Reinventarse y vivir

¡Hola bonitos!

¿Qué tal han ido las cosas durante este descanso? Yo reboso energía y la pena es que no pueda embotellarla para cuando esté al mínimo, aunque bueno, siempre me quedará el café 🙂

Este mes de vacaciones ha sido muy diferente al resto. Durante 21 días he estado recorriendo Bali, Islas Gili y Yogyakarta y los podría resumir en dos palabras, intensidad e inmensidad, más que nada para no daros mucho la tabarra. Ha sido un viaje en el que intenté, y casi lo consigo al 100%, olvidarme de todo lo que tenía aquí para centrarme en tener los sentidos muy alerta y no perderme detalle alguno.

Desconectar de esa manera y terminar de vaciar la carga emocional de estos últimos meses, me ha permitido ver la realidad desde otra perspectiva, mucho más simple. Básicamente, tener la certeza de que poco a poco estoy recorriendo el camino que de verdad quiero. Lo que también os aseguro es que ha sido uno de los mejores cumpleaños de mi vida.

 

Hace poco más de una semana me he mudado a Madrid, ¡me tiene loquita perdida! Y si tenéis alguna sugerencia, tengo los oídos muy limpios para anotarlas todas, eso sí, las de comer que sean gluten free 🙂

En cuanto a mi situación profesional, me he adentrado en el oscuro mundo del freelance. Echaba de menos traducir y tener un contacto más directo con las letras. Estoy inmersa también en el copywriting, aprendiendo muchísimo de gente muy pro como Javi Pastor y Rosa Morel. El 1 de julio voy a asistir al I Encuentro de Redactores Digitales y tengo un ansia por ir que no puedo con ella. Espero que para agosto os pueda enseñar mi web profesional, amor y contenido chulo ya os aseguro que no le va a faltar.

A ver y qué os cuento más… ¡Ah, sí! Durante este tiempo no he dejado de escribir. El curso de escritura creativa lo he tenido que trasladar al modo online porque como todavía no han inventado el teletransporte, que ya les vale, era inviable ir todos los jueves a Málaga. Justo ahora a finales de junio lo acabo y me da mucha penita, ya se sabe, nada es eterno y esto supone un cambio en el blog.

Una vez tanteados diferentes tipos de textos, de géneros y de como yo misma me siento he decidido decantarme por un tono y estilo. Ya os lo confirmaré en cuanto acabe el curso no vaya a ser que ahora probemos algo nuevo y sea para morirse de gusto.

Y hasta aquí el pequeño resumen de cómo están las cosas. Me quedan por comentaros un par de novedades más pero os las dejo para la semana que viene, no quiero empachar 🙂

Con lo que sí quiero cerrar es con el último relato que llevé a clase, quizás uno de lo más personales. Saboreadlo.

Atardecer en Gili

Cuéntamelo otra vez

Otra vez tarde, ni siquiera llego para la merienda. Cuando abro la puerta de casa escucho unas carcajadas que me acompañan hasta el salón. Me quedo en el umbral mirando y ahora soy yo la que no puede evitar sonreír. Mi madre y Lucas están tirados en el suelo disfrazados de indios mientras las flechas vuelan de una banda de cojines a la otra. Por un instante cierro los ojos para volver a ser niña.

-¡Abuelo, abuelo! Cuéntamelo otra vez. Cuéntame qué te pasó con la boina.

Mi abuelo me acarició el pelo con la dulzura de quien te ama por encima de su propia vida y aclaró la voz mientras yo lo miraba embobada desde mi pequeña silla de anea.

-Una tarde fui al pueblo de al lado al barbero. En este pueblo éramos tan pocos que si queríamos cortarnos el pelo o ir al médico había que ir con el burro hasta Uryuba. Cuando llegué me dijo que cómo me lo quería cortar, al uno, al cero, al doble cero. Le dije muy convencido que al doble cero. Cuando metió la maquinilla me quise morir, ¡Dios mío si tengo la cabeza como un enfermo! Ya no había escapatoria, así que me tuve que volver con la boina puesta y una lección a cuestas.

En el pueblo los chiquillos no dejaban de meterse conmigo y alguna que otra pelea cayó balate a bajo. Una tarde, Luis, uno de los chicos mayores me quitó la boina.

-¿La quieres cabeza de melón? Cógela, venga, no llegas, cógela.

Él era mucho más alto que yo así que por más que saltaba con todas mis fuerzas no conseguía recuperarla.

-¿Y qué pasó, abuelo? -le dije entusiasmada a mi héroe.

-A veces cuidaba las cabras de mi padre así que tenía buena puntería y en ese momento no se me ocurrió otra salida que coger una piedra plana del suelo y tirársela a Luis. Cayó seco y un hilo de sangre le manchó la camisa. Todos los niños empezaron a gritar ¡lo has matado, lo has matado! Me asusté tanto que me fui corriendo a las faldas de mi abuela Sagrario. Los niños se chivaron y al cabo de un rato llegó mi padre hecho una furia. El médico estaba visitando a Luis y la cosa pintaba fea. Mi padre me quería matar, no dejaba de gritar y dar golpes por la casa pero mi abuela una vez más me salvó de otra manta palos. ¡Ay mi abuela! Bendita mujer.

Al día siguiente nos enteramos de que Luis había estado jugando a las cartas con la muerte pero finalmente había decidido que le gustaba más jugar al mus con los del pueblo. Creo que no me ha pesado tanto el mundo, ni comparable a las largas tardes acarreando sacos de aceitunas.

Antes de abrir los ojos dejo que su imagen me inunde un ratito más, no quiero soltarlo. Los surcos de su frente capricho del campo, la risa sonora que le daba al acabar de contar las historias y el poder de sus ojos azules. Cómo echo de menos esas tardes.

-¡Mamá, mamá! Si ya estás aquí -me dice Lucas devolviéndome a mis 35.

-Hola peque, ¿qué tal lo has pasado con la abuela?

-Muy guay mamá. Mira, mira, somos indios y te vamos a capturar para que no vayas más a trabajar y meriendes con nosotros.

