Milla urbana de Ugíjar y 10K trail en una tarde

milla Ugíjar, vistas desde el monte Corazón

Hace un par de semanas comenzó la primera liga de milla urbana de la provincia de Granada. El pistoletazo de salida se celebró en mi pueblo y solo por eso me animé a participar. Quién me diría que días después acabaría disputando otra milla y un trail de 10K en la misma tarde.

Si queremos que, especialmente en los pueblos, se realicen actividades los habitantes debemos involucrarnos. Por eso, a pesar de que la velocidad de la milla no es lo mío, me calcé las zapatillas sin dudarlo.

Puse mi cuerpo al límite con la milla

Los 1.609 metros de la milla pusieron mi cuerpo al límite y eso me encantó. Ugíjar, pueblo de La Alpujarra baja en el que disputaba la segunda prueba, nos pilla bastante cerca. Además, la misma tarde que la milla se celebraba otra carrera de trail.

Nos lanzamos de cabeza.

La milla de Órgiva era más planita pero la de Ugíjar tenía una cuesta prolongada al final de cada vuelta. Los nervios se tornaron una bola que se movía sin control por mi estómago. Sentía como las nauseas me doblaban en el arco de salida.

Es algo que no puedo controlar. Los nervios al colocarme un dorsal se aceleran pero en la milla se disparan sin control. Es probable que no tenga sentido. No soy atleta profesional ni pretendo serlo. Sin embargo, soy competitiva. Creo que la competitividad me ayuda a mejorar, a no conformarme y por eso no me avergüenzo de ello. 

3, 2, 1… arranca la milla de Ugíjar

Éramos cinco chicas en la categoría senior. En cuanto la pistola rugió salieron con fuerza. Soy una persona muy observadora y me había fijado en que los atletas que ganaban no eran los que iban en la posición dominante durante la primera vuelta.

Quería adelantarlas pero también sabía que si empezaba a apretar ya no llegaría ni a completar dos vueltas. Me pegué a ellas y en la última vuelta aceleré.

Iba la segunda y podía escuchar sus respiraciones como si estuvieran justo en mi nuca. Solo pensaba en no bajar el ritmo, solo quedaba la temida cuesta y podría descansar.

A falta de escasos 100 metros me pareció escucharlas más cerca. Sentía que la boca me sabía a sangre y mis pulmones estaban ardiendo. No iba a parar. 

Todavía no sé de dónde saqué la fuerza. Imagino que esa vena competitiva fue la culpable. En la última curva apreté todo lo que pude, no pensaba dejarme ganar por tan poco.

La satisfacción al cruzar el arco de meta fue doble. Por una parte no había perdido el control y aunque me cabeza me gritaba que parase, que no podía seguir más, no le hice caso. Creí en mí.

Y por último, había conseguido bajar casi un minuto con respecto a la prueba de Órgiva. Puede parecer algo irrelevante pero en una prueba tan corta es todo un mundo.

milla Ugíjar

Me reafirmé, me apasiona la montaña

Dos horas después volvíamos a ponernos el dorsal. Todavía podía sentir el esfuerzo de la milla en el pecho junto con algún que otro pito del asma. Los 10km que teníamos por delante pensaba tomármelos con mucha calma. 

Habíamos visto el perfil de la carrera, ¡qué ingenuos! No teníamos ni idea de lo que nos esperaba. Para mi compañero de aventuras era su primera prueba de trail y para mí, la segunda. Entrenamos habitualmente por caminos, cuestas pero no con ese perfil.

Cruzamos varias veces un río, incluso durante un trocito estuvimos corriendo río arriba. Las subidas eran muy pronunciadas y las bajadas tampoco se quedaban atrás. Estaba siendo una prueba durísima y a la vez emocionante.

Fue la confirmación de que me resulta mucho más interesante correr por montaña que por asfalto. Los sentimientos y vivencias que experimento mientras me adentro en los senderos y cuestas son potentes. Tanto que a pesar de la fatiga no puedo dejar de sonreír. Y si hablamos del regalo de las vistas a la palabra hermoso le faltan matices.

El trail me fascina pero a la vez me resulta bastante más complicado entrenarlo. Me aterra adentrarme sola por la montaña, no porque me suceda un accidente sino por quién me pueda encontrar allí. Por eso el asfalto sigue siendo el epicentro de mi mundo runner. 

Deseo tanto poder encontrar la forma de adentrarme todavía más en la montaña… 

Dos premios más allá del metal

premio de la milla urbana de Ugíjar

En la prueba de trail acabamos los últimos de la clasificación general pero obtuve el tercer puesto de mi categoría. El orgullo de estas pruebas no es el metal que ahora brilla en las estanterías del salón, sino el no haber tirado la toalla.

Durante la prueba de montaña no faltaron los instantes, sobre todo cuando volvíamos a entrar al pueblo en el kilómetro 6, de abandonar. Me molestaba la rodilla derecha, estaba cansada y tenía muchísimo calor. Los pensamientos recurrentes diciéndome «teníamos que haber hecho la de 5km» también hicieron su presentación.

Ninguno de ellos pudo tumbarme esta vez y ese es el gran premio.

Mi cabeza me ha jugado demasiadas malas pasadas en otras carreras. Una situación personal complicada se colaba sin invitación en carreras con las que llevaba soñando meses. Ahora me siento más fuerte y aunque Ugíjar no estaba dentro de mis objetivos deportivos, ha sido una sorpresa de lo más placentera.

Solo puedo decirte una cosa, tu cabeza no lleva siempre la razón.

Descubre otras aventuras en zapatillas. Y si lo que buscas es inspiración para estas vacaciones no te pierdas la sección de libros 🙂

Gracias por dejarme besarte con letras.

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Budapest, la media maratón que parece lo que no es

media maratón de Budapest

Hace unos meses decidimos pasar unos días en Budapest. Después de coger los billetes de avión me dio por decirle a mi compañero de aventuras que mirase si por casualidad había alguna carrera en esos días. Digo si había, ¡la media maratón!

La inscripción a la carrera no fue precisamente barata. Creo que es la carrera más cara a la que nos hemos inscrito, pero ya que íbamos a estar allí… Era la oportunidad perfecta para hacer nuestra primera media maratón internacional.

Ha sido la carrera para la que más he entrenado. Tenía un chute de motivación brutal y a pesar de que nos han pillado los entrenamientos en mitad del verano, los hemos sacado adelante.

Soñaba con cruzar la meta de Budapest y se ha hecho realidad, aunque no como pensaba.

