Me ha parecido una novela ligera. Tiene tantos líos emocionales que me ha recordado a las películas de los domingos después de comer. Tranquilo, no te da el mismo sueño, todo lo contrario. La intriga sí es uno de sus puntos fuertes. La lanza desde el primer y breve capítulo y se mantiene durante toda la novela. Es más, va creciendo con el paso de las páginas.

Tengo la sensación de que la autora ha intentado mostrar que ni los buenos son tan buenos ni los malos tan malos al ir narrando los hechos desde el punto de vista de Lily y Carla. De esta forma se obtienen más matices de los acontecimientos e incluso el lector puede comprender por qué hacen una cosa u otra. El poder de la muerte, el honor y los asesinatos inunda la obra. Los giros son claves porque te hacen creer que una persona puede ser inocente y después es todo lo contrario o viceversa.

Eso sí, me ha faltado profundidad sobre todo con el personaje de Joe, el primer caso penal de Lily. La historia de este personaje y su influencia en el resto de la novela me parece muy atrayente. De ahí que me hubiese gustado que se centrase más en esta subtrama dejando otras de lado.

Además, tengo la sensación de que muchos detalles quedan cogidos con pinzas o se pasa muy por encima de ellos. Otro de los aspectos que no me ha gustado de la historia son los saltos temporales. En algunos casos me resultaban demasiado bruscos y tenía que retroceder un par de líneas para volverlos a leer.

En general, ha sido un libro que me ha dejado un buen sabor de boca y la última parte me ha tenido enganchada hasta muy tarde 🙂

Más cositas sobre la autora

Jane Corry es una autora con una amplia trayectoria. Comenzó siendo periodista en Londres trabajando para revistas y periódicos muy importantes hasta que decidió poner su foco en la literatura. Ha publicado siete novelas entre ellas El anillo de rubí que obtuvo más de 200.000 copias vendidas en Inglaterra. También ha trabajado dando clases de escritura en una cárcel de alta seguridad y ha recibido el premio Elizabeth Goudge a la narrativa histórica y romántica.

¿Conocías a esta autora? ¿Qué novela suya has leído?

Si te apetece otro thriller o novela negra, he hablado de otras obras similares aquí 😉

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La bruja en prácticas

microcuento de la bruja en prácticas

Estoy muy contenta con la acogida que ha tenido el relato anterior. Me hace muy feliz cuando alguno de vosotros me escribís para decirme lo que os ha hecho sentir alguno de mis relatos. Siempre se me dibuja una sonrisa enorme 🙂

En el post de hoy cambio el formato de cuento a breve a microcuento. Un pequeño aperitivo con el que empezar la semana riendo. A mí personalmente me pirra reír, y en semanas como esta en la que las anginas acechan me parece que es todavía más necesario.

¿Qué te parecen los cuentos de brujas? ¿Has metido la pata mientras estabas de prácticas en alguna empresa? La protagonista de esta breve historia tiene que arreglar un entuerto un tanto delicado. Descubre cómo acaba este periplo lleno de magia.

La bruja en prácticas

La bruja en prácticas llevaba cinco hechizos y siete pociones cuando un alumno se auto convirtió en rana. ¿Besarlo y romper el hechizo? Iba contra las normas. ¿Llamar al director? Quedaría patente su falta de pericia y el enchufe de su tía la hada. Con ayuda del resto de la clase atraparon al niño rana. Probaron con los conjuros de todo el libro pero la transformación a humano no llegaba. En un último intento desesperado mezclaron tequila, cola de tritón y un par de pelos de zorro al son de los tambores de las guerreras victorianas. Le hicieron beber la pócima y el niño se puede decir que volvió. Su aspecto parecía él mismo, quizás con una tonalidad más verdosa y unos ojos más saltones. Lo único que no consiguieron fue quitarle la manía de comer cada mosca que pasaba.

Para que sigas leyendo

Puedes descubrir otros de mis relatos en este enlace.

También hago reseñas y reflexiono sobre experiencias de vida en positivo 🙂

El libro de no ficción que estoy a punto de terminar es Sapiens, y tú, ¿qué estás leyendo ahora?

A ti que formas parte de esta tribu de lectores, gracias por dejarme besarte con letras.


