El silencio de Colinas Frías

Colinas Frías

Tenía muchas ganas de publicar este relato porque está inspirado en la zona en la que vivo, La Alpujarra. Las costumbres, lugares y personajes son ficticios pero la belleza de los pueblos blancos que relucen en el verdor de las montañas son reales.

La aventura de Colinas Frías se me ocurrió una tarde mientras veía bajar a muchos de los que visitan nuestra zona. Ese río de coches y ganas de descubrir un lugar en el que a veces la cobertura no funciona junto con el punto de humor que me gusta añadir a las historias, hizo el resto.

Espero que disfrutes de este relato tanto como mi mayor fan, mi abuela 🙂 A ella ver nuestro hogar reflejado en unas líneas le parece magia.

La historia de Colinas Frías

Las montañas de Colinas Frías habían olvidado lo que era la paz y el silencio. Hacía tres meses que uno de esos famosos que rellenan páginas de cotilleos y devoran botes de autobronceado, había acabado buscando un lugar dónde alojar a su indescriptible tupé y los restos del deportivo rojo.

Una sola foto activó la avalancha. De espaldas, mirando al hermoso paisaje y sentado sobre el capó. Lo que no enseñaba la instantánea de Instagram era el destrozo que tenía el morro del coche. Las curvas de esas montañas no perdonan, y mucho menos a los listillos que se creen por encima de la ley natural de la zona.

En el corazón de Colinas Frías se encuentra uno de los pueblos más bonitos del país. Casas encaladas de blanco con curiosos tejados de pizarra que destacan entre el verdor de las montañas. En invierno, el humo de las chimeneas redondas se refleja en la copiosa nieve que cubre los picos más altos.

Sus habitantes, con un don de gentes que no se puede aguantar, acogieron al famoso de turno con todo el amor y la ternura que despierta tocar al chico que ven cada tarde por la tele.

Un par de fotos más con las sonrisas picaronas de las vecinas y un plato tradicional que convierte en carnívoro al más profundo vegetariano, hicieron el resto. Al fin de semana siguiente el hostal de Paca no tenía ni una habitación libre.

El día a día de un pueblo marcado por la edad y la altitud cambió. Coches y más coches formaban un nuevo río cada viernes por la tarde. Los negocios locales se frotaban las manos y hacían sonar el taco gordo de los bolsillos. Parecía que se había instaurado la era del oro en Colinas Frías pero claro, no todos recibieron con los brazos abiertos a esos turistas de ciudad.

Jacinto, el pastor, estaba agotado de que sus cabras fueran el monumento de turno. Los domingueros que llegaban se acercaban sin remordimientos y con algún que otro susto hasta las cabras. Les cogían las ubres, los cuernos y lo que pillaran para llevarse un selfie y un puñado de likes. Las cabras de Jacinto estaban estresadas. La leche sabía cada vez más amarga y no había forma de que su apreciado queso cuajara.

Otro de los vecinos que estaba hasta el piolet era Raúl. Un muchacho amante de las montañas y el aire puro que había dejado la ciudad hacía años para instalarse en el pueblo más alejado de la civilización.

A pesar de no ser local se movía por Colinas Frías como si lo fuera. Cada mañana cogía su equipo y peinaba senderos, cortafuegos y demás recovecos para fotografiar la flora y fauna que allí habitaba. Estaba enamorado de la soledad y esas montañas.

Una tarde, mientras Raúl esperaba sentado en una gran piedra cámara en mano a que bajaran los animales a beber al río, vio a Jacinto. El respeto que ambos sentían por ese mágico lugar los había unido.

–¿Qué pasa, Jacinto? ¿Qué haces fuera de tu zona?

–Ni me hables. Estoy buscando nuevas rutas para pastar con mis cabras sin que esos descerebrados con móvil me las maten. ¡Maldita la hora que se puso de moda el ecoturismo de los huevos!

–Seguro que se cansan pronto, Jacinto. Estas montañas aunque te dejan sin respiración son muy duras. En cuanto lleguen las primeras nieves desaparecerán los senderistas de Decathlon.

–¿Senderistas de qué?

–Nada, Jacinto. Que solo les falta un susto y un poco de frío para que no vengan.

–Un susto… oye, muchacho. ¿Y si aceleramos el proceso?

–Ja ja ja. Miedo me estás dando. ¿Qué se te ha ocurrido?