-¿Qué parece a jefe Oso blanco si tomar chocolate de la paz y contar historias?

A ti, gracias por dejarme besarte con letras.

P.D: ¿Te ha gustado? Compártelo en tus redes sociales y mencióname 🙂


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¡Maleta en mano!

¡Hola bonitos!

La semana pasada os comentaba que este mes de mayo venía cargado de novedades en mi vida, la primera que os mencionaba es que en junio trasladamos nuestro pequeño hogar a Madrid. Y la que me faltaba… ¡qué nos vamos tres semanas a Indonesia!

El blog y el canal de Youtube quedan en modo vacaciones hasta nuevo aviso. Nos hemos ganado a pulso esta experiencia y quiero estar lo más “desconectada” posible para cargar la mochila de ideas y aire fresco 😉

He publicado dos vídeos nuevos en el canal para amenizar el modo barbecho, uno sobre mi visita a Urueña, Villa del libro, y book haul de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Valladolid. En el segundo os cuento los libros que me voy a llevar para las 18 horacas de vuelo. Son cortitos así que podéis cotillear a placer.

No sé si recordáis, y si no os refresco la memoria con este post, que había participado en el certamen de relatos de mi pueblo. Finalmente no ha habido suerte pero yo quiero compartilo en este rinconcito tan agradable con vosotros. El relato está al completo. Para el concurso tuve que darle un par de tijerezos por tema de espacio pero ya que aquí no hay límite para qué recortar.

La idea surgió del taller de escritura, tenía que crear una historia a partir del título de otra persona y este es el resultado.

La mansión de hojalata

Era el octavo cumpleaños de Jon y solo estaba su madre y una enorme tarta de zanahoria. Jon sopló desanimado las velas deseando que aquel estúpido pueblo se borrara de su memoria. Rose había tenido una idea mejor, le había regalado la bicicleta con la que todos los chicos del pueblo soñaban. Jon se quedó alucinado, no se lo podía creer, ahora sí que iba a poder hacer una escapada a la casa del acantilado.

Tal fue su ansia que esa misma tarde, con la excusa de probar su bici nueva, tomó el sendero que daba a parar al impactante acantilado de Cold Summer. La última noche le había parecido haber visto luces en la casa y el gusanillo de la curiosidad le taladraba el estómago. Estaba eufórico y su cabeza repleta de espías y misterios ocultos le hacía que pedalease cada vez más rápido. Justo cuando estaba a punto de llegar a la casa, le pareció ver algo moverse entre los árboles. De pronto, cinco bicis le cortaron el paso.

—Bonita bici chico raro— dijo Brandon, el líder del grupo que le hacía la vida imposible en la escuela.
Jon apretó con fuerza el manillar de la bici sin apartar la vista de Brandon.
—Un bicho raro como tú no merece llevar una bici así, es una deshonra para las bicis tener que cargar con tu enorme culo— el resto del grupo estalló en carcajadas.
—Como soy bueno te voy a dar una oportunidad. ¿Ves la mansión de hojalata? Pues tienes que estar mínimo dos horas encerrado en ella y traerme algo guay que encuentres en su interior. Si lo consigues la bici es tuya, y si no, puedes ir despidiéndote de ella.
—¿Mansión de hojalata?— respondió Jon.
De nuevo todos los chicos empezaron a reírse y Jon se quedó paralizado sin entender nada.
—Ay, bicho raro, cuánto te queda por aprender. Una vez hayas entrado, comprenderás por qué se llama la mansión de hojalata. Eso sí, ten cuidado, igual un bicho como tú no sale vivo de ahí.

La imaginación de Jon era más fuerte que el miedo que le querían infundir aquellos cinco macarras. Dejó su bici en el porche y abrió la pesada puerta bajo la atenta mirada de los cinco chicos. La mayoría de las ventanas estaban cerradas y la penumbra reinaba a sus anchas. Fuera, los cinco chicos no podían parar de reírse, sentían que tenían la bici asegurada.

Jon comenzó a recorrer la casa. Estaba alucinando con la cantidad de objetos que brillaban por la casa con la sutil luz que se colaba. ¡Cómo no había venido antes! De repente, escuchó crujidos extraños, latas que se caían, puertas que se cerraban de golpe, pero nada iba a detener a Jon, no pensaba darle su bici a ese capullo. Bajó las escaleras de dos en dos y ¡boom! Un enorme estruendo metálico le cortó la respiración.

—Los ojos, he visto los ojos. Seguro que eran los mismos.

Jon, no se lo podía creer, era su día de suerte. Creía haber visto los mismos ojos azules que el día que pisó por primera vez la estación de Cold Summer. Esta vez no se podía escapar. Corrió hacia el sótano pero no conseguía abrir la puerta, algo la atascaba. Miró a su alrededor en busca de algo que le ayudase a abrirla. Se le ocurrió la genial idea de coger impulso y golpear la puerta como había visto en tantas películas. La puerta, como era de esperar, no cedió y el dolor que sintió en el hombro lo dejó seco.

Se levantó y siguió intentándolo hasta que de pronto escuchó un click casi mágico. Empujó suavemente y la puerta cedió dejándole ciego un instante con el resplandor que salía de la habitación. Se le iban a salir los ojos de sus órbitas, ¡una habitación repleta de figuras extrañas! Creyó estar en el paraíso y fue entonces cuando vio dos ojos azules escondidos debajo de una mesa. Cogió una de las lámparas de aceite que había encendidas en aquel fantástico lugar y se acercó con sigilo. Ahora sí que le había invadido el miedo. Los ojos no se movían y Jon estaba cada vez más cerca de ellos. Dio un último paso casi rozándolos cuando los misteriosos ojos salieron de su escondite.

—Al fin llegas Jon Wood.
Era una niña con pelo oscuro y una máscara metálica de la que destacaban sus enormes ojos azules.
–¿Quién eres tú? – dijo Jon aliviado.
–Soy Annie, vivo a las a fueras del pueblo y doy clases en casa. Así no tengo que aguantar a esa panda de palurdos.
–¿Cómo sabes mi nombre?
Annie empezó a reírse. –Todo el mundo en el pueblo sabe tu nombre, tú y tu madre sois los nuevos. Anda ven, voy a enseñarte mi lugar favorito de la casa.