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El silencio de Colinas Frías

Colinas Frías

Tenía muchas ganas de publicar este relato porque está inspirado en la zona en la que vivo, La Alpujarra. Las costumbres, lugares y personajes son ficticios pero la belleza de los pueblos blancos que relucen en el verdor de las montañas son reales.

La aventura de Colinas Frías se me ocurrió una tarde mientras veía bajar a muchos de los que visitan nuestra zona. Ese río de coches y ganas de descubrir un lugar en el que a veces la cobertura no funciona junto con el punto de humor que me gusta añadir a las historias, hizo el resto.

Espero que disfrutes de este relato tanto como mi mayor fan, mi abuela 🙂 A ella ver nuestro hogar reflejado en unas líneas le parece magia.

La historia de Colinas Frías

Las montañas de Colinas Frías habían olvidado lo que era la paz y el silencio. Hacía tres meses que uno de esos famosos que rellenan páginas de cotilleos y devoran botes de autobronceado, había acabado buscando un lugar dónde alojar a su indescriptible tupé y los restos del deportivo rojo.

Una sola foto activó la avalancha. De espaldas, mirando al hermoso paisaje y sentado sobre el capó. Lo que no enseñaba la instantánea de Instagram era el destrozo que tenía el morro del coche. Las curvas de esas montañas no perdonan, y mucho menos a los listillos que se creen por encima de la ley natural de la zona.

En el corazón de Colinas Frías se encuentra uno de los pueblos más bonitos del país. Casas encaladas de blanco con curiosos tejados de pizarra que destacan entre el verdor de las montañas. En invierno, el humo de las chimeneas redondas se refleja en la copiosa nieve que cubre los picos más altos.

Sus habitantes, con un don de gentes que no se puede aguantar, acogieron al famoso de turno con todo el amor y la ternura que despierta tocar al chico que ven cada tarde por la tele.

Un par de fotos más con las sonrisas picaronas de las vecinas y un plato tradicional que convierte en carnívoro al más profundo vegetariano, hicieron el resto. Al fin de semana siguiente el hostal de Paca no tenía ni una habitación libre.

El día a día de un pueblo marcado por la edad y la altitud cambió. Coches y más coches formaban un nuevo río cada viernes por la tarde. Los negocios locales se frotaban las manos y hacían sonar el taco gordo de los bolsillos. Parecía que se había instaurado la era del oro en Colinas Frías pero claro, no todos recibieron con los brazos abiertos a esos turistas de ciudad.

Jacinto, el pastor, estaba agotado de que sus cabras fueran el monumento de turno. Los domingueros que llegaban se acercaban sin remordimientos y con algún que otro susto hasta las cabras. Les cogían las ubres, los cuernos y lo que pillaran para llevarse un selfie y un puñado de likes. Las cabras de Jacinto estaban estresadas. La leche sabía cada vez más amarga y no había forma de que su apreciado queso cuajara.

Otro de los vecinos que estaba hasta el piolet era Raúl. Un muchacho amante de las montañas y el aire puro que había dejado la ciudad hacía años para instalarse en el pueblo más alejado de la civilización.

A pesar de no ser local se movía por Colinas Frías como si lo fuera. Cada mañana cogía su equipo y peinaba senderos, cortafuegos y demás recovecos para fotografiar la flora y fauna que allí habitaba. Estaba enamorado de la soledad y esas montañas.

Una tarde, mientras Raúl esperaba sentado en una gran piedra cámara en mano a que bajaran los animales a beber al río, vio a Jacinto. El respeto que ambos sentían por ese mágico lugar los había unido.

–¿Qué pasa, Jacinto? ¿Qué haces fuera de tu zona?

–Ni me hables. Estoy buscando nuevas rutas para pastar con mis cabras sin que esos descerebrados con móvil me las maten. ¡Maldita la hora que se puso de moda el ecoturismo de los huevos!

–Seguro que se cansan pronto, Jacinto. Estas montañas aunque te dejan sin respiración son muy duras. En cuanto lleguen las primeras nieves desaparecerán los senderistas de Decathlon.

–¿Senderistas de qué?

–Nada, Jacinto. Que solo les falta un susto y un poco de frío para que no vengan.