Jacinto miró para un lado y para otro por si había algún turista despistado por allí y le susurró a Raúl su plan. Al fotógrafo se le abrían los ojos como platos con cada detalle. Llegó un punto en el que las carcajadas no tardaron en rugir. Acabaron sellando el trato con un vino peleón que Jacinto llevaba siempre en su bota.

Al día siguiente, Raúl volvió de su jornada de senderismo y fotografía con la ropa hecha jirones y gritando sin parar. De lejos incluso las vecinas, que cosían en la plaza al fresquito de la tarde, creían verlo cojear.

–¡Un lobo! ¡Un lobo!

–¿Un solo? –preguntó Paca.

–¡Qué dices, Paca! Que el chiquillo viene diciendo que ha visto un lobo. ¡Un lobo!

–Remedios, el forastero se ha equivocado. Si hace cuarenta años que no se ven lobos por la zona.

Mientras las vecinas alteradas como gallinas cotorreaban sobre el descubrimiento de Raúl, los hombres que estaban en la tasca empezaron a salir al encuentro.

–Muchacho, ¿qué has dicho?

–Paco, le juro que he visto un lobo y casi me muerde hasta las vergüenzas. Si no me llego a lanzar por el salto de la burra me hubiera pillado.

–¡Cómo va a ser eso! Aquí no hay lobos. Seguro que te has confundido. Por mucho que tú digas no conoces estas montañas.

El vino, el jamón y el intercambio de opiniones no se hicieron de rogar. Raúl repetía una y otra vez cómo se había librado de ser atacado por un lobo enorme.

Los vecinos querían ver las fotos que había hecho para comprobar si era verdad que ese lobo feroz estaba suelto por allí o si seguía formando parte del cuento de Caperucita. Pero casualmente la cámara con la que había trabajado Raúl ese día había desaparecido en el salto de la burra.

–Tenéis que creerme. Lo más sensato sería que no viniesen más turistas hasta que se capture al lobo o podremos tener una desgracia. Yo mismo los he visto andando por los senderos sin ninguna precaución y algún día un panolis de estos va a llevar al pueblo a la ruina.

Nadie quería oír que el sonido de los euros se iba a callar. Montaron batidas para peinar la zona durante días pero el lobo no aparecía. Los turistas siguieron llegando y la única desgracia que había ocurrido hasta el momento era que unos senderistas se habían quedado sin agua en plena ola de calor. Imitando lo que habían visto en los programas de supervivencia, intentaron bajar al río con la mala pata que uno de ellos acabó con el tobillo y la dignidad destrozados.

–Raúl, el plan no está funcionando –le decía Jacinto desesperado.

–No hay forma de convencerlos.

–Habrá que intentarlo con más ímpetu.

–Jacinto, ni el photoshop nos ayuda. Los vecinos se han cegado con el dinero. Si hasta doña Paca dice que se va a poner las muelas de oro.

La noche caía sobre Raúl y Jacinto debatiendo qué podían hacer para conseguir liberar a sus queridas montañas de esa plaga. Parecía más complicado que conseguir adivinar las cabañuelas en agosto, pero no estaban dispuestos a rendirse tan fácilmente.

Faltaban pocas semanas para la llegada de las primeras nevadas. El pueblo celebraba en esos días sus fiestas populares. Las casas se volvían a encalar y farolillos de colores recorrían las enrevesadas calles.

Los comercios se preparaban para una celebración por todo lo alto. Habían salido en la tele y se estimaba que la lluvia de turistas buscando conectar con el campo y las tradiciones sería inigualable.

Algunos se habían anticipado y estaban acampados en los claros de un bosque cercano al pueblo. La ley prohibía cualquier tipo de pernoctación ociosa en las montañas pero el alcalde en un alarde de modernidad y desenfreno había dado luz verde a cualquier cosa que produjese dinero.

El día grande hacía sol pero sin llegar a quemar. Las carrozas llenas de vino y gente con ganas de olvidarse del mundo empezaron a circular tiradas por pequeños tractores. Una charanga un pelín desafinada levantaba el ánimo de los que allí se habían reunido.

El olor a barbacoa y el estruendo de los cohetes llegaban hasta los pueblos del valle. Los coches, aparcados a lo largo de toda la carretera, habían formado unas trenzas de colores en las laderas de la montaña.

La alegría y el desenfreno se palpaba, incluso Jacinto estaba reluciente. Parecía que su ceño fruncido de los últimos meses se había alisado sin necesidad de cremas.