Problemas antes de empezar

La media de Budapest no ha sido la carrera con la que soñaba en cada entrenamiento. Nos hemos encontrado varias piedras en el camino antes y durante la carrera. Incluso he vivido momentos de mucha frustración…

Antes de comenzar el viaje, un pequeño imprevisto personal hizo que tuviéramos que modificarlo por completo. Pasamos de estar una semana en Budapest a tan solo el fin de semana. Incluso llegué a penar que no podríamos ir y un agobio inmenso me sobrecogió.

Había entrenado tanto que necesitaba descargar todas esas horas de pasar calor, de apretar los dientes para bajar el ritmo. No me podía quedar sin correr.

Tuvimos suerte de que hubiese un vuelo el domingo por la tarde. De lo contrario, el sueño de recorrer Budapest dándole a las zapatillas se hubiera quedado en eso, en un sueño.

Cansancio acumulado

El que al final solo estuviéramos sábado y domingo en la ciudad provocaba que nos pegásemos una paliza de viaje descomunal. 5 horas de autobús hasta Madrid + 3 horas de vuelo al aeropuerto de Budapest + casi otra hora de autobús hasta llegar a la ciudad.

Era la primera vez que íbamos a la ciudad y solo teníamos el sábado para hacer turismo. ¿Qué harías tú? Pues eso, acabamos con más de 20km en las piernas. Sé que no es lo más indicado antes de una media pero no nos quedaba otra que adaptarnos o perdernos una ciudad a la que no sabemos si volveremos ni cuándo.

Señales y más señales

A parte de los cambios en el itinerario del viaje, me estaban llegando otras señales avisándome de que la media de Budapest no iba a ser como yo había estado imaginando.

Tenía todas las cosas para el viaje preparadas, soy extremadamente organizada, pero no encontraba mi polar. Supuse que como mi compañero de aventuras salía de viaje a Madrid antes que yo y llevaba las maletas, lo había guardado él. Error.

Sigo sin saber dónde está el reloj y eso es rarísimo. El caso que me tocaba correr sin referencias de tiempo. Sí, llevo la app de Strava pero el móvil va colocado en una funda en el brazo por lo que no es factible mirarlo de forma regular. Te puede parecer un detalle muy tonto, y oye, seguramente lo sea. Sin embargo, a mí me generó estrés.

Quería aprovechar que Budapest es una ciudad llanita y que había entrenado mucho para conseguir bajar de las dos horas. O por lo menos, para bajar de 2:09:33 que es el tiempo que hice en Barcelona consiguiendo MMP.

Budapest tiene un recorrido trampa

Es cierto que los 21km de la media son prácticamente planos, de hecho, solo tuvimos 200m+. Con lo que no contamos es que a la vez que se disputaba la media maratón se hacía otra por relevos.

Todos estábamos mezclados y daba igual en el cajón que estuvieses, la verdad… A todo esto hay que sumarle que gran parte del trazado es muy estrecho y tiene algunas curvas súper cerradas.

¿Consecuencias? Teníamos que estar continuamente acelerando, frenando. Había momentos en los que adelantar era imposible. Demasiada gente y demasiada diversidad de tiempos. Era una mierda tener que estar pendiente de no tropezarte con otra persona o de buscar el hueco para poder avanzar.

La peor parte llegaba en los puntos en los que los relevos se turnaban. La gente se despistaba o de repente frenaban en seco para buscar a su compañero. Para mí, este fue uno de los peores punto de la carrera.

media maratón de Budapest

Avituallamiento en vaso

Otra de las cosas que me complicaron la vida y esta sí fue culpa mía, fue que todos los avituallamientos eran en vaso y no en botella. Había visto que teníamos como 6 o 7 avituallamientos con agua, isotónica y plátanos. Me parecía la caña. Pero no me fijé en la letra pequeña, la bebida era en vaso.

No sé beber en vaso. Tengo que pararme y beber poco a poco. Esto hizo que perdiésemos unos 10-12 minutos en total. Paramos en todos los avituallamientos porque llegaba sedienta.

No tenía forma de beber sorbitos durante la carrera, tenía que esperar al punto de hidratación. Ya no es solo la pérdida de tiempo tan grande, sino que de nuevo para y vuelve a empezar a correr. Para las piernas es una bomba terrible.

Un calor infernal

Cuando nos inscribimos a la media de Budapest soñaba con un tiempo fresquito. No pedía un frío polar pero sí temperaturas suaves. Pues bien, mientras en España se estaba viviendo una gota fría destructiva, en Budapest teníamos 30 grados.

¡30 grados!

Como sabéis, correr con calor me debilita muchísimo. No dejo de sudar y mi cabeza empieza a rumiar pensamientos negativos. Comenzamos la carrera a las 8 de la mañana, pero el calor ya estaba más que campando a sus anchas.

Es increíble el cambio que sufro cuando corro con frío. Lo pudiste ver en la Behobia, la carrera que más he disfrutado con diferencia.

Sudé tanto que las pestañas no me recogían más y me picaban los ojos. Los pies los llevaba empapados y desde el kilómetro 9 tuve una ampolla en la planta del pie derecho que me hizo sufrir de lo lindo. Era como pisar cristales rotos durante 12 kilómetros seguidos. No hagas la prueba.

El poder de la mente

Hasta aquí te puede parecer que la carrera fue una puta mierda. No es el caso, pero sí muy dura. Lo que más me hizo sufrir de todo esto no son los acontecimientos en sí, sino las expectativas que me había creado.

Una vez pasamos el kilómetro 10 con un tiempo de 1:03 ya tuve la confirmación de que iba a hacer un tiempo superior al esperado. Me frustré mucho, sobre todo al principio.

Nada estaba saliendo aparentemente bien. Pero no sé cómo, supongo que llevar ya nueve carreras de más de 18K a las espaldas, hizo que cambiar mi pensamiento.

Sí, no iba a conseguir mi objetivo con el crono.

Sí, hacía un calor asqueroso.

Sí, había demasiados embotellamientos.

Pero tenía la suerte de poder estar corriendo y hacerlo en otro país. Lo que tenía que estar es agradecida y no frustrada.

Unas vistas preciosas

El circuito es por los bordes del río y un par de kilómetros cruzando una pequeña isla. Las vistas del Parlamento, el Castillo de Buda, los puentes o el bosquecillo de la isla te regalaban unas vistas maravillosas.

Cambié el chip e intenté aspirar todo lo bueno que me estaba regalando esa mañana 🙂

A unos cuatro kilómetros de la meta, le dije a mi compañero de aventuras «llévame a la meta». Necesitaba que tirase un poquito de mí porque mis piernas estaban cargadas con tanto cambio de ritmo y mi planta del pie… Te voy a ahorrar la foto.