–Un susto… oye, muchacho. ¿Y si aceleramos el proceso?

–Ja ja ja. Miedo me estás dando. ¿Qué se te ha ocurrido?

Jacinto miró para un lado y para otro por si había algún turista despistado por allí y le susurró a Raúl su plan. Al fotógrafo se le abrían los ojos como platos con cada detalle. Llegó un punto en el que las carcajadas no tardaron en rugir. Acabaron sellando el trato con un vino peleón que Jacinto llevaba siempre en su bota.

Al día siguiente, Raúl volvió de su jornada de senderismo y fotografía con la ropa hecha jirones y gritando sin parar. De lejos incluso las vecinas, que cosían en la plaza al fresquito de la tarde, creían verlo cojear.

–¡Un lobo! ¡Un lobo!

–¿Un solo? –preguntó Paca.

–¡Qué dices, Paca! Que el chiquillo viene diciendo que ha visto un lobo. ¡Un lobo!

–Remedios, el forastero se ha equivocado. Si hace cuarenta años que no se ven lobos por la zona.

Mientras las vecinas alteradas como gallinas cotorreaban sobre el descubrimiento de Raúl, los hombres que estaban en la tasca empezaron a salir al encuentro.

–Muchacho, ¿qué has dicho?

–Paco, le juro que he visto un lobo y casi me muerde hasta las vergüenzas. Si no me llego a lanzar por el salto de la burra me hubiera pillado.

–¡Cómo va a ser eso! Aquí no hay lobos. Seguro que te has confundido. Por mucho que tú digas no conoces estas montañas.

El vino, el jamón y el intercambio de opiniones no se hicieron de rogar. Raúl repetía una y otra vez cómo se había librado de ser atacado por un lobo enorme.

Los vecinos querían ver las fotos que había hecho para comprobar si era verdad que ese lobo feroz estaba suelto por allí o si seguía formando parte del cuento de Caperucita. Pero casualmente la cámara con la que había trabajado Raúl ese día había desaparecido en el salto de la burra.

–Tenéis que creerme. Lo más sensato sería que no viniesen más turistas hasta que se capture al lobo o podremos tener una desgracia. Yo mismo los he visto andando por los senderos sin ninguna precaución y algún día un panolis de estos va a llevar al pueblo a la ruina.

Nadie quería oír que el sonido de los euros se iba a callar. Montaron batidas para peinar la zona durante días pero el lobo no aparecía. Los turistas siguieron llegando y la única desgracia que había ocurrido hasta el momento era que unos senderistas se habían quedado sin agua en plena ola de calor. Imitando lo que habían visto en los programas de supervivencia, intentaron bajar al río con la mala pata que uno de ellos acabó con el tobillo y la dignidad destrozados.

–Raúl, el plan no está funcionando –le decía Jacinto desesperado.

–No hay forma de convencerlos.

–Habrá que intentarlo con más ímpetu.

–Jacinto, ni el photoshop nos ayuda. Los vecinos se han cegado con el dinero. Si hasta doña Paca dice que se va a poner las muelas de oro.

La noche caía sobre Raúl y Jacinto debatiendo qué podían hacer para conseguir liberar a sus queridas montañas de esa plaga. Parecía más complicado que conseguir adivinar las cabañuelas en agosto, pero no estaban dispuestos a rendirse tan fácilmente.

Faltaban pocas semanas para la llegada de las primeras nevadas. El pueblo celebraba en esos días sus fiestas populares. Las casas se volvían a encalar y farolillos de colores recorrían las enrevesadas calles.

Los comercios se preparaban para una celebración por todo lo alto. Habían salido en la tele y se estimaba que la lluvia de turistas buscando conectar con el campo y las tradiciones sería inigualable.

Algunos se habían anticipado y estaban acampados en los claros de un bosque cercano al pueblo. La ley prohibía cualquier tipo de pernoctación ociosa en las montañas pero el alcalde en un alarde de modernidad y desenfreno había dado luz verde a cualquier cosa que produjese dinero.

El día grande hacía sol pero sin llegar a quemar. Las carrozas llenas de vino y gente con ganas de olvidarse del mundo empezaron a circular tiradas por pequeños tractores. Una charanga un pelín desafinada levantaba el ánimo de los que allí se habían reunido.

