¡Qué siga la fiesta!

¡Hola bonitos!

Esta semana el post se ha retrasado un poquito pero había un buen motivo, había que cerrar una etapa por todo lo alto. A falta de confeti buenos son los vermús y los pinchos de La Tranca, ¡gloria bendita!

Es fundamental para continuar con otro capítulo cerrar bien cerrado y con doble de vuelta el anterior y eso mismo hice ayer. Como ya os adelanté en este post, he dejado mi trabajo en chicfy después de un año y medio. He acabado completamente agotada y con alguna que otra herida que necesito cerrar. Como me ha dicho un buen amigo, “con humildad y pasión todo se consigue”.

El camino que se abre me tiene entusiasmada, vamos, loca de contenta y me ha dejado un lustre que ni la mejor de las cremas. Poco a poco la maraña de ideas locas van dejando de ser en blanco y negro para darle rienda suelta al color a todo chillón. Toca un par de meses “reset” para descansar, desconectar y volver a conectar con lo que quiero y me hace vibrar.

Durante este tiempo mi idea es fijar unas bases fuertes que tengan 100% mi intensidad para que los siguientes pasos sean en firme. Entre ellas, poner foco en volver a toquetear mis idiomas de trabajo que los he echado tanto de menos… tanto que mis oídos se van a la conversación vecina como sea en una de esas lenguas y me olvido de quien me esté hablando a mí.

Escribir, leer, escribir, leer y así hasta que me duelan los ojos. Tengo mucha ansia por poder dedicar tiempo de calidad a sumergirme en libros, relatos, microcuentos… quiero que el canal de Youtube de libros esté listo para mediados de abril. ¡Y así unas cuantas cosas más! Todas ellas forman el puzzle que quiero colgar no el salón, sino en mi vida.

Y con esto de los comienzos y los finales, ha dado la casualidad que también en mis curso de escritura hemos puesto foco en ellos. La semana pasada tenía que proponer tres párrafos que den comienzo a tres historias diferentes.

Aquí los míos:

*La pistola me pesaba en el bolsillo y la conciencia me ardía. Doblé la esquina besando el rosario de mi madre. Una tenue luz asomaba por la ventana. Ella y Dios de nuevo me habían dado la espalda.

*Puso tres cubiertos sobre la mesa. El tercero se quedaría intacto como siempre. Marco había muerto para todos menos para ella.

*La cama todavía olía a deseo cuando Lucia se plantó en la habitación 33. No tenía claro cómo había llegado hasta allí pero el vídeo que no paraba de sonar en su móvil le había marcado el camino.

Mis compañeros eligieron el tercero de los que propuse y el reto para la próxima clase es crear tres finales diferentes para ese comienzo, a ver qué se me ocurre que pasa con ese vídeo 😉

Espero que disfrutéis mucho mucho del finde, por aquí, ¡qué siga la fiesta!

Ser fiel a tus principios, al valor que le das a tu vida es un ejemplo de quién eres. Clic para tuitear

A ti personalmente, gracias por dejarme besarte con letras.


Seguir leyendo

Me acordé de ti

¡Hola bonitos!

¿Cuántas veces os habéis acordado de alguien de forma inesperada? Seguro que casi que cada día. Una canción, un olor, una frase o el simple gesto en otra persona nos traslada hasta otro lugar sin que podamos echar el freno. ¡Qué magia tan divina!

Me parece muy tierno la complicidad y el mensaje que esconden las palabras más allá de su propio significado. A mí, por ejemplo, me dices “globo” y me voy del tirón a mi marido, leo en cualquier sitio “saudades” y ya me he trasladado a mi Erasmus o escucho “karma” y Dánae está conmigo sin estar a mi lado.

Nuestras experiencias son las que le dan un valor u otro. Al fin y al cabo somos eso, experiencias que se suman.

El relato de hoy surge de una idea así. De cómo pasar por un lugar en concreto hace que se vuelve a vivir una historia en color y con todos las emociones a flor de piel.

Sea como sea, pero no dejemos nunca de sentir.

Me acordé de ti

Hoy volví a pasar por nuestra cafetería favorita, sí la de la tarta de queso y nueces, y no he podido evitar quedarme embobado con una pareja como la que fuimos nosotros. Bueno, si es que en algún momento lo fuimos.

¿Sabes? De repente mis pies parecían de cemento pegados al cristal mientras las olas de recuerdos no dejaban de inundar mi mente. ¿Fuimos felices, verdad?

Me he acordado de como tu mirada me dejaba fuera de juego con cada parpadeo o como el sonido de tus tacones era el anuncio de la mejor de las fiestas.

¿Te acuerdas de aquella tarde en Tarifa? Estabas hermosa, muy hermosa. Tu piel bronceada se fundía con la fina arena y yo no podía dejar de mirarte. Me parecías una auténtica diosa. Recuerdo como un helado inocente se derramó sutilmente por tu escote e hizo que el océano más frío ardiera. ¡Qué recuerdo!

Y es que a ti nada te detenía. Eras capaz de convencerme de cualquier locura con una sonrisa burlona y un simple “atrápame”. Te encantaba retarme y a mí que me pusieras contra la pared.

Recuerdo aquel día que te plantaste en la puerta de mi casa con tu carmín rojo y tus shorts favoritos. Estabas impresionante aunque no fui capaz de decírtelo. Me imponías tanto…

Abrí la puerta y tu boca ya había sellado la mía. Cuando ya me habías perturbado, solo me dijiste que subiera al coche y que cerrara bien en casa porque esa noche no la iba a pisar. Me temblaron las piernas imaginando qué ocurriría. Insistí a mi manera pero no hubo forma de sacarte ni una palabra de a dónde nos dirigíamos. Tú llevabas el timón y yo era un simple marinero a la deriva.