Annie no dejaba de hablar mientras guiaba a Jon. Él estaba asombrado con todas las historias que Annie le estaba contando y cada cachivache que le enseñaba le parecía aún más increíble que el anterior.
Pasaron la tarde jugando a los descubridores y justo cuando empezó a oscurecerse más la casa se dieron cuenta que se había hecho tarde.

–Annie, me tengo que ir. Brandon y los otros tienen mi bici y si no les llevo algo de aquí me la quitarán para siempre.
–Mmm, hay una última cosa que no te he enseñado y que me muero por probar. Además, ahora que somos dos va a ser mucho más fácil.

Annie tiró del brazo de Jon y lo llevó hasta una habitación enorme de la planta baja. Los dos se miraron y parecieron entenderse al instante.

Brandon y el resto de la pandilla estaban cansados de esperar a que Jon saliese de la casa. Nunca pensaron que iba a aguantar tanto tiempo y ahora los que estaban deseando irse eran ellos.

La puerta de la casa se abrió muy despacio y los cinco chicos se giraron. Sus caras cambiaron por completo al ver que no era Jon el que se asomaba. Una enorme armadura se dirigía hacia ellos. Chirriaba con cada movimiento y la luz del atardecer la hacía parecer envuelta en llamas. Los chicos salieron corriendo dejando las bicis tiradas en el porche. Jon y Annie no podían parar de reírse mientras escondían las bicis en el interior de la casa.

–¿Sabes Jon? Creo que nos vamos a llevar muy bien.
Jon se ruborizó al pensar en tener una amiga por fin. –En casa queda tarta, hoy es mi cumpleaños.

¡Nos vemos en junio con más historias y libros!

A ti personalmente, gracias por dejarme besarte con letras.


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Cuando las emociones sobrepasan las palabras

¡Hola bonitos!

Esta semana está siendo muy intensa, mucho. Una intensidad llena de magia, equilibrio y noticias positivas. Estoy convencida de que estos días van a marcar mi vida.

En un mes cambiamos de rumbo y dejamos la calidez de Málaga para trasladarnos al bullicio de Madrid, ¡qué ganas! Arranca una etapa muy soñada y deseada. Cuando Loren, mi compañero de vida, y yo dejamos nuestro trabajo decidimos hacer un parón de varios meses para vaciar la mochila por completo y poder entregarnos así a los proyectos que se avecinan.

Como dice Màxim Huerta en su libro La parte escondida del iceberg “Ya te has ido de alguna manera. Ya no estás. No siempre nos vamos cuando salimos, a veces nos vamos antes”. Y esa misma sensación la llevé grabada durante demasiado tiempo.

El reset ha sido la mejor decisión que he tomado hasta ahora. Me encontraba en un mar cargado de negatividad, ansiedad y pesadillas. Todo cesó dejándome un master de vida.

El equilibrio y confianza que he vuelto a tener conmigo misma me han regalado un cambio de perspectiva. Tengo claro dónde y con quién quiero estar y hasta dónde puedo llegar, al fin y al cabo, somos nosotros quienes nos marcamos los límites. Estoy muy emocionada de haber mandado a paseo los miedos y las dudas para darle rienda suelta a la pasión por las letras, los libros, los idiomas, vamos, lo que me llena. No pretendo ser famosa, quiero algo más sencillo, ser feliz con lo que hago, ahora mismo como afición y deseo que algún día como profesión.

En otras novedades, entraremos más adelante 🙂

Hablando de emociones y de pasión por las letras os traigo un vídeo de las novelas que he leído de Màxim Huerta. Para mí han sido como un abrazo, espero que para vosotros también.

Ha conseguido despertar emociones que estaban bajo llave y eso no solo lo lleva a sus libros sino que él mismo lo transmite con su presencia. He tenido la suerte de ir esta tarde a la firma de su última novela y de poder charlar un ratito con él. “Este libro ha sido abrir las ventanas y que todo se renueve” me decía. Cada gesto, cada palabra, su forma de escucharme ha sido un momento muy especial para mí y no porque fuera a la primera firma de libros a la que acudo. Ha conseguido que todo el ruido que había no estuviera allí y que solo las emociones y el amor por las letras tuviera cabida. La belleza de sus dedicatorias en los tres libros que me ha firmado permitidme que me la reserve para mí.

firma de libros
Firma de libros en FNAC Málaga

Este fin de semana estuvimos por Madrid ya que corríamos los 21km de la Edp Rock and Roll Madrid y pudimos saborear la noche de los libros. Me fascina ver a tanta gente reunida al calor de las letras. Disfrutamos de una lectura de cuentos en la Casa América y nos llenamos de varitas y capas con la lectura de fragmentos de Harry Potter. ¿A vosotros cómo os ha tratado el día del libro? ¿Ha caído alguno para vuestras estanterías? 🙂

Y por último, el relato de esta semana. Tocaban los diarios, nuestro protagonista tenía que desnudar sus ideas y eso he hecho, tranquilos, no soy la protagonista que os veo venir jajaja. Es el primer relato subido de tono que escribo, ¡a ver cómo ha ido la aventura! 😉

El diario de Paula

15 febrero

Aún estoy intranquila. Tengo la sensación de que Marc se ha dado cuenta. Estoy tan avergonzada que no soy capaz de contárselo a las niñas, ni siquiera a Maca. Me siento mal solo con pensarlo pero necesito soltarlo, que este peso sea más ligero. Marc al fin había preparado una velada romántica como tanto tiempo llevaba pidiéndoselo. Vino, velas, música suave que incitaron que subiera el calor y mucho. Ni recuerdo la última vez que tuve tantas ganas. Cuando justo estaba comiéndome entera no sé por qué apareció en mi mente Paul y entonces sí que gemí de placer. Marc más insistía y yo más pensaba que era Paul el que estaba ahí abajo. Creo que es la primera vez que disfruto tanto y encima con algo que no es real. Buf, ¿qué hago? ¿Se lo digo? No sé si se lo va a tomar a risa o si me va a montar el circo padre. ¿Tampoco es tan grave, no? Vamos, esto no se puede considerar infidelidad pero por qué me tengo que sentir tan mal si yo tampoco he hecho nada, ha sido mi mente y no sé, Marc lleva tanto tiempo ausente que quizás haya sido por eso. 