El olor a barbacoa y el estruendo de los cohetes llegaban hasta los pueblos del valle. Los coches, aparcados a lo largo de toda la carretera, habían formado unas trenzas de colores en las laderas de la montaña.

La alegría y el desenfreno se palpaba, incluso Jacinto estaba reluciente. Parecía que su ceño fruncido de los últimos meses se había alisado sin necesidad de cremas.

Cuando empezó a bajar el sol, vecinos y turistas se prepararon para comenzar la romería a la ermita de los perdidos. La borrachera generalizada provocaba que el ritmo fuera lento y lleno de ochos. A la cabeza el alcalde con las llaves del pueblo y su escopeta de perdigones. La tradición mandaba que una vez llegados a la ermita debían disparar a cuatro platos de colores y esparcir los restos por el camino de vuelta para que todos los que quedaban perdidos en Colinas Frías pudiesen volver hasta el pueblo.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Ya iban tres platos rotos y cinco intentos fallidos cuando de repente otro sonido cortó las risas de golpe.

¡Auuuuu! ¡Auuuu! ¡Auuuu!

Del silencio a las carreras. Pisotones, achuchones y demás contacto físico involuntario para salvar el culo del hambriento lobo.

El alcalde, desesperado y empapado en sudor frío, se lanzó hacía el sonido. Cada vez era más nítido, el lobo tenía que estar a tan solo unos metros. Apretó la escopeta con la firmeza que las botellas de tinto le dejaban y siguió.

De repente, de entre los matorrales apareció un lobo despeluchado. Tenía el pelaje como si se hubiera metido con los animales equivocados.

–Me cago en el forastero. Al final va a ser verdad –balbuceaba el alcalde mientras se armaba de valor.

El lobo seguía aullando mientras poco a poco se acercaba a él. En apenas cinco metros lo alcanzaría. Era el lobo o su pellejo. Entornando los ojos apretó el gatillo. Un sonido sordo le confirmó que le había dado al lobo aunque fuera de refilón.

El animal se perdió con las últimas luces del día y el alcalde volvió al pueblo como un héroe. Los turistas asustados empezaron su propia peregrinación a la ciudad olvidándose de recoger las maletas.

A la mañana siguiente los vecinos tenían una resaca terrible y la incertidumbre de si su gallina había dejado de dar huevos cargados de euros. Jacinto entró en la tasca con un aura especial. Parecía que le habían quitado 10 años de encima si no fuera por la cojera tonta con la que se había despertado esa mañana.

–Buenos días, vecinos. Parece que la nieve se acerca.

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Puedes descubrir otros de mis relatos en este enlace.

También hablo de libros y experiencias de vida en positivo 🙂

A ti que formas parte de esta tribu de lectores, gracias por dejarme besarte con letras.

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Balance de 2018: Año viajero y con decisiones

balance del año 2018

Durante mucho tiempo tuve la impresión de que los años pares no eran los que más suerte me traían. Quizás porque eran años en los que tenía que tomar decisiones y no siempre es tan fácil como si el chocolate te gusta con almendras o sin ellas. Ahora con perspectiva, creo que no tengo quejas de 2018.

Las sillas vacías siguen estando presentes pero lamentablemente ningún año podrá llenarlas. Prefiero saborear los instantes en los que si tuvieron alma y no el vacío con el que relucen ahora.

He llegado al final de 2018 agotada, tanto que ni he sido capaz de mantener el calendario de las últimas semanas ni correr una San Silvestre.

2018 me ha resultado tan intenso que se podría convalidar por dos.

Un año viajero

31 día sin Instagram

Ha sido el año que más he viajado. He visitado 8 países (Holanda, Austria, Francia, Italia, Hungría, República Checa, Polonia y Portugal) además de unas cuantas escapadas nacionales. En cada uno de estos lugares algo me hizo “click” y cada viaje desencadenó una decisión.

Sin duda, de la que me siento más orgullosa ha sido de dejar mi melena con su belleza real. Recuerdo que en Cracovia no podía quitarme de la cabeza la idea de acabar con la esclavitud del tinte. Ahora tengo el papel gris con la zona de la frente casi blanca y me veo más guapa que nunca.