No parabas de hablar, de contarme tus sueños, de reír y suspirar. Pero en esos suspiros no estaba yo y aunque lo sabía metí en un cajón con llave mi razón.

Me conformaba con esos ratos en los que aparecías y me desordenabas mi ordenada vida. Esperaba ansioso cada mensaje, se me cortaba la respiración con el bip bip y qué vacío cuando no eras tú… Hubo momentos en los que ni dormía mientras encendía una y otra vez la pantalla comprobando que seguías ahí.

También me he acordado de tu adiós. Fue como cuando te conocí, ruidoso y sin dejar a nadie indiferente. Así eras tú, un torbellino de emociones que huía en el momento en el que las cosas se ponían serias.

No sé si habrás encontrado a alguien que te haga perder la cabeza, yo desde luego sigo buscándote en cada sonrisa, en cada canción, en cada noche de luna llena… porque cuando te marchaste te llevaste algo más que un beso salado.

A ti personalmente, gracias por dejarme besarte con letras.


Seguir leyendo

Todo al rojo

¡Hola bonitos!

¿Qué tal la semana? La mía se está haciendo eteeeeeeerna, tanto que yo creo que el calendario se ha dado la vuelta y ha empezado a contar de cero sin avisar.

Uno de los momentos que más me ha llenado esta semana ha sido la charla con mi compañero Fernando, ¡cómo me recuerda a mi abuelo! Y no solo por el nombre.

Es un hombre de mi curso de escritura que él mismo es un libro andante. Es de esas personas que consigue tenerme pendiente de cada palabra, con el que el tiempo se detiene y todo tiene un sentimiento y conocimiento brutal.

Me recomendó el libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas y, aunque es densito y hay que tomárselo con calma, tiene mucho donde rascar y me está fascinando. Cuando lo termine os contaré más detalladamente 🙂

Una de los mejores consejos que me pudo dar mi tía la positiva cuando era pequeña fue “escucha atentamente a las personas, sobre todo a las que son fuente de experiencia, porque quizás es la única oportunidad que tengas de conocer ciertas cosas extraordinarias”. Y eso mismo me pasa con Fernando.

Os animo a que os paréis a escuchar no solo con las orejas abiertas sino con la mente. Os prometo que vais a flipar con la cantidad de detalles que pasamos a diario por alto.

El relato de hoy tiene un tono que yo no suelo usar escribiendo, es más creo que es la primer vez que lo toco si no recuerdo mal. Tiene un tono gracioso y sencillo, sin grandes florituras. Yo me lo pasé bomba imaginando la historia, espero conseguir que a vosotros os dibuje aunque sea una sonrisa 🙂

Todo al rojo

-Las cartas lo dicen claro, Vicenta.

-No puede ser, tiene que haber algún error. Échamelas de nuevo-dijo Vicenta al borde de perder los nervios.

Lola volvió a barajar el taco y colocó tres cartas sobre la mesa. Vicenta se tapó la boca con un pañuelo de seda y olor a Heno de Pravia mientras se encomendaba a todos Los Santos y ánimas benditas para que aquella vieja no volviera a repetir lo mismo que llevaba diciéndole durante la última hora.

-El Sol, la Torre y las Cinco Espadas. Muerte segura, Vicenta, y ya para remate el Caballo del estandarte rojo lo sentencia, será un coche y sí, rojo.

Vicenta no podía creérselo, después de 20 años acudiendo religiosamente cada jueves ahora le venía con que un coche la iba a matar. ¡Un coche! Con la de coches que hay en su calle y ya no digamos en su barrio. Y eso que solo quería saber si su Antonio volvería a casa…

Cruzó las cuatro calles que separaban su casa del local de la tarotista como si de una espía rusa se tratase. Agarró fuerte su bolso no fuera a ser que se le enganchara en el retrovisor de un coche, pegó la espalda a la pared fregando todos los cristales del barrio y se quedó como una piedra al menor atisbo de movimiento mecánico.

Después de tres horas, por fin volvió a cruzar el umbral de su ansiada casa.

-¡Ay Dios mío! ¿Qué va a ser de mí? ¡Un coche, señor, un coche! No podía ser una muerte plácida en mi cama con mis sábanas de coralina, no, tenía que ser un maldito cacharro andante. ¿Y cuándo? Porque claro, la muy bruja no me ha dicho cuándo.

Vicenta no paraba de rumiar de un lado a otro de su casa intentado poner en orden no solo los cojines del sofá sino lo que le quedaba de vida.

-Ya está, decidido. Si lo que me va a quitar de en medio es un coche me quedo en casa, a un tercero sin ascensor no llegan los coches- dijo riéndose mientras tramaba su tan astuto plan.

Tal era la paronia que le había entrado tras la profecía de Lola que desistió también de acudir a sus reuniones de chinchón a las cinco en el bajo de su vecina Virtudes. Justo esa mañana había visto en las noticias que un coche había acabado empotrado en una casa tras circular a una imperdonable velocidad. Un bajo no era un lugar seguro y no estaba para tentar a la suerte.

Pasaron los años y Vicenta hizo de su casa un bunker. Veía la vida pasar desde la ventana, se reía con cada coche rojo y sus vecinas lamentaban en corrillo lo mucho que se le había ido la cabeza a la pobre Vicenta.