18 febrero

Ha vuelto a ocurrir. Y encima esta tarde hemos estado con Paul. Me sentía como si los dos amigos supieran lo que en mi mente estaba pasando. ¿Se habrán dado cuenta? Dios, creo que me estoy obsesionando y seguro que es un tontería. Si hasta las revistas dicen que todos tenemos fantasías.

27 febrero

Hemos salido de fiesta los tres. Las niñas tenían sus propios planes y al final no han venido. Las copas, la música, el ambiente en general ha hecho que estuviera muy tranquila, tanto, que me he visto coqueteando con Paul. Marc se ha percatado, nunca he sabido ligar y me he acojonado pero no ha dicho nada. ¿Por qué no habrá dicho nada? En ese momento creía que era para no montar una escenita con Paul delante pero cuando hemos llegado a casa seguía sin sacar el tema. Estaba preparada para la bronca del siglo, es más, creo que tenía ganas para así poder quitarme de la cabeza todas estas ideas y que no me pesen tanto. Pero no ha sido así. Hemos hecho el amor, que otra vez vuelve a ser habitual, y como no, en esta rutina se ha instalado Paul también.

7 de marzo

Marc no ha sacado el tema en estos días y yo no me atrevía a decir “¿Qué tal cariño? ¿Cómo ha ido el día? Yo bien aquí en casa pensando en tu amigo cada vez que me tocas”. Buff qué desastre. Lo bueno de todo esto es que la cama ha vuelto a ser un terreno agradable, y si este es el precio tampoco está mal, ¿no? Que yo pensaba que me iba a secar o que me iba a tener que conformar con orgasmos fingidos días sí y día también. Marc está diferente, como más atento. No se limita a él y consigue que me excite mucho…

Me acaba de decir que viene Paul a cenar a casa, ¡ay Dios! Bueno serénate y compórtate como siempre, natural. Ellos no pueden leer tus pensamientos así que relax.

8 de marzo

No sé ni por dónde empezar… Bebimos mucho vino, quizás demasiado. Sentados en el sofá así como el que no quiere la cosa estábamos cada vez más cerca. Y de nuevo más vino. Las risas cómplices, miradas indecentes, un juego peligroso que estaba haciendo que las piernas me temblasen. Empecé a sentir como me apetecía, mucho. Y parece que mis deseos los llevaba grabados en la frente. Una gota inocente de vino en mi escote supuso la brecha de esas ganas contenidas. Mis labios se humedecieron con sus besos, me sobraba el vestido y me apretaba la ropa interior. Sus manos empezaron a surcar mi piel. Una por la nuca recorriendo sin prisa mi espalda y otra se coló entre el encaje de mi entrepierna. ¡Qué placer! No tardamos mucho en vernos desnudos, en sentirnos y en hacernos.

Algunos recuerdos están borrosos, seguro que por el vino, y hay escenas que dudo si las viví o son parte de mi fantasía. Lo que sí tengo claro es que estoy deseando que se despierten otra vez.

A ti personalmente, gracias por dejarme besarte con letras.


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Caperucita, ¿quién eres?

¡Hola bonitos!

¿Qué tal la semana de vacaciones? A mí me han sentado genial para desconectar un montón, tanto que he dejado el móvil y el ordenador perdido más de una vez. No me apetecía estar conectada.

Estoy muy contenta de que por fin, sí, por fin ha visto la luz mi canal de libros en Youtube, ¡yuhu! Ahora mismo hay un vídeo de presentación y otro sobre mis cinco libros favoritos. La idea es subir uno a la semana sobre libros que me haya leído, autores, recomendaciones, truquillos y más cositas.

La calidad del vídeo no es la mejor, nos falta iluminación, mejorar el sonido, etc. Tampoco estoy de lo más suelta ahora mismo ante la cámara pero todo se andará. Lo que más me importa a mí es saber transmitir ese amor que siento por los libros y las letras. Espero vuestro feedback 😉

La experiencia está siendo genial. Loren, mi compi de aventuras, y yo nos hemos reído lo que no está en los escritos grabando. Había momentos que no era capaz de repetir la misma frase de la risa y ya no digamos del tinglado que tuvimos que montar en casa. La vida está para amar y reírse y nosotros intentamos que así sea cada día.

Con esto he conseguido dar un paso más, vencer a ese miedo tonto de que me juzguen. Ya tuve que soltarlo, que parecía que le había tomado cariño, cuando decidí hacer públicos mis relatos y ahora tenía que volver a hacerlo con su primo. Me encanta hablar en público y no tengo problemas ni mucho menos para comunicarme, pero la idea de que al quedar grabado podía llegar a ser juzgada por algo que no soy o transmitir sensaciones que no quiero me daba cosica. Eso sí, que gusto da dar carpetazo a esos intrusos que se cuelan en nuestros pensamientos. Tanto como una siesta a pata suelta en verano al fresquito, sí, ese gustazo.

Otro tema que me está haciendo feliz es ver que mis relatos se van colando en algún que otro sitio más. Como os comentaba, ya he publicado este mes en la revista Cheshire y pronto habrás más colaboraciones. ¡Me muero de ganas!

Y por último, los relatos los vais a poder escuchar con esta voz granadina que La Alpujarra me ha dado. ¡Damos la bienvenida a los podcasts! Así que si no tenéis ganas o tiempo de leer el siguiente relato u os gustaría escucharme, pinchad que no muerde. Aviso a navegantes, en esa grabación podréis comprobar como es mi voz de Manolo tras una semana de anginas.

Yo me despido ya, que quién me lo iba a decir a mí, hoy 20 de abril voy a ver a los Celtas Cortos. No había mejor día 😉

Disfrutad cada día de lo que hacéis y si no os gusta, pensad que hay algo que cambiar. Vivir descontando días no es vivir.