Cuando su contestación fue «buf» sabía que algo iba mal. Él también iba jodido pero con la rodilla. Tuvimos unos minutos que nos faltó sentarnos los dos a llorar allí mismo. Sin embargo, en el siguiente avituallamiento  nos miramos y lo vimos claro.

Bajaríamos el ritmo y lo que hiciese falta pero la sonrisa y disfrutar de los últimos kilómetros que no nos lo quitara nadie.

2:17:48 es el tiempo que hicimos según la organización.

media maratón de Budapest

Una montaña rusa de emociones

A 100m de la meta empecé a llorar desconsolada.

Lloraba por lo muchísimo que me dolía el pie y todo lo que había aguantado sin quejarme.

Lloraba por la satisfacción de haber terminado mi primera media maratón internacional a pesar de los contratiempos.

Lloraba por todas las horas de entrenamiento que me habían llevado hasta allí.

Lloraba por lo agradecida que estaba de poder correr.

Lloraba acordándome de todos los mensajes de cariño y ánimos que he recibido durante estos meses.

Recuerdo bastante una frase que me dijo un amigo en mi cumpleaños «tienes una capacidad de control y sufrimiento más grande de lo que crees». 

Ayer pude dar fe de ello.

Budapest ha sido un gran aprendizaje

No quiero que te quedes con la sensación de que ha sido una experiencia negativa. Al revés, me ha enseñado todavía más.

A no crearme expectativas, cualquier cosa se puede salir del molde de nuestra cabeza.

A encontrar el lado dulce incluso en los momentos de sufrimiento.

A ser consciente de que soy más fuerte de lo que la mayoría de veces pienso.

A ser más agradecida con todas las experiencias.

Gracias por dejarme besarte con letras.

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Mujeres con esencia: Entrevista a Beatriz Infanzón

entrevista a la escritora Beatriz Infanzón

Cada entrevista de Mujeres con esencia supone un reto. El primero que tuve que superar fue saber que estábamos grabando y que en la mayoría de casos ni hemos podido pasar de un abrazo virtual.

La entrevista de Isabel Ara ha sido la única en la que la conexión física llegó antes que la del módem. Pero en ningún caso esos nervios han evitado que la esencia de cada una de estas maravillosas mujeres quede mermada.

Las mujeres deberíamos cambiar la conversación. Dejarnos de analizarnos, criticarnos y excluirnos. Todas tenemos miedos y también sueños. A cumplir unos y vencer otros no tendría que sumarse la mochila de la crítica destructiva. Hagamos piña y la fiesta no tendrá fin.

Por eso me fascina este tipo de cafés virtuales. El objetivo es ayudarnos a sacar lo mejor de nosotras mismas. A brillar y bailar juntas. Porque la palabra sororidad tendría que subrayarse fuerte.

Entrevista a Beatriz Infanzón

Beatriz es escritora y experta en storytelling. Crea historias con alma que embriagan e invitan a reflexionar. Vamos, ese tipo de letras que se quedan rodando en la cabeza de quien las lee hasta que exprime todo su jugo.

En esta entrevista nos lanzamos de pleno a los miedos, la superación y el sabor de cumplir un sueño. Sí, ella lo ha conseguido y me alegro muchísimo. Se ha ganado esta meta a base de lucha y encuentros con ella misma.

Cuando grabamos era nuestro pequeño secreto pero ahora toca gritarlo al viento, ¡ha publicado su primer libro! 😉

No me quiero adelantar, prefiero que disfrutéis directamente con el vídeo.

Gracias, Beatriz, por este ratito y la charla que no se grabó. Seguro que este primer libro no va a ser el último.

¡Que sigan volando las historias con alma!

A ti y a ti, gracias por dejarme besarte con letras.

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II carrera del circuito, Albolote, y un sol de justicia

carrera de Albolote

Llueve. Mientras escribo llueve. Ayer sin embargo lucía el sol. Un sol que en algún que otro momento me hizo sufrir. No me gusta el calor. Mucho menos aún para correr.

La carrera de ayer era de 10km, como la mayoría del Circuito Diputación de Granada salvo Baza y Guadix que son media maratón y la de mi pueblo que son 18,5km.

Justo este año la de mi pueblo cae en mi cumpleaños pero no adelantemos acontecimientos 🙂

A la carrera de Albolote llegaba cansada. Una semana solo de diferencia con la media de Barcelona. Poco tiempo. Tengo todavía los isquios muy cargados y cuando empecé a trotar para calentar me avisaron.

Además, la noche de antes habíamos estado en el carnaval. Lo que viene siendo el mejor plan el día previo a correr. Tampoco nos jugamos nada así que… En menos de ocho horas pasamos de minnies a runners.

Lo que realmente me preocupaba no era el cansancio ni los isquios, era mi estómago. Tranquila, no era resaca. No bebo. Pero algo debí comer que no mi cuerpo no toleró bien.

Eso sí, contaba con una ventaja, conocía el terreno. Había participado en esa misma carrera dos años antes así que sabía los puntos en los que tendríamos cuesta y en los que la sombra brillaría por su ausencia.

Hasta la carrera que menos te remueve, te enseña algo

Arrancamos la carrera al final del pelotón.

Prefiero ir de menos a más y evitar algún que otro empujón de propina. Mis piernas a pesar de estar pesadas respondían, mi tripa no parecía dar problemas y mi cabeza estaba despejada.

Apretamos un poquito.

Intentamos mantener un ritmo por debajo de 6 min/km. Podíamos haber tirado un poquito más pero esta vez no quería arriesgar. No era el momento.

Tener el estómago tocado y que haga calor es para mí la peor combinación. Lo sufrí muchísimo en Valencia, la peor de mis carreras, y aunque es cierto que esto era un 10K y no una media, podía acabar igual de jodida.

No disfruté tanto como en Barcelona o Armilla. Hubo momentos que fue como un mero trámite. De nuevo el calor. Me agobia, me agota y solo consigue que tenga la cabeza puesta en acabar no en disfrutar.

Sí hubo un momento que me encantó. La parte en la que la carrera sale del pueblo y va por la vega. Más espacio, más aire.

Es mi momento

Hay carreras en las que me invaden las emociones, me llevaban en volandas y me hacen explotar al llegar a meta. En Albolote no pasó. Sí sentí muchísima satisfacción de volver a correr 10K en menos de una hora, concretamente en 58:43. A menos de 40 segundos de mi MMP.

De esta carrera me quedo con dos sentimientos que este último mes están muy presentes: mi cabeza tira mucho más y tengo unas ganas inmensas de mejorar.