Cuando empezó a bajar el sol, vecinos y turistas se prepararon para comenzar la romería a la ermita de los perdidos. La borrachera generalizada provocaba que el ritmo fuera lento y lleno de ochos. A la cabeza el alcalde con las llaves del pueblo y su escopeta de perdigones. La tradición mandaba que una vez llegados a la ermita debían disparar a cuatro platos de colores y esparcir los restos por el camino de vuelta para que todos los que quedaban perdidos en Colinas Frías pudiesen volver hasta el pueblo.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Ya iban tres platos rotos y cinco intentos fallidos cuando de repente otro sonido cortó las risas de golpe.

¡Auuuuu! ¡Auuuu! ¡Auuuu!

Del silencio a las carreras. Pisotones, achuchones y demás contacto físico involuntario para salvar el culo del hambriento lobo.

El alcalde, desesperado y empapado en sudor frío, se lanzó hacía el sonido. Cada vez era más nítido, el lobo tenía que estar a tan solo unos metros. Apretó la escopeta con la firmeza que las botellas de tinto le dejaban y siguió.

De repente, de entre los matorrales apareció un lobo despeluchado. Tenía el pelaje como si se hubiera metido con los animales equivocados.

–Me cago en el forastero. Al final va a ser verdad –balbuceaba el alcalde mientras se armaba de valor.

El lobo seguía aullando mientras poco a poco se acercaba a él. En apenas cinco metros lo alcanzaría. Era el lobo o su pellejo. Entornando los ojos apretó el gatillo. Un sonido sordo le confirmó que le había dado al lobo aunque fuera de refilón.

El animal se perdió con las últimas luces del día y el alcalde volvió al pueblo como un héroe. Los turistas asustados empezaron su propia peregrinación a la ciudad olvidándose de recoger las maletas.

A la mañana siguiente los vecinos tenían una resaca terrible y la incertidumbre de si su gallina había dejado de dar huevos cargados de euros. Jacinto entró en la tasca con un aura especial. Parecía que le habían quitado 10 años de encima si no fuera por la cojera tonta con la que se había despertado esa mañana.

–Buenos días, vecinos. Parece que la nieve se acerca.

Para que sigas leyendo

Puedes descubrir otros de mis relatos en este enlace.

También hablo de libros y experiencias de vida en positivo 🙂

A ti que formas parte de esta tribu de lectores, gracias por dejarme besarte con letras.

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Caperucita, ¿quién eres? y estreno del canal de Youtube

canal de youtube de libros y caperucita

Me siento pletórica, por fin, sí, por fin ha visto la luz mi canal de libros en Youtube, ¡yuhu!

Ahora mismo hay un vídeo de presentación y otro sobre mis cinco libros favoritos. La idea es subir uno a la semana sobre libros que me haya leído, autores, recomendaciones, truquillos y más cositas.

La calidad del vídeo no es la mejor, nos falta iluminación, mejorar el sonido, etc. Tampoco estoy de lo más suelta ahora mismo ante la cámara pero todo se andará. Lo que más me importa es saber transmitir ese amor que siento por los libros y las letras. Espero tu feedback 😉

Las primeras grabaciones para Youtube

La experiencia está siendo genial. Loren, mi compañero de aventuras, y yo nos hemos reído a carcajadas mientras grabábamos.

Había momentos en los que no era capaz de repetir la misma frase de la risa y ya no digamos del tinglado que tuvimos que montar en casa. La vida está para amar y reírse y nosotros intentamos que así sea cada día.

Con esto he conseguido dar un paso más, vencer a ese miedo tonto de que me juzguen. Ya tuve que soltarlo, que parecía que le había tomado cariño, cuando decidí hacer públicos mis relatos y ahora tenía que volver a hacerlo con su primo.

Me encanta hablar en público y no tengo problemas ni mucho menos para comunicarme, pero la idea de que al quedar grabado podía llegar a ser juzgada por algo que no soy o transmitir sensaciones que no quiero, me daba cosica. Eso sí, que gustazo es dar carpetazo a esos intrusos que se cuelan en nuestros pensamientos. Tanto como una siesta a pierna suelta en verano al fresquito.

Colaboración con la revista Cheshire

Otro tema que me está haciendo feliz es ver que mis relatos se van colando en algún que otro lugar más. Ya he publicado este mes en la revista Cheshire y pronto habrás más colaboraciones. ¡Me muero de ganas!