Me siento completamente libre y esa sensación es lo que ha hecho que la expresión de mi cara cambie. No nos hace más bellos un color u otro sino saber que hacemos cada cosa siendo fiel a nosotros mismos.

52 libros acabados y alguno que otro más empezado

Para mí viajar es como leer el mundo.

Me siento eternamente agradecida de poder descubrir nuevas culturas y que eso no solo me permita ver la belleza del resto del planeta sino ser mejor persona. Con los libros me ocurre lo mismo.

Leer es una oportunidad de conocernos. De buscar en las experiencias de otros algo que en la nuestra se atasca. He leído bastante, pero el número en sí me da igual. Es cierto que siempre intento ir más allá pero no elijo los libros porque sean más finos y que así contabilice más como he escuchado en otros casos.

La lectura es magia y ojalá atraviese fronteras físicas y mentales. Me encantaría que las estadísticas tan desalentadoras cambien y todos acabemos el año con al menos un par de libros disfrutados. Recuerda que la cultura también nos hace libres.

Tres de mis libros favoritos de este año han sido: El Cuarto Mono, Todo esto te daré y Mi planta de naranja lima.

Ha crecido la familia

Nuestra pequeña familia ha ido creciendo con los meses y ahora somos cinco. Algunas voces me dicen que son demasiados animales en casa. A mí no me lo parece porque tengo la suerte de vivir en mitad del campo con una finca bastante grande en la que corren y juegan sin ataduras.

No podré salvar a todos los animales del mundo pero sí que haré todo lo que esté en mi mano. Otto, Bella y Blanca no son simples perros, son parte de nuestra familia. La alegría que manifiestan cuando nos ven llegar, el cariño que nos dan traspasan el corazón. Ni este ni ningún otro año entenderé que existan seres capaces de hacer daño a un animal.

Mi primera carrera internacional

media maratón de Budapest

El running es otro de los elementos que nunca puede faltar. Conseguí mi MMP en la media maratón de Barcelona. Una carrera a la que llegué sin expectativas y que fue una auténtica pasada.

Tengo un gran sueño a largo plazo que es correr al menos una carrera en cada continente. Este año di el primer paso y disputé mi primera media maratón internacional en Budapest. ¿Cuál será la próxima? Todavía está por decidir 🙂

También ha sido la primera vez que me he retirado de una carrera. La media maratón de Córdoba la empecé con muchos problemas y casi ni llegué al kilómetro 3. Aprendí que cuando el cuerpo y el clima dicen no es mejor hacerles caso.

El peor aspecto del running de este año fue un susto que me dieron corriendo sola por el campo. Eso ha provocado que no quiera salir sola por senderos y me da mucha rabia. Pero de momento todavía no me siento con la confianza de adentrarme en los caminos sin tener a alguien a mi lado.

Esto es lo único que echo de menos de la ciudad. Poder correr, por ejemplo, por el paseo marítimo a cualquier hora porque siempre hay gente. En fin…

Qué he aprendido de 2018

Como decía al principio, 2018 ha sido un año tan intenso que me lo podrían convalidar por dos. De hecho, hay momentos en los que hablo de algún hecho y tengo la sensación de que ocurrió hace un par de años y no durante estos 365 días. Esa intensidad me ha enseñado mucho:

  1. A ser más consciente de mis emociones y de los aspectos que las alteran.
  2. A arriesgarme a hacer lo que quiera aunque no tenga casi apoyos.
  3. Las piezas no siempre encajan a la primera pero llega su momento.
  4. Cuando me cuido bien se refleja en mi alrededor.
  5. Decir NO abre más puertas de las que cierra.
  6. Los grandes momentos no tienen fotos.
  7. Las personas que me quieren bien siguen a mi lado a pesar de la distancia.
  8. Correr sigue siendo mi elemento calmante.
  9. El miedo también es un gran guía.
  10. Planificar con flexibilidad y sin expectativas.

Qué espero de 2019

De el nuevo año que entra espero que llegue cargado de amor y salud. Sin ninguno de esos elementos la vida no brilla igual. Y a partir de esa base cumplir cualquier sueño es más sencillo.