-Ja, no me alcanzarás, ¿acaso tienes alas? ¡Ay! ¿Y si al final hacen coches voladores? Vicenta, cálmate venga tómate una infusión de melisa con un chorrito de anís que ya verás que a gustito te quedas- se dijo a sí misma.

Una tarde una de sus hijas fue a visitarla con su nieto Luisito, cómo le gustaba que aquel endiablado niño con pecas fuera a jugar con ella. Era el momentazo del día después de Sálvame y la Campos.

-Mamá, venga anímate y vente al parque con nosotros lo vamos a pasar genial.

-¿Qué quieres? ¿Qué me maten?

-Mamá, si solo es cruzar la calle, por favor.

-Dice cruzar la calle, esta niña ha perdido el juicio, cruzar la calle.

-En fin mamá, no pasa nada, mañana venimos otro ratito, ¿vale?

-Perfecto y ya de paso trae chocolate y peras que estén maduras, que las últimas estaban más duras que una piedra. No dejes que Juan te time otra vez que es un liante.

Al día siguiente el barrio estaba que no cabía un cotilla más, los rumores avivaban aún más la expectación, incluso un par de cámaras de la tele local se había desplazado hasta el lugar.

Un estrepitoso ruido había despertado esa misma mañana al vecindario y una lluvia de bragas y camisetas había cubierto la calle. Vicenta, que estaba de lo más folclórica al recoger sus intimidades del tenderete, pisó el coche de bomberos de su nieto Luisito teniendo una entrada estelar al otro barrio. 

A ti personalmente, gracias por dejarme besarte con letras.

 


Seguir leyendo

Cuentos de ratas y culebras

¡Hola bonitos!

Creo que alguna vez os lo he contado, y sino pues ha llegado el momento, soy una persona muy intensa. Vamos, si me tuviera que describir con una sola palabra sería esa, intensidad.

Alguna que otra vez he tenido que escuchar que es la peor cualidad que se puede tener porque no hay equilibrio emocional, yo opino totalmente lo contrario.

Me parece que es una pasada poder vivir con una ilusión brutal cada etapa y momento de mi día a día. Que una simple cena para muchos sea una celebración de lo más memorable para mí. Puntos de vistas y formas de vivir totalmente válidas.

Es cierto que hay días malos, y quien no los tenga que me cuente su secreto y ya de paso el de cómo conseguir un giratiempo que me vendría muy bien estos días jejeje, y aunque puede parecer que por mi intensidad me hundiría en la miseria no es así y una de las razones es escribir.

Descubrí cuando era una enana con gafas que no hay mejor terapia para un día de pena que escribirlo y si hace falta llorarlo mientras se escribe. Para mí es magia, en cuanto lo pones por escrito sacas toda esa bola sucia de energía tóxica y vuelves a tu estado natural. En definitiva, a mí me sirve para ver las cosas con perspectiva.

El relato, si se puede llamar así, de hoy no tiene censura, simplemente es un manantial de emociones que brotan cuando el destino se pone chulillo y quiere hacerse notar. Es de esos golpes que das en la mesa y en los que te importa bien poco si esta es de cristal.

No espero que os guste, pero sí que os remueva.

Frío hielo

Cuentos de ratas y culebras

Ilusión y mazazo, uno tras otro. Cuando parece que me recuperaba de una sacudida vuelve otra y otra más. Me encuentro desorientada, tirada sobre la lona sin saber por qué era necesario pelear. No entiendo la razón de un duelo que no quise jamás. Yo no lancé el guante pero parece que eso da igual. Me consume y me debilita. La muerte agónica del mismo ego.

Felicidad, o así dicen que se llama porque yo no recuerdo ni su nombre mucho menos su cara. Un reflejo difuso cada vez más empañado por las lágrimas y los lamentos. Por suspiros que nadie recoge y se quedan sin dueño.

Cada día me pregunto por qué, cuál es la razón. Qué mal he hecho para pagar tan alta condena. Qué sacrilegio cometí para tener que vivir a medias.

Solo quiero hacerme un ovillo, que me abraces y se detenga el tiempo. Quiero quedarme aquí, pegada a ti mientras siento que tus brazos recomponen mi destruido yo.

Todo duele, todo. Duele tanto que ya no quiero saber cuánto más puedo aguantar.

Dónde quedaron las historias felices sin madrastras ni ratas ni culebras. A qué saco roto están cayendo mis fuerzas que no hay hilo que lo cierre. Dónde, dime dónde que me planto y lo reviento, total, ¿qué más puedo perder?

El caso es que sigo ahí, de pie, con la mejor de mis sonrisas aguantando unos naipes que solo necesitan un soplo más para venirse abajo y todavía tienen la desfachatez de hacerme ver que es el mejor de los favores el que me está haciendo. Una experiencia que tendría hasta que agradecer.

Pues se pueden meter la experiencia, el aprendizaje y su veneno por el agujero más grande que tengan. Ojalá fuera el agujero del culo pero no, tienen uno todavía más grande y podrido, el hueco en el lado izquierdo, ese donde se supone que cualquier persona tiene el corazón.

A ti personalmente, gracias por dejarme besarte con letras.


Seguir leyendo

Fuera de tiempo

¡Hola bonitos!

Ayer os confesaba que en poco menos de un mes dejo mi empleo en la app de moda en la que ahora mismo trabajo. Y, ¿por qué ahora?

Hay límites que nunca deberíamos permitir que se crucen y, aunque me voy con una sensación agridulce, siento que toda esa tensión emocional y estrés acumulado en el último año me han hecho el favor de mi vida, tomar el control y empezar a crear mi camino.