Noto muchísimo que mi cabeza está relajada, que los tiempos tormentosos pasaron y puedo correr sin estar rumiando vivencias ajenas a la carrera que me taladraban. Puede parecer una tontería, pero cuando mi cabeza está serena puede cambiar el mensaje. Sí, ese «ya no puedo más» por «voy a apretar un poquito más».

Desde que empecé a correr tenía ganas de correr más kilómetros, de correr más rápido pero no era el momento. No estaba preparada para ese desgaste mental, ya tenía otro.

Ahora sí. Me apetece tentarme, salir de la zona de confort y ponerme a prueba. Conseguir estos pequeños retos me ayuda a trasladarlos a mi día a día.

Recordar que hace cuatro años no era capaz de correr 10 minutos seguidos y que ahora aguanto más de dos horas me parece increíble. Me siento libre.

La próxima carrera será en Loja el 4 de marzo. ¡Qué casualidades tiene la vida! Fue la primera carrera a la que mi compañero de aventuras y yo acudimos como pareja y justo en esta edición celebraremos dos años de toda una vida 🙂

De corazón te digo «confía en ti y date tiempo».

Gracias por dejarme besarte con letras.

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Promise 593, ¿eres tú a quien busco?

libro con corazón

Caminos con corazón

La Tierra se va a acabar en tres días, ¿qué harías? Y si además, eres la única que puedes salvarte, ¿te salvarías o te dejarías llevar hacia el abismo sin poner freno ni ganas?

Promise 593 es un libro que engaña. Me explico. Cuando lo tocas por primera vez y ves el tipo de letra y el número de páginas crees que lo devoraras. Error. Hay que saborearlo, sacar el jugo y captar el juego de palabras.

Es un libro de prosa poética con mucho corazón. No es el típico texto de amor, es una búsqueda encarnizada de la verdad, tu propia verdad de quién eres. Y en este caso, de quién es realmente Promise.

Todos los sentimientos y emociones se personifican.

Me parece súper interesante ver el cuerpo físico que les ha dado Ángel, su autor. Estoy convencida de que cada persona podría personificar a las emociones de forma diferente. Para algunos, la envidia tendrá forma de mujer para otros de hombre.

Y para ti, ¿cómo te imaginas a las emociones si fuesen tangibles?

Poder de reflexión

Como te contaba, este libro no es para que lo leas en una tarde. O por lo menos no te lo recomiendo. Invita a leer con calma, a sentir las palabras, a imaginar la situación y por qué no a plantearte cosas.

Uno de los aspectos que más me convencen de esta obra es su poder versátil. Cada lector lo puede interpretar de una forma diferente. Cada capítulo suscita una reflexión, ¿cuál será la tuya?

Llámalo destino, casualidad o las cosas pasan por algo pero tengo este libro desde hace más de un año y no lo he leído hasta hace unos días.

Es un libro muy emocional. Quizás el viaje tan intenso que hace Promise, las batallas que tiene que librar y el mar de preguntas que lo rodea hacía que no fuera el momento de leerlo entonces y sí ahora.

En el momento que Ángel me habló de su libro, tengo la enorme suerte de conocer al autor, me fascinó. Sin embargo no fui capaz de abrirlo.

Todo tiene su momento, los libros también.

Capítulos bien marcados

Una de las preguntas clave del libro es si tu camino tiene corazón. Es decir, si te hace vibrar. Cuando tienes un propósito en la vida más allá del dinero, un propósito que te lleva a hacer las cosas desde el corazón y el amor, todo fluye.

Llegar hasta ese punto a veces requiere de mucho dolor. Promise lo sabe y espero que lo descubras.

Los capítulos están muy bien marcados. Si eres una lectora como yo a la que le gusta dejar el libro cuando ha terminado un capítulo y no a medias, sabrás el valor que tiene.

camino con corazón
De derecha a izquierda: Ángel (autor), Mery, Loren y yo.

Más cositas sobre Promise 593

Como te decía, tengo el placer de conocer personalmente a Ángel. Promise 593 es su primer libro pero estoy convencida de que no será el último.

Este pasado fin de semana, con motivo de la Media Maratón de Barcelona, pudimos charlar tranquilamente sobre la experiencia de publicar su propio libro y los misterios que esconden sus páginas.

No quiero desvelarte nada para que lo puedas descubrir por ti misma pero Ángel me confirmó que cada palabra está escogida por una razón, no valía un sinónimo.

Al igual que Promise, él busca caminos con corazón y desde luego se nota que se ha dejado parte del suyo en estas letras. Te dejo también el vídeo de la presentación por si te apetece conocer un poquito más de esta historia tan emocional.

Y tú, ¿has pensado ya si tu camino tiene corazón?

Gracias por dejarme besarte con letras.

*Este post contiene enlaces de afiliado a Amazon.

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Superación: Media Maratón de Barcelona

Media maratón Barcelona superación

Superación: Vencer obstáculos o dificultades.

Cierro los ojos y me vuelvo a situar en el arco de salida. Un nudo se adueña de mi garganta y el corazón se acelera. Las lágrimas no tardan en aparecer pero no salen, solo riegan mis ojos.

Esa misma emoción de felicidad tan intensa irrumpe cada vez que mis zapatillas se plantan delante de un arco de salida. Es como si mi cuerpo se apoderase de todas las emociones positivas que desprenden los corazones que me rodean con ganas de rock and roll.

Comienzo una carrera al borde de las lágrimas y la termino de la misma forma, Barcelona no iba a ser menos. Además, tenía otra razón de peso, iba a conseguir mi MMP en 21K, justo una semana después de conseguir mi MMP en 10K.

Apagar las expectativas

Estoy haciendo un trabajo enorme cada día intentando no crear expectativas de las situaciones. No montarme películas ni ilusiones porque quiero vivir cada experiencia sin que se empañe. En Barcelona lo conseguí.

No esperaba nada de la carrera, solo sabía que iba a disfrutar porque era prácticamente llana. Las sensaciones del 10K de Armilla el domingo anterior me habían dado mucha seguridad. Era cuestión de confiar en mí, de buscar mi propia superación.

La antesala a la carrera fue gloriosa. Un reencuentro con amigos que inspiran y le dan alas a los sueños. Esos que están tan locos como tú para huir continuamente de lo cómodo y siempre viven con dos premisa. «¿Cuál es la última vez que has hecho algo por primera vez? y ¿Cuándo ha sido la última vez que has sorprendido a alguien por tus decisiones?».

Mery, Ángel, no sabéis el chute de energía que me distéis en apenas 6 horas.

superación

Soñar en rosa

Después de un sábado lleno de emociones, sueños y superación llegaba el momento de calzarse las zapatillas. No era mi objetivo mejorar mi marca, solo quería disfrutar de una ciudad sin coches y llena de vibraciones.