Os dejo el relato por aquí:

Caperucita, ¿quién eres?

El pueblo lucía brillante y lleno de vida. El eco de las risas y la despreocupación se colaba entre las calle. La paz se había instalado en el espíritu de todos los habitantes después de que Caperucita hubiera dado caza al lobo. Así lo recorba el cuello de pelo de lobo que había cosido a su capa.

Ahora ella era la nueva alcaldesa. Decidía qué parte del bosque se podía trabajar y el precio que tenía hacerlo. Todos la adoraban aunque había quienes sentían que el precio por haberse librado del lobo era demasiado elevado.

Una tarde, se adentró en el bosque buscando nuevas zonas que se pudieran cultivar y así cobrar otro tanto de impuestos. Al pasar por un par de troncos en el suelo sintió que algo la observaba entre las sombras. Se apretó un poco más la capa y siguió caminando. Un leve crujido la hizo detenerse en seco y girarse sin pensárselo.

– Vaya, cuánto tiempo sin verte.

– Estás sobrepasando los límites.

– ¿Límites? ¿Qué límites? ¿Desde cuando una alcaldesa tiene límites? –dijo riéndose mientras movía su capa.

– Te lo advierto, tenemos un trato y si no lo cumples yo tampoco lo haré. Estoy deseando ver la cara que ponen tus amados vecinos al verme aparecer por allí –le contestó el lobo con firmeza.

Caperucita hizo como si aquella furtiva reunión nunca hubiera sucedido. Fue ahondando cada vez más en el bosque para conseguir nuevos terrenos con los que sacar beneficio mientras que el lobo veía cómo su manada se asfixiaba confinada en minúsculo trozo de tierra.

Una mañana, cansado de escuchar a los leñadores destrozar su hogar y con miedo de que pudieran hacer daño a sus cachorros se plantó en el pueblo. “¡Un lobo, hay un lobo!”. Caperucita malhumorada por el escándalo que había arruinado su sesión de belleza salió a la calle para darle un escarmiento a quienes se atrevían a armar ese alboroto en su pueblo.

Cuando abrió la puerta de su casa se encontró con el lobo. Se le tensó el cuerpo y las palabras parecían haber desaparecido de sus labios. El lobo comenzó a relatar frente a todos aquellos vecinos que se habían arremolinado para ver cómo Caperucita lo vencía, que todo había sido una patraña. Ella nunca lo había derrotado sino que habían llegado a un acuerdo.

Los vecinos que odiaban los impuestos levantaron la voz contra Caperucita acusándola de traidora y pidiendo que se desterrara del pueblo. Caperucita que no era capaz de inventar ninguna excusa salió corriendo intentando alcanzar la caballeriza. El lobo que era más astuto y rápido le cortó el paso. Le arrancó la capa y la levantó del suelo.

– Caperucita, ¿has visto qué dientes tengo?

 Caperucita pensó que era su fin y que aquella misma tarde iba a teñir de rojo el suelo del pueblo. Cerró los ojos mientras contenía la respiración. El lobo la miró y le dijo – tranquila, son solo para reír mientras te haces vieja en una jaula.

A ti personalmente, gracias por dejarme besarte con letras.


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Cuestión de tiempo

¡Hola bonitos!

He estado unos días de desconexión total entre las montañas de mi pueblo. He intentando no pensar en nada y simplemente dejarme llevar, tengo muchas emociones aún que liberar. Tal ha sido el punto de desconexión que en más de una ocasión me he encontrado completamente ausente y sin ser consciente de cuánto tiempo llevaba en ese estado casi meditativo.

Siempre que vuelvo al pueblo tengo la sensación de que el tiempo se ha detenido y si no fuera porque su gente envejece parecería que mi simple sensación se torna realidad. Justo también la semana pasada, en clase de escritura, hablábamos del tiempo en las historias. Cómo pueden pasar 10 años y que no pase nada relevante mientras que en cinco minutos se puede desarrollar una acción que cambie todo el transcurso de su protagonista. Ese texto junto con un par más los tengo pendientes y espero que entre esta semana y la que viene ponerme al día.

Todas estas pequeñas cosas no dejan de colarse en mi cabeza. Tiempo. Todo necesita tiempo y es la verdadera moneda de cambio en lo que hacemos en el día a día. Al fin y al cabo para conseguir dinero quemamos nuestro tiempo, unas veces mejor valorado que otras. Reconozco que en muchas ocasiones me falta paciencia respecto al tiempo, sobre todo cuando pienso que podía haber hecho un montón de cosas más en los años que llevo pisando este mundo. O quiero que X pase ya y de nuevo el tiempo es el que marca el orden.

Siempre es cuestión de tiempo.

 

Cuestión de tiempo
No le importaba perder su varita, había creado su propia magia. Era libre al fin en aquel mundo de hadas malcriadas.

 

Dejando un poco al lado esta conversación “mística” que me entra conmigo misma quería contaros que estoy ansiosa por visitar Urueña, un pueblo con 11 librerías y 200 habitantes. ¡No me digáis que no es interesante! Es el único pueblo considerado Villa del Libro en España, además, al estar cerca de Valladolid lo tengo en bandeja ya que parte de la Semana Santa la voy a pasar allí.

Estoy deseando adentrarme en sus calles, investigar las librerías, hablar con la gente del pueblo. Buf, me parece una pasada de sitio. Espero que con la emoción no se me olvide grabar ejem ejem y así poderlo enseñar en el Canal Déjame besarte con letras que ya sí que está cobrando forma después de tanto tiempo y que podéis empezar a suscribiros jiji. Aún no tengo claro si daremos luz a los vídeos en Semana Santa o ya después, ahí estamos dándole alguna vuelta más. Os mantengo informados 😉

Hoy en el post hay dos novedades, la primera es que las cartitas que os mando cada semana os comunico que ya no serán los miércoles sino los jueves. Si aún no la recibes es el momento de suscribirte a la newsletter (en el ladito derecho tienes el cajón mágico y tranquilo, no muerde). Y la segunda novedad es que hoy no va a haber un relato en sí. Me explico. Uno de los últimos retos que tuvimos en clase fue destrozar un párrafo con los patones más generalizados a la hora de escribir. De entre ellos, yo elegí el ego del autor. Para este juego he usado el primer fragmento del libro La soledad del corredor de fondo de Alan Sillitoe, deseando estoy que se cuele en mi estantería.