Dejando ese tema, quizás algún día os cuente con mayor detalle, me apetece mucho hablar de cómo me inspiro para escribir.

La inspiración viene y otras veces hay que ir a buscarla que la tía se entretiene con cualquiera jejeje. El punto en el que se me ocurren más ideas y en el que mi mente tiene la imaginación desbocada es justo antes de dormir. Sí, a veces es una putada, no habrá momentos en el día… No me preguntéis el porqué pero la lavadora empieza a funcionar y me he tenido que levantar un montón de veces para anotar un microcuento o una idea de la que me gustaría sacar un relato.

Por eso a partir de ahora una libreta y un boli son mis nuevos compañeros de mesita, no vaya a ser que al día siguiente esa bombilla se quede fundida. Sé que no es un hábito del todo bueno, que la hora de dormir es sagrada pero id y contádselo a mi cabeza.

Hay tres elementos claves que me inspiran:

*La música

*Observar todo lo que me rodea y abrir bien las orejas

*Mis propias experiencias

La música hace que mi estado de ánimo cambie y muchas veces incluso lo provoco si quiero escribir de un tema en concreto y siento que el texto se está quedado frío. Tengo esta lista que es la bomba y saca la vena más tierna del propio hielo. O canciones que de por sí me trasladan a un momento especial, bueno o malo, y del que se puedo rascar mucho.

¡Me encanta observar a la gente! Lo reconozco, me pirra sentarme en una cafetería y ver a la gente pasar mientras me imagino su vida, por qué su lenguaje no verbal es así, etc. Me parece una fuente de ideas buenísima.

Y por último, mis propias experiencias.

Si una vivencia influye uno de mis textos lo hace por el tono no por lo que ocurre en sí. Con el relato de hoy sucede esto último. Mi abuelo Fernando, antes de convertirse en mi ángel de la guarda, me dijo una frase que me marcó “He visto una cosa que quiero regalarte para que no me olvides nunca”.

No llegué a saber qué se refería y tampoco le hizo falta regalarme nada material para tenerlo presente cada día. Esa frase me ha rondado mucho imaginando qué podría ser lo que vio…

Y después de todo el rollo que os he contado y algún que otro pañuelo, os dejo el relato, ¡bon appéttit!

Amanecer

Fuera de tiempo

El vuelo procedente de Bombay iba a aterrizar con dos horas de retraso. Maca había tenido la mirada perdida durante todo el trayecto como si en las nubes pudiera encontrar sentido a las últimas 24 horas. Maldito mensaje.

Intenté hacerla volver pero era inútil. Había plantado un muro que la dejaba inaccesible y a mí me faltaban revistas y uñas para que aquel agotador vuelo acabara cuanto antes. Llegamos al pueblo dos años después de marcharnos y parecía que el tiempo se hubiera congelado desde entonces. Las mismas vecinas en el tranco, el mismo olor a cabras y naranjos, y la misma sensación de que aquel no era nuestro hogar.

—Luca, pase lo que pase, no digas nada por favor —dijo Maca antes de tragarse el orgullo y cruzar la puerta de su señora madre.

No hubo alegría ni añoranza en la mirada que se cruzaron ambas, sino mucho rencor y rabia acumulada. Maca soltó todo el aire de golpe y entró quedándose junto al marco de la puerta. Yo hice lo mismo pero me situé detrás de Maca. No era bienvenido en esa casa y tampoco habíamos venido a reabrir ese debate.

—¿Por qué no me habéis avisado antes? —le requirió Maca.

—¿Y qué hubiera cambiado? —le reprochó su madre.

—¡Era mi abuelo! Y sabías perfectamente lo que él era para mí, no me has dejado despedirme —le gritó Maca.

—Cuando te fuiste lo hiciste con todas las consecuencias y despedidas. Agradece que la tonta de tu prima te haya mandado un dichoso mensaje porque si por el resto hubiera sido—.

Maca cerró los ojos un instante y pude sentir todo un torrente de ira en la fuerza con la que me apretó la mano. Sabíamos que algo iba mal cuando dejó de recibir las cartas que su abuelo le enviaba a escondidas. Pensó que quizás su madre lo hubiera descubierto pero nunca que las flores crecerían ahora sobre él.

—¿Y la pluma?—.

—Donde tiene que estar—.

—Mamá, no me he recorrido medio mundo para discutir contigo. Sabes que el abuelo quería que me quedase con su pluma. Por favor, ¿dónde está? —le dijo Maca con toda la tranquilidad que pudo reunir.

Su madre, que conocía muy bien lo terca que podía llegar a ser Maca, abrió la puerta de casa invitándonos a irnos y antes de cerrar dijo —la tiene tu tía—.

La visita a la casa de la tía de Maca fue aún peor. Los gritos y los reproches iban y venían mientras su prima pequeña y yo permanecíamos inmóviles en un rincón de la recargada casa. Me sentía muy impotente y continuamente tenía que morderme la lengua para no callar a esa víbora asquerosa que no dejaba de soltar veneno, pero hacía tiempo que me dejaron muy claro que en la guerra de los Vazquez tenía que ser un mero mueble. Bueno, quizás algún florero podía hacer más que yo si acababa estampado en la cara de esa bruja.

La situación se caldeó hasta tal punto que acudió medio pueblo a ver qué pasaba. Solo les faltaba sacarse las palomitas para disfrutar de una tarde de circo. Después de dos horas aguantando todo tipo de insultos y sandeces, cogí a Maca por el brazo con firmeza. Se había acabado por hoy la función. Maca no dejaba de llorar y casi sin hablarme ni mucho menos mirarme llegamos a la puerta del cementerio.