Comenzamos a correr y me sentía muy fuerte, tanto de piernas como mentalmente. Me iba fijando en cada sonrisa, en cada gesto, en cada edificio. No estaba concentrada en el ritmo ni la respiración, estaba absorbiendo la energía de alrededor.

Estuvimos detrás de una pareja en concreto más de la mitad de la carrera. Ella era ciega y él su guía. Te juro que el cariño con la que la iba guiando, los pequeños gestos, los susurros nos dejaron sin palabras. Un ejemplo de fuerza y determinación que en algún que otro punto me encogieron el corazón.

En ese momento me acordé de lo que había leído en Nacidos para correr, por cierto, tengo un post pendiente sobre él. Uno de los secretos de los tarahumaras es correr con el corazón y una sonrisa. Ser feliz y agradecido por el simple hecho de dar zancada tras zancada.

Es pensarlo y es imposible que no te sientas poderoso corriendo. Da igual el ritmo y la distancia, estás corriendo y aunque parezca una obviedad no todo el mundo tiene la oportunidad de hacerlo.

Cada paso con voz propia

Cuando pasamos por el arco de los 10K tenía claro que iba a conseguir bajar de las 2:20. Parece mentira pero no me acuerdo si mi mejor tiempo en media maratón era 2:17 o 2:20, el caso que por ahí anda. Sí, es el paso de una tortuga pero no me preocupa y soy consciente que en los últimos años no he entrenado con la regularidad que debería.

Iba muy fresca, mi cuerpo respondía y mi mente aún más. Alguna que otra vez tenía que frenar mis ganas de superación o me iba a estampar en la siguiente mitad de carrera.

En el km 16 empezaron los problemas. Llevaba un rato sintiendo que mi planta del pie izquierdo no iba como debía. Se me había formado una ampolla, una de las peores cosas que te puede suceder en carrera.

El dolor hay que aceptarlo

A partir de ese kilómetro cada zancada era un golpe de dolor. Sentía como si cien agujas se me estuvieran clavando en la almohadilla del pie. Apreté los dientes, una ampolla es como otra piedra más en el campo. Hay que sacar fuerza y ganas para seguir adelante y no caer en el camino fácil.

En los últimos dos kilómetros el dolor ya era insoportable. En alguna que otra ocasión me salió un «joder» desde lo más profundo y la botella de agua que llevaba en la mano derecha era mi saco donde descargar. La apretaba con fuerza, como si eso hiciera que me doliese menos el pie.

En ese punto no me quedo otra que gritarle a mi compañero de aventuras «tira de mí, no puedo más». Y él sacó fuerza para los dos, para nuestro equipo.

Unos metros más, giramos a la derecha y nos encontramos de frente con la Sagrada Familia. ¡Menudo momento! Quedaba un kilómetro y fuera como fuera iba a mejorar mi tiempo así que solo tenía que soportar el dolor un poco más. Todo acabaría.

MMP en 21K

2:09:33 fue el momento en el que llegamos a meta. Había mejorado casi 10 minutos mis tiempos anteriores, incluso con un dolor imposible. Había creído en mí y no me había dejado vencer cuando las cosas salieron de la forma menos placentera.

Lloré. Una sacudida de energía recorrió mi cuerpo. Placer, dolor, alegría, cansancio, superación… Creo que no hay emociones negativas ni positivas por sí solas. Todas son necesarias y nos permiten estar alerta. Aceptarlas y saber sacar la enseñanza que nos quieren mostrar me parece vital.

El dolor de esa ampolla me recordó que aunque el camino se complique si crees en ti de verdad y en la razón por la que haces las cosas, vences.

MMP en 21K superación

Este domingo toca volver al arco de salida, 10K en Albolote. Vuelvo a plantearlos sin expectativas solo agradecida de poder ponerme una vez más las zapatillas.

Gracias por dejarme besarte con letras.

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Behobia: Cuando crees que no eres capaz

Creer en ti siempre es la mejor opción

Escribo desde la cama porque las agujetas de ayer en la Behobia no me dejan ni sentarme. Los 20 kilómetros de esta carrera son una vida misma. El torbellino de emociones, lágrimas y dudas quiero compartirlo porque si yo pude cumplir un reto vosotras también.

Cómo empezó la locura de mi Behobia

Hace unos años quise correr la Behobia pero me quedé sin dorsal. Ahora tengo claro que no era el momento. Este verano paseando por Madrid Río le dije a Loren «sería la caña correr la Behobia». Como a nosotros nos va la marcha y los impulsos, en ese mismo instante nos inscribimos en la prueba.

¡Menuda carrera!

Volvimos a empezar a correr. Habíamos perdido el hábito al pasar un mes en Indonesia y mudarnos nada más llegar a Madrid. El calor a mí me sienta fatal, tanto que a veces no soy capaz ni de hacer tres kilómetros seguidos. Me debilita muchísimo. Nosotros seguíamos intentándolo y justo tuvimos el placer de conocer a los Instarunners de Madrid. ¡Lujazo de grupo!

Con ellos no había excusas para saltarse el entrenamiento aunque fuera por no quedar mal 😉 Y así poco a poco volvimos a coger fondo hasta que llegó septiembre…

Septiembre fue la locura personificada en nuestras vidas

Por temas personales decidimos mudarnos de la noche a la mañana a mi pueblo en La Alpujarra. La cosa no quedaba ahí. Había que reformar la casa donde vivimos y seguir subiendo dos veces a la semana a Madrid por trabajo. Al final había que sacar algo de la ecuación porque no podía más. Literalmente no tenía fuerzas y mi cuerpo lo estaba empezando a pagar así que, efectivamente, lo que eliminamos fue correr.

Cada día que pasaba sin correr me sentía culpable y veía como la fecha de la Behobia se acercaba. Es más, de ahí hasta la Behobia creo que habremos entrenado como 5 o 6 veces como mucho… Sí, una temeridad.

Miedo, mucho miedo

Después de no haber entrenado prácticamente nada estaba cagada de miedo pero tampoco quería no intentarlo. Ese propio miedo hizo que estudiara el perfil al completo de la carrera –cosa que nunca antes había hecho–, revisara el tiempo veinte veces y me aprendiera hasta los puntos donde se podía abandonar…

No dejaba de pensar que si había conseguido terminar tres medias maratones y dos carreras de 19 km en plena primavera con las cuestas que hay en mi pueblo podría acabar la Behobia. Cuando nos inscribimos la idea era hacerla en 2 horas. Cuando vimos el panorama que teníamos el objetivo fue más sencillo: modo disfrutón.