¡Ahí va la prueba! 😉

Fragmento original

En cuanto llegue al Borstal (reformatorio basado en el deporte), me destinaron a corredor de fondo de cross-country. Supongo que pensarían que tenía la complexión adecuada para ello, porque era alto y flaco para mi edad (y lo sigo siendo), pero, fuese como fuere, a mí no me contrarió nada, si debo decirles la verdad, porque en mi familia siempre le hemos dado mucha importancia al correr, especialmente al correr huyendo de la policía. He sido siempre un buen corredor, a la vez rápido y de buena zancada, y el único incoveniente está en que por más que corrí (y, aunque lo diga yo mismo, lo cierto es que hice un esfuerzo más que regular) ello no me liberó de ser apresado por la bocina, después de la faena en la panadería aquella.

Versión “destrozo”

Era un chico alto y delgado, mucho, vamos sigo siendo un figurín. Tenía una complexión atlética que nada tenía que envidiar a la de Bolt. Mis potentes piernas con unos gemelos que daban miedo y ya no digamos de los cuádriceps, me permitían recorrer en una zancada lo que otros chicos de mi bario en tres. Era la envidia de todos cuando jugábamos al pilla-pilla, no se me escapaba ninguno, ilusos. Supongo que por eso me enviaron al reformatorio deportivo y no al vulgar donde acaban los que no tienen talento. En mi casa siempre se nos ha dado bien el arte de correr. Sobre todo con objetos prestados. Esa tarde se ve que no me esforcé lo suficiente o que me confié demasiado en darle ventaja al pobre gordito con porra, me dio pena.

Espero poder contaros muchas muchas novedades la semana que viene, ¡crucemos dedos!

A ti personalmente, gracias por dejarme besarte con letras.


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Microcuentos con sabor a beso

¡Hola bonitos!

La semana pasada en este post os hablé del reto de hacer tres finales diferentes para una misma historia. De momento, se queda pendiente ya que en estos días mi foco ha sido darle forma a un relato corto, que a mí parecer, tiene un punto tierno que a mí me dibuja una sonrisa. ¿Y por qué es importante ese relato en concreto?

Con él he participado en el XIX Certamen Internacional Literario José Rodríguez Dumont, se organiza en mi pueblo y me hacía una ilusión tremenda. Hace un par de años también participé con este relato por si os apetece echarle un vistazo. El de esta ocasión lo publicaré por aquí a partir de mayo que es cuando sale el fallo del concurso. Ya os contaré cómo va la cosa 😉

No sé si alguna vez os ha pasado que nada cuadraba, de repente todo se empezaba a complicar y no había razón que explicase cómo ese caos se había instalado a sus anchas, pero es tomar una decisión y boom, ¡los planetas vuelven a alinearse! Pues ese sentimiento lo tengo cada día más presente.En este periodo de reset, todo ha empezado de nuevo a cobrar sentido.

Hoy, por casualidades de la vida, un whatsapp que llevaba retrasando un día por una cosa y otro día por otra se ha convertido en una inyección de motivación y seguramente una pieza más en este camino hacía el mundo de las letras.

Ha pasado de ser un simple mensaje a un intercambio de contactos, de ayuda y sobre todo de mucha mucha energía positiva. No hace tanto leía que las personas “triunfadoras” ayudan a los que les rodea para que ellos también cumplan sus sueños y por contra las “fracasadas” solo ponen más obstáculos. No puedo estar más de acuerdo.

Yo espero conseguir, aunque sea a una persona, motivarla a leer más. Un libro es una fuente inagotable de experiencias que seguramente de otra forma no se podrían vivir. Es la pasarela al pensamiento libre. Leer abre puertas que no se ven al ojo de todos.

Empecemos por algo muy sencillo y breve, microcuentos 🙂

 

Solo pido que no tenga que pedir que te quedes. Clic para tuitear

Nunca hay demasiados besos si todos saben a ti. Clic para tuitear

No necesitas encadenar mi corazón para saber que es tuyo Clic para tuitear

¿Y si nos contamos los lunares a besos? Clic para tuitear

A ti personalmente, gracias por dejarme besarte con letras.


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¡Qué siga la fiesta!

¡Hola bonitos!

Esta semana el post se ha retrasado un poquito pero había un buen motivo, había que cerrar una etapa por todo lo alto. A falta de confeti buenos son los vermús y los pinchos de La Tranca, ¡gloria bendita!

Es fundamental para continuar con otro capítulo cerrar bien cerrado y con doble de vuelta el anterior y eso mismo hice ayer. Como ya os adelanté en este post, he dejado mi trabajo en chicfy después de un año y medio. He acabado completamente agotada y con alguna que otra herida que necesito cerrar. Como me ha dicho un buen amigo, “con humildad y pasión todo se consigue”.

El camino que se abre me tiene entusiasmada, vamos, loca de contenta y me ha dejado un lustre que ni la mejor de las cremas. Poco a poco la maraña de ideas locas van dejando de ser en blanco y negro para darle rienda suelta al color a todo chillón. Toca un par de meses “reset” para descansar, desconectar y volver a conectar con lo que quiero y me hace vibrar.

Durante este tiempo mi idea es fijar unas bases fuertes que tengan 100% mi intensidad para que los siguientes pasos sean en firme. Entre ellas, poner foco en volver a toquetear mis idiomas de trabajo que los he echado tanto de menos… tanto que mis oídos se van a la conversación vecina como sea en una de esas lenguas y me olvido de quien me esté hablando a mí.