—Muchas gracias por sacarme de casa de mi tía —me soltó Maca con ironía.

Agaché la cabeza y seguimos sin hablar recorriendo el laberinto de lápidas y coronas marchitas hasta llegar a un cerezo en flor donde descansaba su abuelo. Maca se limpió las lágrimas y con una tímida sonrisa se sentó junto a la lápida.

—Al final te has librado de coger el avión, viejito. ¿Y ahora quién va a pintar de amarillo el columpio en verano?—

Perdí la noción de las horas que Maca estuvo hablando con su abuelo, caí exhausto en la tumba de al lado. Volví a recordar el día que nos marchamos como dos fugitivos. Su abuelo y su prima eran los únicos que veían con buenos ojos nuestra locura y las ganas de ver mundo más allá del castaño del río.

El resto de los Vazquez me odiaban tanto que se les llenaba de espuma la boca solo con pronunciar mi nombre. Para ellos, yo era el culpable de que su recta hija fuera a acabar con su vida y razón no les faltaba. Ese día, Maca mandó a paseó sus vestidos caros y a su estirada familia pero no lo hizo por mí, sino por ella misma.

Cuando entreabrí los ojos para llamar a Maca y marcharnos ya de aquel seco pueblo, vi como su prima pequeña que siempre había adorado la valentía de Maca le daba algo más que un beso y desaparecía como un fantasma entre los cipreses.

Maca acarició la lápida de su abuelo, y se acercó a mí con un aura muy distinta a la que habíamos llegado.

—Es hora de irnos —.

A ti personalmente, gracias por dejarme besarte con letras.


Seguir leyendo

Una confesión entre tú y yo

¡Hola bonitos!

¿Qué tal va la semana? La mía muuuucho más tranquila, quién lo diría. Parece que la energía vuelve a su cauce y las cosas fluyen.

Como cada jueves, mañana habrá nuevo relato en el blog, y también os explicaré un poquito más cómo me inspiro para escribir.

A vosotros, que sois tan bonitos, os quiero contar un secretillo. Estos meses van a ser una revolución por completo en mi vida, en 29 días dejo mi trabajo y uno de los objetivos es focalizar toda mi energía y esfuerzo en una meta, el mundo editorial.

Dedicar mi día a día a los libros y a las letras es uno de mis sueños profesionales. No solo me gustaría llegar a publicar un libro, ojalá, me encantaría poder trabajar como editora o traductora literaria. Un mundo sin libros no entra en mi vida.

Tengo claro que van a ser meses de mucho trabajo, de echarle muchas ganas y sobre todo paciencia. Las cosas realmente buenas no aparecen por casualidad ni por arte de magia, toca sudarlas y bien.

Espero que me acompañéis en este camino ahora mismo incierto y ojalá que en un futuro no muy lejano este sueño que ahora es entre nosotros se convierta en una realidad, ¡menuda fiesta voy a montar! 🙂

La felicidad personificada

Y una última cosita, el primer párrafo del relato de mañana.

“El vuelo procedente de Bombay iba a aterrizar con dos horas de retraso. Maca había tenido la mirada perdida durante todo el trayecto como si en las nubes pudiera encontrar sentido a las últimas 24 horas. Maldito mensaje”.

A ti personalmente, gracias por dejarme besarte con letras cada semana.
P.D: Si te gusta alguno de mis relatos o microcuentos no seas tímido y comparte. No te olvides de mencionarme, me hace mucha ilu 😉

¡Ah! Y recuerda que si quieres ser mucho más bonito y tener contenido exclusivo, suscríbete a mi newsletter (el cajoncito de la derecha). Cada miércoles te enviaré un besote bien gordo lleno de letras.


Seguir leyendo

Entre suspiros

¡Hola bonitos!

¿Qué tal va vuestra semana? Espero que llena de alegría y mucho mucho amor, no solo porque San Valentín tocase el martes a la puerta 🙂

Me pareció tan curioso cuando iba a clase la cantidad de chicos, hombre y viejitos con rosas por la calle, era un jardín andante. Ojalá haya más besos y rosas todos los días…

El relato que hoy quiero compartir con vosotros lo escribí hace como un año pico, mucho antes de plantearme compartir mis letras y locuras.

Este texto es especial porque lo hice pensando en mi abuela Carmen y en una experiencia que una tarde en su cocina nos desvelamos. Espero que lo disfrutéis 😉

Suspiré tanto que apareciste.

Entre suspiros

Volvió a pasar. Un abrazo frío pero placentero me hizo sentir plena. No sé si me abrumaba más no haberme sentido nunca antes así, o no saber cómo ocurrió. La primera vez me asusté, sabía que no estaba dormida aunque mi respiración era lenta, mis ojos no podían más… se lo conté a mi abuela, era la única que me creería. El resto pensarían que simplemente estaba soñando, pero yo sabía que había algo más.

Me bebía el té con leche y canela a pequeños sorbitos, no sabía cómo abordar el tema. ¿Cómo me podía sentir tan estúpida por algo que seguro que era parte de mi imaginación? Mi abuela esperaba tranquila a que dijese algo, pero solo era capaz de abrir la boca para dar un nuevo sorbo. ¿Qué me estaba pasando? ¿Yo sin palabras? Eso nadie se lo cree.

Después de dos tazas de té y alguna que otra galleta mordisqueada, me atreví a decir en alto aquello que me sonaba tan absurdo en mi mente.

-Abuela, ¿tú crees que te puede tocar alguien a quien no ves?-.