Para colmo la noche previa tuve una intoxicación involuntaria de gluten y se me adelantó la regla. ¿Qué más podía pedir? Me levanté encontrándome fatal y con el estómago muy revuelto. Miré a mi compañero de aventuras y a los amigos que nos habían acompañado y dije «no les puedo fallar». Me calcé las zapatillas y al tren que nos fuimos.

Behobia, la mejor carrera de mi vida

Quién me iba a decir a mí que teniéndolo todo en contra en un primer momento la Behobia iba a ser la mejor carrera de mi vida. Eso no lo sabía en el arco de salida y los nervios y las ganas de llorar de la emoción eran más que evidentes. El ambiente era una auténtica pasada. Miles de voces gritando bajo la tímida lluvia, brutal.

behobia

¡Arranca la carrera! Nosotros íbamos sin reloj porque nos lo habíamos olvidado en casa… pero sí que llevamos la app de Nike no por tener controlado el tiempo, sino por registrar la carrera.

Cuando empecé a correr todo ese miedo se convirtió en felicidad. Mi cuerpo respondía y no podía dejar de sonreír. No he corrido nunca sonriendo tanto. Fue mágico. Los aplausos de la gente desconocida, los niños con sus manos para chocar, la música y un paisaje increíble me dieron un subidón tremendo.

Mi compañero de aventuras iba callado, más de lo habitual. Yo no dejaba de cantarle, decirle que mirase el paisaje, la gente y le iba contando dónde estaban los puntos jodidos. Hubo un momento que ni él recuerda que me dijo que no le hablase. Iba tocado. Yo tenía energía por los dos así que por primera vez iba a ser yo quien tirase.

Pasaban los kilómetros, las cuestas y a mí no me pesaba nada. Íbamos a un ritmo muy cómodo, alrededor de 6:30, y me sentía pletórica, tan inmensamente feliz que en algún punto me costó no comenzar a llorar.

Me acordé de muchísima gente mientras corría. Sentí su calor y sus ánimos. Esa era mi carrera. Estoy convencida de que hubo dos factores clave. Uno, que me daba igual el tiempo. No tenía expectativa alguna por la carrera porque llegaba con todo en contra así que hiciera lo que hiciera me valía. Y el segundo, el frío.

Cuando corro con frío tengo un chute de energía extra. Mi cuerpo se queda siempre a la misma temperatura, fresco. Apenas sudo y bebo agua para mantenerme bien no porque me sienta que no puedo con la vida. Esas sensaciones tan positivas me dan alas en la cabeza y cuando empiezan a doler las piernas mi cabeza tira con muchísima fuerza.

Solo la cuesta del kilómetro 16 al 17 se me hizo un poquito larga. Una vez superada una sonrisa todavía más grande. Solo había parado en los puestos de beber agua porque no sé beber en vaso y correr, para lo demás no me había hecho falta y mi cuerpo no lo quería.

Él lo pasó realmente mal con la rodilla del 18 al 20. Lo vi sufrir como nunca y saqué fuerzas por los dos. No dejé de animarle en ninguno de esos metros. No me callaba y cuando él se paró y me dijo «sigue tú» mi respuesta fue clara «somos un equipo, llegamos juntos».

Tiré con todas mis fuerzas de él como tantas veces él había hecho por mí. En la última curva empezamos a ver el mar, ¡qué momento! «Amor, mira, el mar». Ya me he puesto a llorar otra vez… y eso que ahora solo lo estoy escribiendo. Han sido tantas emociones, tanta lucha.

Encaminamos la recta. La gente, al ver su dorsal, no dejaba de gritarle «Vamos». Yo iba con una sonrisa de oreja a oreja, nos quedaban 500 metros y la Behobia sería nuestra. A falta de 200 metros nos dimos la mano y no nos soltamos. Juntos cruzamos la meta porque juntos somos más fuertes.

Correr la Behobia ha sido un regalo y me ha vuelto a recordar muchas cosas.

    1. Soy más fuerte de lo que a veces pienso.
    2. En los peores momentos me crezco.
    3. Amo correr y lo estaba olvidando.
    4. El frío es mi gran aliado.
    5. Correr en sí mismo es un regalo.

Esta carrera se la dedico a todas las mujeres que luchan cada día con una sonrisa enorme por muy jodidas que sean sus circunstancias. Lo bonito de la vida no es no tener problemas, sino saber cómo sacar una sonrisa sincera cuando lo más fácil sería llorar. Esta carrera va por ti, Mónica.

Gracias por dejarme besarte con letras. Espero que a ti también te pirre la vida 😉

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El monje que vendió su Ferrari: Abre tu mente y tu corazón

el monje que vendió su ferrari
La puerta al cambio

Hace un par de semanas saboree las páginas de El monje que vendió su Ferrari de Robin Sharma.

Julian, un poderoso y reputado abogado estadounidense que aparentemente lo tenía todo, estaba cayendo en picado hacia el desastre personal. Había fracasado en su matrimonio, era un adicto al trabajo que apenas dormía hasta que en pleno juicio sufrió un ataque y se desmayó. El médico le dio dos opciones: o acabas con este ritmo de vida o tu ritmo de vida va a acabar contigo.

Julian, vacío interiormente y con un buen aviso de salud, decidió desligarse de todo lo que había formado parte de su vida hasta ese momento, incluido su Ferrari, para comenzar un viaje espiritual por la India. A su vuelta y convertido en otra persona, le narra al que fue su ayudante en el bufete toda su andadura espiritual para que él pueda aprender y enmendar el camino errante que estaba tomando.

Siempre es un buen momento para tomar el timón

Las técnicas y enseñanzas que se cuentan a través de una fábula en el libro El monje que vendió su Ferrari me parecen extraordinarias. No son para nada ideas descabelladas ni absurdas. Creo de verdad que todos necesitamos poner en orden nuestras prioridades y tener en cuenta el verdadero valor de la vida.

Una de estas enseñanzas habla del tiempo. No somos conscientes realmente del paso del tiempo y lo que eso supone. Siempre estamos aplazando nuestros sueños porque nunca es el momento. Pero, ¿y si nunca llega ese momento? ¿Y si tú limitado tiempo se acaba antes de lo que piensas? Te habrás quedado con una lista enorme de sueños sin ni siquiera haberlos intentado.

El pasado no cambia, el futuro está en el aire, ¡vivamos el presente!

Al fin y al cabo somos cómodos por naturaleza aunque yo diría que quejicas a partes iguales. Estoy de acuerdo con quienes están a gusto con lo que tienen y no buscan mejorar, lo que me chirría es quejarse por vicio y no hacer nada para enmendar la situación. Las oportunidades no llegan, se buscan.