Escribir, leer, escribir, leer y así hasta que me duelan los ojos. Tengo mucha ansia por poder dedicar tiempo de calidad a sumergirme en libros, relatos, microcuentos… quiero que el canal de Youtube de libros esté listo para mediados de abril. ¡Y así unas cuantas cosas más! Todas ellas forman el puzzle que quiero colgar no el salón, sino en mi vida.

Y con esto de los comienzos y los finales, ha dado la casualidad que también en mis curso de escritura hemos puesto foco en ellos. La semana pasada tenía que proponer tres párrafos que den comienzo a tres historias diferentes.

Aquí los míos:

*La pistola me pesaba en el bolsillo y la conciencia me ardía. Doblé la esquina besando el rosario de mi madre. Una tenue luz asomaba por la ventana. Ella y Dios de nuevo me habían dado la espalda.

*Puso tres cubiertos sobre la mesa. El tercero se quedaría intacto como siempre. Marco había muerto para todos menos para ella.

*La cama todavía olía a deseo cuando Lucia se plantó en la habitación 33. No tenía claro cómo había llegado hasta allí pero el vídeo que no paraba de sonar en su móvil le había marcado el camino.

Mis compañeros eligieron el tercero de los que propuse y el reto para la próxima clase es crear tres finales diferentes para ese comienzo, a ver qué se me ocurre que pasa con ese vídeo 😉

Espero que disfrutéis mucho mucho del finde, por aquí, ¡qué siga la fiesta!

Ser fiel a tus principios, al valor que le das a tu vida es un ejemplo de quién eres. Clic para tuitear

A ti personalmente, gracias por dejarme besarte con letras.


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Relato: La soledad del mar

¡Hola, bonitos!

Este es mi tercer mes en el curso de escritura creativa del Taller Paréntesis, y la verdad que no puedo estar más contenta. Esas dos horas a la semana son un regalo para mí. Aprendo muchísimo y puedo conectar con otras personas a las que también les apasiona escribir, la lectura y en definitiva las letras.

En estas clases estoy intentado salir continuamente de mi forma habitual de contar algo. Tengo tendencia a hacerlo en primera persona y de forma introspectiva sin detenerme a describir el espacio o usarlo para potenciar las emociones.

La propuesta que nos hizo Rafa para el relato era idear un personaje y de ahí crear una historia. Me inspiré en una pareja de viejitos que veo cada tarde pasear de la mano cuando salgo a entrenar. Desde el primer día se me fueron los ojos a ellos por dos cosas, la forma cómo se miran y que ella a pesar de que lleva la típica falda a media rodilla usa unas zapatillas de deporte, no sé, quizás sea una tontería pero a mí me produce mucha ternura cuando los veo.

Además, tengo que reconocer que la historia que en un primer momento ideé llena de amor y alegría, al final ha acabado siendo otra cosa al dejarme guiar por las emociones de la protagonista.

En fin, que no me enrollo más y os dejo con el relato.

Un regalo de mi amiga Dánae desde Filipinas

Las campanas de la iglesia comienzan a sonar, son las seis. Las pocas gaviotas que quedan en la playa se lanzan a por los trozos de pescado que ha traído el sombrío oleaje de estos últimos días. Lucía mira hacia el horizonte esperando que el barco de Luis aparezca y por fin se marchen a casa. Un nudo se apodera de su pecho al vislumbrar un casco azul  que avanza hacia el puerto, pero dos olas más y se da cuenta de que es otro de sus compañeros el que vuelve. Suspira dejando que todo el cansancio le pese de golpe.

Unas risas despiertan su curiosidad y por primera vez después de quince horas aparta la vista del mar. Son esos dos viejitos que ve pasear cada tarde de la mano. Ella es bastante más bajita que él. Tiene el pelo gris recogido con una trenza y una sonrisa que impregna a todo aquel que se cruza con ella.  Tuvo que ser una mujer muy hermosa y fuerte, piensa Lucía.

Él tiene un semblante más serio y unas pequeñas gafas que les recuerda a las de su padre.

—Papá, ¿qué hago en este pueblo?

Se intenta acomodar junto a una roca y cierra los ojos. Una lágrima resbala por su mejilla reabriendo la herida que no se cierra. Nunca se imaginó la angustia que viviría cuando Luis le propuso que se viniera con él. La incertidumbre de si ese día sería el beso definitivo o el caprichoso Neptuno le daría la oportunidad de volver a deshacerse en la arena junto a Luis. Se le empezaban a juntar días y noches y de aquella joven risueña que llegó una pegajosa mañana de verano, iban quedando los huesos.

Una de las muchas tardes que esperaba en la playa a que Luis volviera, se cruzó con la viejita de la trenza. Esta la miró y sin mediar palabra se sentó a su lado.

—Soy Elena— le dijo con una sonrisa cómplice.

—Lucía— contestó.

—¿Qué hace una muchacha de ciudad en este perdido pueblo?

—Eso mismo me pregunto cada día—dijo resignada Lucía. Creía que mi sueño del amor eterno se iba hacer por fin realidad. Pero lo único que se me está haciendo eterno es el tiempo en esta maldita playa.

—Ay pequeña, me recuerdas tanto a mí. Yo vine también de la ciudad cegada por la idea de haber encontrado a mi príncipe azul. Quiero a Fernando como si los años no hubieran pasado, no me malinterpretes, pero la vida de la mujer de un pescador no está precisamente cubierta de rosas.

—Yo os envidio cuando os veo paseando cada tarde. Parece todo tan fácil…

—Lucía, he pasado miles de noches en vela. He sentido que me arrancaban las entrañas y me volvía loca dándole vueltas a la playa cuando los días pasaban y Fernando seguía sin llegar a puerto. He llorado con cada tormenta inesperada, con los fríos vientos del norte y hasta con los cálidos del sur. He rezado hasta la saciedad por no tener un hijo que siguiera la condena de este pueblo.

Lucía se había quedado de piedra con la última frase, ¿también tendría que renunciar a eso?

—Pero llega un día— continuó Elena— después de llorar mucha sal, que no sé si la resignación o la forma que ellos tienen de ver el mar se apoderan de ti y te hace olvidar el futuro y casi que el pasado. Vives cada puesta de sol, sientes las olas y vas dejando que la locura solo sea por una noche de pasión, no por convertirte en roca en la playa. Pequeña, no te consumas sin hacer nada. El mar no va a cambiar su destino porque tú lo esperes en la playa.