Definitivamente sonaba aún más absurdo en voz alta y eso hizo que hundiera mi mirada en la taza.

Mi abuela dejó sus labores y tomó asiento, parecía que me había leído la mente.

-Hija, cuando tenía tu edad me pasó algo parecido. Fui a pasar las navidades a casa de mis tíos y como toda mozuela quería disfrutar de fin de año con mis amigas pero se negaron en rotundo. Tramé un plan con Margarita y me escapé cuando todos dormían para darle a mis zapatos de salón lo que me pedían a gritos, bailar toda la noche.

Cuando volvía por las frías y solitarias calles de Madrid noté que alguien me seguía. Miré hacia atrás y vi a un hombre pero no su cara. De repente notaba mi corazón en la garganta y sin pensarlo aceleré el paso.

Tomase la calle que tomase, él me seguía. Cuanto más cerca estaba de casa, más cerca estaba él de mí. Podía notar su aliento en mi nuca, su asqueroso olor a whisky barato, pero entonces en lo alto de la cuesta vi a mi tía. No oía lo que me decía solo escuchaba como los latidos de mi corazón me taladraban la cabeza y la respiración se volvía cada vez más forzada.

Recuerdo que yo le decía “tía ya llego, tía ya llego”. Y llegué, pero no había nadie. Entré en casa sin mirar atrás buscando a mi tía. Cerré la puerta entre lágrimas congeladas y los mofletes ardiendo. No podía parar de temblar. ¿Qué había pasado?

La encontré plácidamente durmiendo en su cama y en mi cabeza se empezaron a agolpar las imágenes. ¿Pero si estaba en lo alto de la cuesta?

Carla yo aún me pregunto qué pasó esa noche, pero solo sé que si no hubiera visto a mi tía en la cuesta no hubiera tenido fuerza de seguir. Si lo que notas es bueno sea lo que sea no te hará daño. Cariño, no te asustes por lo desconocido. Solo somos capaces de creer en algo si lo vemos pero, ¿qué pasa con lo que sentimos? ¿Acaso todo lo que nuestros ojos nos muestran es verdad?-.

No supe que decir así que volví a darle un sorbo al té y cambié de tema. Mi abuela captó la indirecta y no volvió a preguntarme.

Pasaron los días y no ocurrió nada fuera de lo normal. Hacía mucho tiempo que me sentía perdida, sin rumbo ni norte y mucho menos fuerza de hacer algo al respecto.

Una noche agotada me rendí en la cama y mientras me acurrucaba en busca del paraíso de mis sueños volví a sentir ese frío. Empezó como un suave beso tras otro desde los pies hasta mi cuello. Un relámpago de energía que llenaba mi cuerpo. Abrí los ojos de golpe con la respiración entre cortada y no había nadie. Al girarme, la almohada desprendía un olor que no era el mío. Un olor dulce pero varonil. Inspiré y me gustó. Cuánto hacía que no sentía el abrazo de un hombre mientras inhalaba su fuerte perfume.

Eso me hizo sentir triste y aún más sola. Me hice un ovillo con mis propios pensamientos. Odiaba sentirme así y odiaba aún más la necesidad de encontrar a alguien con quien conectar. Mi corazón estaba sellado y blindado y me lo repetiría las veces que hiciera falta.

Las visitas nocturnas se presentaron cada vez más seguidas e intensas dejándome la misma tortura, un olor penetrante que me estaba volviendo loca. En una de ellas me desperté completamente desnuda. La sensación de éxtasis que recorría mi cuerpo era indescriptible. Sentí su piel, sus manos… pero no había nadie allí.

Mi mente racional solo buscaba una explicación coherente y lo primero que se me ocurrió fue que dormida me habría dado calor y sin darme cuenta me habría quitado el pijama. Pero, ¿cómo explicaba el olor? ¿Y ese placer?

Cada vez dormía peor. Buscaba el olor en cada despertar y si lo encontraba preguntaba cómo había llegado, pero si por el contrario no lo sentía me agobiaba aún más. ¿Qué me estaba pasando? Me miraba al espejo y no reconocía a la mujer en la que me había convertido. ¿Qué estaba haciendo con mi vida? ¿Mendigar por placer sin sentido que ni siquiera sabía de dónde llegaba?

Esta situación me estaba consumiendo o ¿era mi penosa vida la que me hacía sentirme cada vez más pequeña? Lo único que tenía claro era que estaba desperdiciando el tiempo, que hay veces que por mucho que las busquemos no siempre hay respuestas. Cuanto antes lo asumiera y tomara el timón de mi vida, antes podría empezar a construir ese paraíso que anhelaba.

Así que una mañana muy temprano me levanté decidida a que ya era hora de cambiar y barrer los escombros. Me calcé mis zapatillas y me pinté la mejor de mis sonrisas.

Aún ni había amanecido cuando pisé el asfalto. Zancada tras zancada me sentía mejor. Llenaba de aire fresco mis pulmones, me sentía en calma, libre, pero entonces lo olí.

-¡No puedes ser! ¡No puede ser!-me repetía una y otra vez.

Ese olor se hacía cada vez más patente y mis piernas no paraban de temblar mientras mis nervios se estaban crispando a un ritmo voraz. 

-Sigue corriendo, es tu imaginación, es tu imaginación-.

Su intensidad empezaba a ser nauseabunda y cuando me decidí a mirar atrás para darme el baño de realidad que necesitaba, me caí.

-¡Joder! menudo golpe más tonto-.

Cuando levanté la mirada del suelo su olor me atrapó dejándome casi ciega pero esta vez sí que lo vi.