Antes de dejarte con el relato, me apetece compartir contigo otro pequeño sueño que se va a cumplir hoy 20 de abril. Escuchar en directo a los Celtas Cortos tocando su mítico tema, 20 de abril 🙂

Disfruta cada día de lo que haces y si no os gusta, piensa en lo que puedes cambiar. Vivir descontando días no es vivir.

Caperucita, ¿quién eres?

caperucita

El pueblo lucía brillante y lleno de vida. El eco de las risas y la despreocupación se colaba entre las calle. La paz se había instalado en el espíritu de todos los habitantes después de que Caperucita hubiera dado caza al lobo. Así lo recordaba el cuello de pelo de lobo que había cosido a su capa.

Ahora ella era la nueva alcaldesa. Decidía qué parte del bosque se podía trabajar y el precio que tenía hacerlo. Todos la adoraban aunque había quienes sentían que el precio por haberse librado del lobo era demasiado elevado.

Una tarde, se adentró en el bosque buscando nuevas zonas que se pudieran cultivar y así cobrar otro tanto de impuestos. Al pasar por un par de troncos en el suelo sintió que algo la observaba entre las sombras. Se apretó un poco más la capa y siguió caminando. Un leve crujido la hizo detenerse en seco y girarse sin pensárselo.

– Vaya, cuánto tiempo sin verte.

– Estás sobrepasando los límites.

– ¿Límites? ¿Qué límites? ¿Desde cuándo una alcaldesa tiene límites? –dijo riéndose mientras movía su capa.

– Te lo advierto, tenemos un trato y si no lo cumples yo tampoco lo haré. Estoy deseando ver la cara que ponen tus amados vecinos al verme aparecer por allí –le contestó el lobo con firmeza.

Caperucita hizo como si aquella furtiva reunión nunca hubiera sucedido. Fue ahondando cada vez más en el bosque para conseguir nuevos terrenos con los que sacar beneficio mientras que el lobo veía cómo su manada se asfixiaba confinada en minúsculo trozo de tierra.

Una mañana, cansado de escuchar a los leñadores destrozar su hogar y con miedo de que pudieran hacer daño a sus cachorros se plantó en el pueblo. “¡Un lobo, hay un lobo!”. Caperucita malhumorada por el escándalo que había arruinado su sesión de belleza salió a la calle para darle un escarmiento a quienes se atrevían a armar ese alboroto en su pueblo.

Cuando abrió la puerta de su casa se encontró con el lobo. Se le tensó el cuerpo y las palabras parecían haber desaparecido de sus labios. El lobo comenzó a relatar frente a todos aquellos vecinos que se habían arremolinado para ver cómo Caperucita lo vencía, que todo había sido una patraña. Ella nunca lo había derrotado sino que habían llegado a un acuerdo.

Los vecinos que odiaban los impuestos levantaron la voz contra Caperucita acusándola de traidora y pidiendo que se desterrara del pueblo. Caperucita que no era capaz de inventar ninguna excusa salió corriendo intentando alcanzar la caballeriza. El lobo que era más astuto y rápido le cortó el paso. Le arrancó la capa y la levantó del suelo.

– Caperucita, ¿has visto qué dientes tengo?

 Caperucita pensó que era su fin y que aquella misma tarde iba a teñir de rojo el suelo del pueblo. Cerró los ojos mientras contenía la respiración. El lobo la miró y le dijo – tranquila, son solo para reír mientras te haces vieja en una jaula.

Gracias por dejarme besarte con letras.

Puedes disfrutar de otros relatos aquí.

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La soledad del mar. ¿También tendría que renunciar a eso?

la soledad del mar

Este es mi tercer mes en el curso de escritura creativa del Taller Paréntesis. Esas dos horas a la semana son un regalo. Aprendo muchísimo y puedo conectar con otras personas a las que también les apasiona escribir, la lectura y en definitiva las letras.

En estas clases estoy intentado salir continuamente de mi forma habitual de contar algo. Tengo tendencia a hacerlo en primera persona y de forma introspectiva sin detenerme a describir el espacio o usarlo para potenciar las emociones.

La propuesta de esta semana

La propuesta que nos hizo Rafa para el relato era idear un personaje y de ahí crear una historia. Me inspiré en una pareja de viejitos que veo cada tarde pasear de la mano cuando salgo a entrenar. Desde el primer día se me fueron los ojos a ellos por dos cosas, la forma cómo se miran y que ella a pesar de que lleva la típica falda a media rodilla usa unas zapatillas de deporte, no sé, quizás sea una tontería pero a mí me produce mucha ternura cuando los veo.