Elena se incorporó y le dio un sutil beso en la frente.

—Si necesitas una amiga, me encontrarás en el faro.

Lucía no dijo nada, se había quedado bloqueada repasando cada uno de los sueños a los que había renunciado por Luis y todo lo que vendría si seguía aquí.

En un arrebato echó a correr. Le faltaba el aire y del esfuerzo se le empezaron a humedecer los ojos pero siguió corriendo sin escuchar más que sus latidos taladrándole la sien. Corrió hasta los límites del pueblo y solo se detuvo para observar la playa que le había estado ahogando una última vez. El amor propio, al fin, había pesado más.

Gracias por dejarme besarte con letras.

firma


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Relato breve: Entre dos aguas

¡Hola, bonitos!
 
¿Cómo van estas fiestas? Espero que con menos caos que el mío 😉 
 
Tengo varios proyectos personales en mente y estoy deseando poder contarlos, ¡ansia viva es poco! Pero bueno, paciencia y buena letra para que las cosas salgan bien y no se queden en un mero espejismo.
 
En la última clase del curso de escritura creativa teníamos como propuesta crear un relato partiendo de cartas. Reconozco que esta forma de contar historias me encanta. Deja la puerta abierta a la interpretación, a ponerse en la piel de cada personaje y sobretodo a jugar con los silencios. 
  
Santander, 23 de enero de 1956
 
Querido Julio:
Esta mañana he vuelto a releer las 153 cartas que nos separan y por un momento sentí que era tu voz la que me hablaba. 
El médico volvió a venir ayer con cuentos y potingues de viejas. ¿Sabes? Hay veces que creo que está más aquí que en su propia casa. He llegado a pensar que se trae algún juego de faldas con mi madre. A ella le sale esa risa tonta cada vez que viene y las visitas que me hace a mí son cada vez más cortas mientras que las charlas con mi madre demasiado largas. Que sé yo Julio, quizás solo es la fiebre por verte que me hace sacar amores imposibles de cada rincón.
 
Julio, ¿te acuerdas de esa tarde en la playa? Creo que fue la última vez que vi el sol y sentí el aire fresco en mi pecho, el aire… Estabas tan bello Julio. ¡Cómo reías! No cabía en mí al verte saltar las olas.
No dejo de preguntarme qué hicimos mal para que ahora solo te pueda rozar a través de tinta y papel. O ¿qué no hicimos? 
Julio… No puedo más. 
 
Cuba, 1 de marzo de 1956
 
Mi querido Marco:
Se me ha roto el corazón en mil pedazos al leer tu carta. No puedo ni imaginar la oscuridad de tus días para que te estés apagando de esta forma. Siento muchísimo ser el causante de tu dolor y aún siento más no poder hacer nada para paliarlo. 
 
Marco, claro que me acuerdo de cada uno de los momentos vividos a tu lado, de como tus labios rozaban mi piel mientras susurrabas mi nombre o como nos miramos durante la última feria.
 
Cómo no me voy a acordar…
 
Yo también estoy cansado, mucho. Cansado de no poder estar con el hombre que amo, cansado de no poder ver a mi pobre madre, cansado de que este calor que siento por ti se haya convertido en mi peor cárcel… Yo tampoco puedo más Marco. No puedo.
 
Mis tíos me han presentado a una buena muchacha. Es bonita y educada y bueno… no puedo pedir más. Marco, me voy a casar con ella. Quiero empezar una vida nueva y tú deberías hacer lo mismo. 
 
No es la vida con la que siempre había soñado pero al menos es más vida que lo que ahora mismo tengo. Siento hacerte de nuevo daño con estas letras, las últimas, pero los dos sabemos que es imposible nuestra lucha y a mí se me agotaron las fuerzas en tanta batalla.
 
Te quiero con toda mi alma Marco, eso no lo dudes.
Gracias por dejarme besarte con letras.
 
Si alguno de mis relatos te gustan, no olvides compartirlo 🙂
 firma
 

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Relato breve: La simplicidad de una rosa

la simplicidad de una rosa 
Antes de que los primeros rayos de sol iluminaran el dormitorio, Pièrre ya había preparado el desayuno de forma minuciosa. Era un hombre detallista pero esta vez quería que ese día fuera aún más espectacular.
 
Dejó un ramo de rosas blancas en el centro de la mesa, el mismo que llevaba trayendo a Carla semana tras semana durante los últimos veinte años. Cerró los ojos intentando contener las lágrimas al rozar una de las rosas.
 
No podía parar de repasar cada uno de los momentos de su vida en busca de la certeza de que no se había equivocado, que  había merecido la pena. El nudo de la garganta le apretaba aún más, la suerte estaba echada.
 
Puso el cd favorito de su mujer y se dirigió hacia la ventana saboreando el amanecer una vez más. Estaba tan absorto que ni siquiera escuchó llegar a Carla.
 
Ella lo sacó de su mundo lleno de dolor con un abrazo que le dio fuerzas. Aspiró su perfume, se volvió a enamorar de esos ojos negros y se dejó hipnotizar por esa sonrisa que le hacía tan inmensamente feliz. Aún después de veinte años, seguía sin entender cómo se podía amar tanto.
 
Cogió a Carla de la mano como si fuese la primera vez que la tocaba y la llevó hasta la otra punta del salón.
 
Su corazón se encogió al tirar de la tela blanca y descubrir un majestuoso cuadro con la mismas rosas blancas. Carla, que hasta entonces no había dicho nada, empezó a llorar.
 
— No quiero que te falten ningún sábado tus rosas blancas, ni siquiera cuando yo no esté.

Ella lo vivió como el gesto más romántico que le había brindado Pièrre, él como el adiós que no quería decir, pero la carta de su médico, que pesaba como la peor de las condenas, ya se encargaba de recordarle que su luz ya no era fuego.

Gracias por dejarme besarte con letras.

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