Otro de los puntos que me llamó muchísimo la atención de El monje que vendió su Ferrari, es que divide los objetivos en cuatro bloques: emocional, profesional, espiritual y físico.

Nunca antes me había planteado cuál era mi objetivo espiritual o emocional. Siempre había puesto todo mi foco en el profesional y ciertamente es un gran error. Si toda nuestra atención está puesta solo en uno de los objetivos, ¿cómo vamos a atender al resto de aspectos de nuestra vida? Al final, no habría equilibrio y estaríamos llenos de vacío.

Después de leer este libro he comenzado a implantar algunas de las técnicas como el pensamiento contrario. Cuando me invade un pensamiento negativo, lo analizo y veo por qué ha llegado a mi mente. Muchas de las veces es por miedo, otras por las hormonas. Tengo un patrón que se repite cada mes y es que hay ciertos días que me puede la tristeza. Antes me enfadaba o me hundía, ahora lo veo como algo natural de mi cuerpo. Lo acepto y no le doy mayor importancia, pasará.

Otra de las fórmulas que me está funcionando es visualizar a dónde quiero llegar cuando me invade la pereza. Por ejemplo, quiero madrugar bastante para empezar el día haciendo yoga, meditación, escribir por placer… antes de empezar a trabajar. Cuando sonaba el despertador a las 6 lo apagaba y seguía un poquito más remoloneando. Y quien dice un poquito más dice levantarse con la hora pegada al culo. Ahora cuando suena y me entra la tentación de pulsar el botón «aplazar», pienso en las razones que han hecho que yo decida levantarme pronto. La visualización es un elemento muy poderoso.

Para quién va dirijo este libro

Para mí es fundamental que toda persona que lea este libro, tenga ganas de afrontar el cambio. Si no tienes la mente abierta y ganas sinceras de revolucionar tu vida, no lo leas. Casi cualquier persona me diría ahora mismo, «sí, Bea, quiero cambiar mi vida» pero lamentablemente no es así. Se queda todo de boquilla y cuando hay que echarle un par y remover cielo y tierra para salir de la oscuridad ya el plan no apetece tanto.

Si quieres una vida consciente y estás abierta al cambio, entonces sí. Te recomiendo que leas El monje que vendió su Ferrari con calma. Tampoco te aconsejo que intentes implantar todas las técnicas de golpe. Reflexiona y escúchate sin miedo. El miedo solo nos hace huir, te lo digo con conocimiento.

Espero que consigas todo lo que te propongas. Eres simplemente maravillosa.

Gracias por dejarme besarte con letras.

*Este post contiene enlaces de afiliado a Amazon.

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Cuentos de ratas y culebras

cuentos de ratas y culebras

Si me tuviera que describir con una sola palabra sería intensidad.

Alguna que otra vez he tenido que escuchar que es la peor cualidad que se puede tener porque no hay equilibrio emocional.

A mi parecer, es hermoso poder vivir con una ilusión brutal cada etapa y momento de mi día a día. 

Es cierto que hay días malos, y quien no los tenga que me cuente su secreto y ya de paso el de cómo conseguir un giratiempo que me vendría muy bien. Aunque puede parecer que por mi intensidad me hundiría en la miseria no es así. Gracias a la escritura consigo descomprimir esas experiencias que ponen en jaque a mi equilibrio.

Descubrí cuando era una enana con gafas que no hay mejor terapia para un día de pena que escribirlo y si hace falta llorarlo mientras se escribe. Para mí es magia, en cuanto lo pones por escrito sacas toda esa bola sucia de energía tóxica y vuelves a tu estado natural. En definitiva, a mí me sirve para ver las cosas con perspectiva.

El relato, si se puede llamar así, de hoy no tiene censura, simplemente es un manantial de emociones que brotan cuando el destino se pone chulillo y quiere hacerse notar. Es de esos golpes que das en la mesa y en los que te importa bien poco si esta es de cristal.

No espero que te guste pero sí que te remueva.

 

cuentos de ratas y culebras

Cuentos de ratas y culebras

Ilusión y mazazo, uno tras otro. Cuando parece que me recuperaba de una sacudida vuelve otra y otra más. Me encuentro desorientada, tirada sobre la lona sin saber por qué era necesario pelear. No entiendo la razón de un duelo que no quise jamás. Yo no lancé el guante pero parece que eso da igual. Me consume y me debilita. La muerte agónica del mismo ego.

Felicidad, o así dicen que se llama porque yo no recuerdo ni su nombre mucho menos su cara. Un reflejo difuso cada vez más empañado por las lágrimas y los lamentos. Por suspiros que nadie recoge y se quedan sin dueño.

Cada día me pregunto por qué, cuál es la razón. Qué mal he hecho para pagar tan alta condena. Qué sacrilegio cometí para tener que vivir a medias.

Solo quiero hacerme un ovillo, que me abraces y se detenga el tiempo. Quiero quedarme aquí, pegada a ti mientras siento que tus brazos recomponen mi destruido yo.

Todo duele, todo. Duele tanto que ya no quiero saber cuánto más puedo aguantar.

Dónde quedaron las historias felices sin madrastras ni ratas ni culebras. A qué saco roto están cayendo mis fuerzas que no hay hilo que lo cierre. Dónde, dime dónde que me planto y lo reviento, total, ¿qué más puedo perder?

El caso es que sigo ahí, de pie, con la mejor de mis sonrisas aguantando unos naipes que solo necesitan un soplo más para venirse abajo y todavía tienen la desfachatez de hacerme ver que es el mejor de los favores el que me está haciendo. Una experiencia que tendría hasta que agradecer.

Pues se pueden meter la experiencia, el aprendizaje y su veneno por el agujero más grande que tengan. Ojalá fuera el agujero del culo pero no, tienen uno todavía más grande y podrido, el hueco en el lado izquierdo, ese donde se supone que cualquier persona tiene el corazón.

Gracias por dejarme besarte con letras.

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Fuera de tiempo

comienzo del blog

Ayer te confesaba que en poco menos de un mes dejo mi empleo en la app de moda en la que ahora mismo trabajo. Y, ¿por qué ahora?

Hay límites que nunca deberíamos permitir que se crucen y, aunque me voy con una sensación agridulce, siento que toda esa tensión emocional y estrés acumulado en el último año me han hecho el favor de mi vida, tomar el control y empezar a crear mi camino.

La inspiración viene y otras veces hay que ir a buscarla que la tía se entretiene con cualquiera jejeje. El punto en el que se me ocurren más ideas y en el que mi mente tiene la imaginación desbocada es justo antes de dormir. Sí, a veces es una putada, no habrá momentos en el día… No me preguntes el porqué pero la lavadora empieza a funcionar y me he tenido que levantar un montón de veces para anotar un microcuento o una idea de la que me gustaría sacar un relato.