Además, tengo que reconocer que la historia que en un primer momento ideé llena de amor y alegría, al final ha acabado siendo otra cosa al dejarme guiar por las emociones de la protagonista.

Un regalo de mi amiga Dánae desde Filipinas

La soledad del mar

Las campanas de la iglesia comienzan a sonar, son las seis. Las pocas gaviotas que quedan en la playa se lanzan a por los trozos de pescado que ha traído el sombrío oleaje de estos últimos días. Lucía mira hacia el horizonte esperando que el barco de Luis aparezca y por fin se marchen a casa. Un nudo se apodera de su pecho al vislumbrar un casco azul  que avanza hacia el puerto, pero dos olas más y se da cuenta de que es otro de sus compañeros el que vuelve. Suspira dejando que todo el cansancio le pese de golpe.

Unas risas despiertan su curiosidad y por primera vez después de quince horas aparta la vista del mar. Son esos dos viejitos que ve pasear cada tarde de la mano. Ella es bastante más bajita que él. Tiene el pelo gris recogido con una trenza y una sonrisa que impregna a todo aquel que se cruza con ella.  Tuvo que ser una mujer muy hermosa y fuerte, piensa Lucía.

Él tiene un semblante más serio y unas pequeñas gafas que les recuerda a las de su padre.

—Papá, ¿qué hago en este pueblo?

Se intenta acomodar junto a una roca y cierra los ojos. Una lágrima resbala por su mejilla reabriendo la herida que no se cierra. Nunca se imaginó la angustia que viviría cuando Luis le propuso que se viniera con él. La incertidumbre de si ese día sería el beso definitivo o el caprichoso Neptuno le daría la oportunidad de volver a deshacerse en la arena junto a Luis. Se le empezaban a juntar días y noches y de aquella joven risueña que llegó una pegajosa mañana de verano, iban quedando los huesos.

Una de las muchas tardes que esperaba en la playa a que Luis volviera, se cruzó con la viejita de la trenza. Esta la miró y sin mediar palabra se sentó a su lado.

—Soy Elena— le dijo con una sonrisa cómplice.

—Lucía— contestó.

—¿Qué hace una muchacha de ciudad en este perdido pueblo?

—Eso mismo me pregunto cada día—dijo resignada Lucía. Creía que mi sueño del amor eterno se iba hacer por fin realidad. Pero lo único que se me está haciendo eterno es el tiempo en esta maldita playa.

—Ay pequeña, me recuerdas tanto a mí. Yo vine también de la ciudad cegada por la idea de haber encontrado a mi príncipe azul. Quiero a Fernando como si los años no hubieran pasado, no me malinterpretes, pero la vida de la mujer de un pescador no está precisamente cubierta de rosas.

—Yo os envidio cuando os veo paseando cada tarde. Parece todo tan fácil…

—Lucía, he pasado miles de noches en vela. He sentido que me arrancaban las entrañas y me volvía loca dándole vueltas a la playa cuando los días pasaban y Fernando seguía sin llegar a puerto. He llorado con cada tormenta inesperada, con los fríos vientos del norte y hasta con los cálidos del sur. He rezado hasta la saciedad por no tener un hijo que siguiera la condena de este pueblo.

Lucía se había quedado de piedra con la última frase, ¿también tendría que renunciar a eso?

—Pero llega un día— continuó Elena— después de llorar mucha sal, que no sé si la resignación o la forma que ellos tienen de ver el mar se apoderan de ti y te hace olvidar el futuro y casi que el pasado. Vives cada puesta de sol, sientes las olas y vas dejando que la locura solo sea por una noche de pasión, no por convertirte en roca en la playa. Pequeña, no te consumas sin hacer nada. El mar no va a cambiar su destino porque tú lo esperes en la playa.

Elena se incorporó y le dio un sutil beso en la frente.

—Si necesitas una amiga, me encontrarás en el faro.

Lucía no dijo nada, se había quedado bloqueada repasando cada uno de los sueños a los que había renunciado por Luis y todo lo que vendría si seguía aquí.

En un arrebato echó a correr. Le faltaba el aire y del esfuerzo se le empezaron a humedecer los ojos pero siguió corriendo sin escuchar más que sus latidos taladrándole la sien. Corrió hasta los límites del pueblo y solo se detuvo para observar la playa que le había estado ahogando una última vez. El amor propio, al fin, había pesado más.

Gracias por dejarme besarte con letras.

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