-¿Te conozco?-dije con una voz que delataba más miedo que vergüenza.

Él tan solo contesto, -ahora sí-.

Gracias por dejarme besarte con letras 🙂

P.D: Suscríbete a mi newsletter para que te mande un carta bonita antes de publicar un nuevo relato. Te contaré muchos secretos que en las publicaciones del blog no llegan ni aparecer, será algo entre tú y  yo.


Seguir leyendo

Las fieras no entienden de cadenas

¡Hola bonitos!

Están siendo unas semanas complicadas con algún que otro problemilla de salud pero al final de todo se aprende y todo nos hace más fuertes si somos inteligentes y queremos avanzar.

La vida no es una mierda, pero sí hay personas de mierda.

El relato de hoy es cortito y con mucha fuerza. Espero que os remueva aunque sea un poquito 😉

Eres tu propia libertad

Las fieras, afortunadamente, no entienden de cadenas.

El tiempo era relativo y cruel en su vida. Cuando estaba con ella huía con descaro y risa burlona, pero cuando se alejaba se detenía sin compasión.

Desde que sus miradas furtivas se cruzaron, no dejó de perseguirla. La buscaba en cada rincón de la ciudad con ansia y desesperación, tanta que dolía. Quería tenerla cerca cada minuto, que no hubiera instante en el que no sintiera su aliento, que fuera suya solo suya.

Intentó volverla dócil, que fuera una chica especial en una vida normal. Que sus alas no volaran demasiado alto por si perdía en el horizonte y no lo podía alcanzar. Que viviera atada a un mundo sin más sueños que estar a su lado.

Pero su mayor error fue cercar demasiado a la fiera. Las fieras no entienden de cadenas ni de jaulas. No se pueden domar por mucho lazo que se les eche. Su raza antes o después acaba aflorando y embiste con fuerza y sin miramiento.

No vio las señales o no las quiso entender. Ella necesitaba respirar y se estaba ahogando. Despertar en el desierto era más refrescante que la mejor de las fuentes.

Él se moría de ganas de estar con ella, y ella se moría de ganas de rugir libre. Él quiso ser jinete y ella no quería dueño.

Ella dejó a la bestia salir, cogió impulso y no miró atrás cogiendo un camino que a él le pareció el peor de los precipicios.

A ti, gracias por dejarme besarte con letras.


Seguir leyendo

Relato: La soledad del mar

¡Hola, bonitos!

Este es mi tercer mes en el curso de escritura creativa del Taller Paréntesis, y la verdad que no puedo estar más contenta. Esas dos horas a la semana son un regalo para mí. Aprendo muchísimo y puedo conectar con otras personas a las que también les apasiona escribir, la lectura y en definitiva las letras.

En estas clases estoy intentado salir continuamente de mi forma habitual de contar algo. Tengo tendencia a hacerlo en primera persona y de forma introspectiva sin detenerme a describir el espacio o usarlo para potenciar las emociones.

La propuesta que nos hizo Rafa para el relato era idear un personaje y de ahí crear una historia. Me inspiré en una pareja de viejitos que veo cada tarde pasear de la mano cuando salgo a entrenar. Desde el primer día se me fueron los ojos a ellos por dos cosas, la forma cómo se miran y que ella a pesar de que lleva la típica falda a media rodilla usa unas zapatillas de deporte, no sé, quizás sea una tontería pero a mí me produce mucha ternura cuando los veo.

Además, tengo que reconocer que la historia que en un primer momento ideé llena de amor y alegría, al final ha acabado siendo otra cosa al dejarme guiar por las emociones de la protagonista.

En fin, que no me enrollo más y os dejo con el relato.

Un regalo de mi amiga Dánae desde Filipinas

Las campanas de la iglesia comienzan a sonar, son las seis. Las pocas gaviotas que quedan en la playa se lanzan a por los trozos de pescado que ha traído el sombrío oleaje de estos últimos días. Lucía mira hacia el horizonte esperando que el barco de Luis aparezca y por fin se marchen a casa. Un nudo se apodera de su pecho al vislumbrar un casco azul  que avanza hacia el puerto, pero dos olas más y se da cuenta de que es otro de sus compañeros el que vuelve. Suspira dejando que todo el cansancio le pese de golpe.

Unas risas despiertan su curiosidad y por primera vez después de quince horas aparta la vista del mar. Son esos dos viejitos que ve pasear cada tarde de la mano. Ella es bastante más bajita que él. Tiene el pelo gris recogido con una trenza y una sonrisa que impregna a todo aquel que se cruza con ella.  Tuvo que ser una mujer muy hermosa y fuerte, piensa Lucía.

Él tiene un semblante más serio y unas pequeñas gafas que les recuerda a las de su padre.

—Papá, ¿qué hago en este pueblo?

Se intenta acomodar junto a una roca y cierra los ojos. Una lágrima resbala por su mejilla reabriendo la herida que no se cierra. Nunca se imaginó la angustia que viviría cuando Luis le propuso que se viniera con él. La incertidumbre de si ese día sería el beso definitivo o el caprichoso Neptuno le daría la oportunidad de volver a deshacerse en la arena junto a Luis. Se le empezaban a juntar días y noches y de aquella joven risueña que llegó una pegajosa mañana de verano, iban quedando los huesos.

Una de las muchas tardes que esperaba en la playa a que Luis volviera, se cruzó con la viejita de la trenza. Esta la miró y sin mediar palabra se sentó a su lado.

—Soy Elena— le dijo con una sonrisa cómplice.

—Lucía— contestó.

—¿Qué hace una muchacha de ciudad en este perdido pueblo?