Por eso a partir de ahora una libreta y un boli son mis nuevos compañeros de mesita, no vaya a ser que al día siguiente esa bombilla se quede fundida. Sé que no es un hábito del todo bueno, que la hora de dormir es sagrada pero cuéntaselo a mi cabeza.

Tres elementos claves que me inspiran

*La música.

*Observar todo lo que me rodea y abrir bien las orejas.

*Mis propias experiencias.

La música hace que mi estado de ánimo cambie y muchas veces incluso lo provoco si quiero escribir de un tema en concreto y siento que el texto se está quedado frío. Tengo esta lista que es la bomba y saca la vena más tierna del propio hielo. O canciones que de por sí me trasladan a un momento especial, bueno o malo, y del que se puedo rascar mucho.

¡Me encanta observar a la gente! Lo reconozco, me pirra sentarme en una cafetería y ver a la gente pasar mientras me imagino su vida, por qué su lenguaje no verbal es así, etc. Me parece una fuente de ideas buenísima.

Y por último, mis propias experiencias.

Si una vivencia influye uno de mis textos lo hace por el tono no por lo que ocurre en sí. Con el relato de hoy sucede esto último. Mi abuelo Fernando, antes de convertirse en mi ángel de la guarda, me dijo una frase que me marcó «He visto una cosa que quiero regalarte para que no me olvides nunca».

No llegué a saber qué se refería y tampoco le hizo falta regalarme nada material para tenerlo presente cada día. Esa frase me ha rondado mucho imaginando qué podría ser lo que vio…

fuera de tiempo

Fuera de tiempo

El vuelo procedente de Bombay iba a aterrizar con dos horas de retraso. Maca había tenido la mirada perdida durante todo el trayecto como si en las nubes pudiera encontrar sentido a las últimas 24 horas. Maldito mensaje.

Intenté hacerla volver pero era inútil. Había plantado un muro que la dejaba inaccesible y a mí me faltaban revistas y uñas para que aquel agotador vuelo acabara cuanto antes. Llegamos al pueblo dos años después de marcharnos y parecía que el tiempo se hubiera congelado desde entonces. Las mismas vecinas en el tranco, el mismo olor a cabras y naranjos, y la misma sensación de que aquel no era nuestro hogar.

—Luca, pase lo que pase, no digas nada por favor —dijo Maca antes de tragarse el orgullo y cruzar la puerta de su señora madre.

No hubo alegría ni añoranza en la mirada que se cruzaron ambas, sino mucho rencor y rabia acumulada. Maca soltó todo el aire de golpe y entró quedándose junto al marco de la puerta. Yo hice lo mismo pero me situé detrás de Maca. No era bienvenido en esa casa y tampoco habíamos venido a reabrir ese debate.

—¿Por qué no me habéis avisado antes? —le requirió Maca.

—¿Y qué hubiera cambiado? —le reprochó su madre.

—¡Era mi abuelo! Y sabías perfectamente lo que él era para mí, no me has dejado despedirme —le gritó Maca.

—Cuando te fuiste lo hiciste con todas las consecuencias y despedidas. Agradece que la tonta de tu prima te haya mandado un dichoso mensaje porque si por el resto hubiera sido—.

Maca cerró los ojos un instante y pude sentir todo un torrente de ira en la fuerza con la que me apretó la mano. Sabíamos que algo iba mal cuando dejó de recibir las cartas que su abuelo le enviaba a escondidas. Pensó que quizás su madre lo hubiera descubierto pero nunca que las flores crecerían ahora sobre él.

—¿Y la pluma?—.

—Donde tiene que estar—.

—Mamá, no me he recorrido medio mundo para discutir contigo. Sabes que el abuelo quería que me quedase con su pluma. Por favor, ¿dónde está? —le dijo Maca con toda la tranquilidad que pudo reunir.

Su madre, que conocía muy bien lo terca que podía llegar a ser Maca, abrió la puerta de casa invitándonos a irnos y antes de cerrar dijo —la tiene tu tía—.

La visita a la casa de la tía de Maca fue aún peor. Los gritos y los reproches iban y venían mientras su prima pequeña y yo permanecíamos inmóviles en un rincón de la recargada casa. Me sentía muy impotente y continuamente tenía que morderme la lengua para no callar a esa víbora asquerosa que no dejaba de soltar veneno, pero hacía tiempo que me dejaron muy claro que en la guerra de los Vazquez tenía que ser un mero mueble. Bueno, quizás algún florero podía hacer más que yo si acababa estampado en la cara de esa bruja.

La situación se caldeó hasta tal punto que acudió medio pueblo a ver qué pasaba. Solo les faltaba sacarse las palomitas para disfrutar de una tarde de circo. Después de dos horas aguantando todo tipo de insultos y sandeces, cogí a Maca por el brazo con firmeza. Se había acabado por hoy la función. Maca no dejaba de llorar y casi sin hablarme ni mucho menos mirarme llegamos a la puerta del cementerio.

—Muchas gracias por sacarme de casa de mi tía —me soltó Maca con ironía.

Agaché la cabeza y seguimos sin hablar recorriendo el laberinto de lápidas y coronas marchitas hasta llegar a un cerezo en flor donde descansaba su abuelo. Maca se limpió las lágrimas y con una tímida sonrisa se sentó junto a la lápida.

—Al final te has librado de coger el avión, viejito. ¿Y ahora quién va a pintar de amarillo el columpio en verano?—

Perdí la noción de las horas que Maca estuvo hablando con su abuelo, caí exhausto en la tumba de al lado. Volví a recordar el día que nos marchamos como dos fugitivos. Su abuelo y su prima eran los únicos que veían con buenos ojos nuestra locura y las ganas de ver mundo más allá del castaño del río.

El resto de los Vazquez me odiaban tanto que se les llenaba de espuma la boca solo con pronunciar mi nombre. Para ellos, yo era el culpable de que su recta hija fuera a acabar con su vida y razón no les faltaba. Ese día, Maca mandó a paseó sus vestidos caros y a su estirada familia pero no lo hizo por mí, sino por ella misma.

Cuando entreabrí los ojos para llamar a Maca y marcharnos ya de aquel seco pueblo, vi como su prima pequeña que siempre había adorado la valentía de Maca le daba algo más que un beso y desaparecía como un fantasma entre los cipreses.

Maca acarició la lápida de su abuelo, y se acercó a mí con un aura muy distinta a la que habíamos llegado.

—Es hora de irnos —.

Gracias por dejarme besarte con letras.

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