Tengo dos proyectos profesionales en marcha. Mi primera novela de autoficción y la apertura de una academia de idiomas y escritura creativa en mi pueblo. Estoy muy emocionada e ilusionada. Son proyectos que llevaban demasiado tiempo en el tintero. Toda receta necesita su cocción 🙂

En cuanto al mundo del running, en menos de un mes tengo la media maratón de Sevilla. Voy sin expectativas después de los contratiempos de Córdoba. Que las zapatillas repartan suerte. Tampoco tengo ningún objetivo más en cuanto a carreras se refiere, pero sí que me gustaría bajar por fin de las 2 horas en media maratón.

Se avecina un gran viaje. Voy a cumplir en mayo 28 primaveras y será en Japón. ¡Tengo ansia viva por ir! El resto de aventuras surgirán sobre la marcha. Somos de impulsos 🙂

En definitiva, 2018 se va y me deja en calma. Espero que en 2019 siga floreciendo mi jardín interior.

Y tú, ¿cómo ha sido tu año y qué le pides al siguiente?

Gracias por dejarme besarte con letras.

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El peluche de un adulto

El relato del lunes tiene forma de peluche

Eran las nueve de la mañana. El salón de actos estaba repleto de alumnos somnolientos. Algunos ni siquiera habían pasado por casa después de un jueves universitario memorable. El profesor que iba a guiar el curso de cómo hablar en público subió al escenario con una confianza enérgica. Después de dos estribillos de We will rock you los ánimos mustios se caldearon. La música no solo amansa a las fieras.

Durante las siguientes cuatro horas dio pautas y ayudó a marcar objetivos para conseguir que participar en una charla pública no fuera un suicidio social.

Carolina llevaba todo el curso ocultándose en la última fila. Le paralizaba la idea de dirigirse a un auditorio pero a la vez sentía la presión de que si no lo hacía su futuro como divulgadora sería una fantasía dolorosa.

Su falta de confianza ya le había costado demasiados trenes. Chicos de los que se había enamorado, experiencias académicas… Ese camino solo la llevaba a anclarse en el quiero y no puedo, a rumiar.

Solo quedaba una práctica para terminar la sesión, vender un elefante de peluche.

Tres personas levantaron la mano. Se necesitaba una más. Carolina en un impulso por impresionarse a sí misma o por acabar con la sensación de tener un verdugo acariciando su cuello, también la elevó. Cada uno de los participantes sacó sus técnicas de marketing y persuasión para conseguir impresionar a los posibles compradores.

Cuando llegó el turno de Carolina no era capaz de sujetar el micrófono. Cientos de ojos la analizaban. Quería huir. Miró al profesor y con la confianza que consiguió reunir en 20 segundos dijo que ella lo haría a viva voz. Centró la mirada al fondo, al lugar donde ella había ocupado. Pensó en lo que le gustaría que le dijesen y dejó que las emociones se convirtieran en palabras.

Sentía que le temblaban las piernas y que su voz era solo un hilo diminuto. Sin embargo el público percibió ternura. De repente, varios espontáneos se levantaron interrumpiéndola.

–Yo no quiero el peluche, me quedo contigo.

Un calor que le nacía en el vientre subió sin control. Las mejillas parecían explotar y con una sonrisa nerviosa articuló las últimas palabras de su discurso.

–No esperes a que alguien te salve, a que tome las decisiones por ti. ¿Quieres montar un negocio? Hazlo. ¿Te apetece bailar samba? adelante. Y si te mueres por comprarte este peluche, no lo dudes. ¿Infantil? No, valiente, muy valiente.

El auditorio rugió. Carolina no sabía si conseguiría vender un peluche a un adulto, lo que tenía claro era que esta vez la batalla al miedo de hacer el ridículo la había ganado ella.

¡Sorteo disponible!

Ayer lancé un sorteo entre las personas que forman parte de este club de lectores. Un ejemplar de Firmamento de Màxim Huerta y otro de El diario de Ana Frank. Para participar solo tienes que suscribirte a la newsletter. El domingo 23 anunciaré al ganador.

¡Por cierto! La semana pasada hablé de un thriller imprescindible, El Cuarto Mono. Échale un vistazo y descubre una novela completamente adictiva 🙂

Gracias por dejarme besarte con letras.

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