—Eso mismo me pregunto cada día—dijo resignada Lucía. Creía que mi sueño del amor eterno se iba hacer por fin realidad. Pero lo único que se me está haciendo eterno es el tiempo en esta maldita playa.

—Ay pequeña, me recuerdas tanto a mí. Yo vine también de la ciudad cegada por la idea de haber encontrado a mi príncipe azul. Quiero a Fernando como si los años no hubieran pasado, no me malinterpretes, pero la vida de la mujer de un pescador no está precisamente cubierta de rosas.

—Yo os envidio cuando os veo paseando cada tarde. Parece todo tan fácil…

—Lucía, he pasado miles de noches en vela. He sentido que me arrancaban las entrañas y me volvía loca dándole vueltas a la playa cuando los días pasaban y Fernando seguía sin llegar a puerto. He llorado con cada tormenta inesperada, con los fríos vientos del norte y hasta con los cálidos del sur. He rezado hasta la saciedad por no tener un hijo que siguiera la condena de este pueblo.

Lucía se había quedado de piedra con la última frase, ¿también tendría que renunciar a eso?

—Pero llega un día— continuó Elena— después de llorar mucha sal, que no sé si la resignación o la forma que ellos tienen de ver el mar se apoderan de ti y te hace olvidar el futuro y casi que el pasado. Vives cada puesta de sol, sientes las olas y vas dejando que la locura solo sea por una noche de pasión, no por convertirte en roca en la playa. Pequeña, no te consumas sin hacer nada. El mar no va a cambiar su destino porque tú lo esperes en la playa.

Elena se incorporó y le dio un sutil beso en la frente.

—Si necesitas una amiga, me encontrarás en el faro.

Lucía no dijo nada, se había quedado bloqueada repasando cada uno de los sueños a los que había renunciado por Luis y todo lo que vendría si seguía aquí.

En un arrebato echó a correr. Le faltaba el aire y del esfuerzo se le empezaron a humedecer los ojos pero siguió corriendo sin escuchar más que sus latidos taladrándole la sien. Corrió hasta los límites del pueblo y solo se detuvo para observar la playa que le había estado ahogando una última vez. El amor propio, al fin, había pesado más.

Gracias por dejarme besarte con letras.

firma


Seguir leyendo

Relato breve: Entre dos aguas

¡Hola, bonitos!
 
¿Cómo van estas fiestas? Espero que con menos caos que el mío 😉 
 
Tengo varios proyectos personales en mente y estoy deseando poder contarlos, ¡ansia viva es poco! Pero bueno, paciencia y buena letra para que las cosas salgan bien y no se queden en un mero espejismo.
 
En la última clase del curso de escritura creativa teníamos como propuesta crear un relato partiendo de cartas. Reconozco que esta forma de contar historias me encanta. Deja la puerta abierta a la interpretación, a ponerse en la piel de cada personaje y sobretodo a jugar con los silencios. 
  
Santander, 23 de enero de 1956
 
Querido Julio:
Esta mañana he vuelto a releer las 153 cartas que nos separan y por un momento sentí que era tu voz la que me hablaba. 
El médico volvió a venir ayer con cuentos y potingues de viejas. ¿Sabes? Hay veces que creo que está más aquí que en su propia casa. He llegado a pensar que se trae algún juego de faldas con mi madre. A ella le sale esa risa tonta cada vez que viene y las visitas que me hace a mí son cada vez más cortas mientras que las charlas con mi madre demasiado largas. Que sé yo Julio, quizás solo es la fiebre por verte que me hace sacar amores imposibles de cada rincón.
 
Julio, ¿te acuerdas de esa tarde en la playa? Creo que fue la última vez que vi el sol y sentí el aire fresco en mi pecho, el aire… Estabas tan bello Julio. ¡Cómo reías! No cabía en mí al verte saltar las olas.
No dejo de preguntarme qué hicimos mal para que ahora solo te pueda rozar a través de tinta y papel. O ¿qué no hicimos? 
Julio… No puedo más. 
 
Cuba, 1 de marzo de 1956
 
Mi querido Marco:
Se me ha roto el corazón en mil pedazos al leer tu carta. No puedo ni imaginar la oscuridad de tus días para que te estés apagando de esta forma. Siento muchísimo ser el causante de tu dolor y aún siento más no poder hacer nada para paliarlo. 
 
Marco, claro que me acuerdo de cada uno de los momentos vividos a tu lado, de como tus labios rozaban mi piel mientras susurrabas mi nombre o como nos miramos durante la última feria.
 
Cómo no me voy a acordar…
 
Yo también estoy cansado, mucho. Cansado de no poder estar con el hombre que amo, cansado de no poder ver a mi pobre madre, cansado de que este calor que siento por ti se haya convertido en mi peor cárcel… Yo tampoco puedo más Marco. No puedo.
 
Mis tíos me han presentado a una buena muchacha. Es bonita y educada y bueno… no puedo pedir más. Marco, me voy a casar con ella. Quiero empezar una vida nueva y tú deberías hacer lo mismo. 
 
No es la vida con la que siempre había soñado pero al menos es más vida que lo que ahora mismo tengo. Siento hacerte de nuevo daño con estas letras, las últimas, pero los dos sabemos que es imposible nuestra lucha y a mí se me agotaron las fuerzas en tanta batalla.
 
Te quiero con toda mi alma Marco, eso no lo dudes.
Gracias por dejarme besarte con letras.
 
Si alguno de mis relatos te gustan, no olvides compartirlo 🙂
 firma
 

Seguir leyendo