El club de los idiomas, ¡mi propia academia!

Academia el club de los idiomas

El viernes fue uno de esos días que se subrayan en fluorescente y con purpurina en el calendario. ¡Por fin inauguramos El club de los idiomas! Después de muchos meses trabajando duro y visualizando fuerte este espacio, se había convertido en realidad.

Una reforma integral del local

La academia no puede tener mejores raíces. Esta era la casa de mis abuelos paternos, el hogar del amor de mi vida, mi abuelo Fernando. Te puedes imaginar que las vibraciones que hay en estas paredes rezuman amor y positividad. Por mucho que hubiera buscado no habría encontrado un local mejor que este.

La reforma se me hizo eterna. Hemos añadido otro baño al que ya teníamos para personas con movilidad reducida. El suelo, las paredes y las puertas lucen nuevas. A mí me encanta el equilibrio que hemos conseguido con los colores: gris, blanco, rosa palo y amarillo. Además, de unos toques de verde gracias a las plantas que hay salpicadas por distintos rincones.

Antes de la reforma
Después de la obra

Es entrar aquí y me siento muy cómoda trabajando. Las ganas se multiplican y la concentración se potencia y eso lo necesitaba. Los últimos meses me he ido arrastrando por cualquier esquina y aunque disponía de mucho tiempo para continuar con el blog, la novela y demás encargos, no tenía energía.

Ahora puedo volver a retomar la rutina y todos esos proyectos que tuve que dejar a un lado.

El club de los idiomas, aprende divirtiéndote

Ese es el lema de esta academia y el mío propio. En este proyecto yo soy la voz cantante pero Loren es otra pieza importante. Él me va a ayudar con la web y el blog porque en un futuro no muy lejano quiero poder compartir recursos, técnicas y consejos para que aprender sea una fiesta.

De ahí que las clases sean pequeñas, no más de cuatro alumnos, y muy dinámicas. No creo en la educación de «con sangre la letra entra». Las emociones son la clave y quiero que los alumnos, ya sean adultos o niños, tengan ganas de seguir fomentando su curiosidad.

Una celebración por todo lo alto

Como te contaba al principio de este post, el viernes abrimos las puertas. Me sentí muy orgullosa y emocionada de poder compartir con el resto de personas este pequeño templo. Sentí fuerte cada abrazo, cada palabra e incluso cada mensaje de aquellos que no pudieron estar piel con piel.

Cuando me preguntaron si estaba nerviosa solo pude decir que no. Que lo que estaba es realmente feliz. Emprender es tremendamente difícil pero me siento arropada en esta aventura y eso insufla todavía más coraje.

El fin de semana seguimos con la fiesta a nivel familiar y de amigos. Muchos de ellos recorrieron cientos de kilómetros por estar con nosotros en esta fecha. Vinieron de Madrid, Almería, Murcia… ¡Cómo no iba a estar contenta si mi tribu estaba allí!

la tribu de el club de los idiomas

Queda mucho trabajo por delante y me siento preparada para enfrentarme a ello.

Gracias por acompañarme también en este nueva andadura.

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El corrillo de la sabiduría, un lugar con pasado

píldoras de sabiduría

Cuando entro a un espacio me fascina imaginar su historia, la sabiduría que rezuman sus paredes. Reconozco que al igual que a Phoebe Buffay me hace feliz tocar y tener objetos que posean una vida anterior. Es como si las vibraciones de esas experiencias del pasado traspasasen lo material y consiguiesen cambiar la energía del lugar.

Desde que era pequeña mi imaginación estaba en otro Universo pero desde que el hombre de mi vida, mi abuelo, se marchó esa sensación de agarrarme a esa sabiduría extrapolada me ancla. Un peso clave fue uno de nuestros últimos momentos juntos en el que me dijo que había visto algo que me quería regalar, algo para que siempre me acordase de él. Nunca supe ni sabré de qué se trataba. Quizás algún día encuentre ese objeto que él vio y también quizás consiga sentir la chispa de que se trata de ese y no de otro elemento.

Sin embargo, no sé si él fue consciente de que la semilla de contar historias la plantó y regó él con todas aquellas aventuras sobre la guerra, su infancia y el campo que me narraba cada tarde en ese columpio amarillo que me regaló.

Hace poco entré en una farmacia antigua y mi mente se marchó lejos, como cuando me mecía en ese balancín. No sé si las raíces de aquel lugar con olor a neutro habían sido siempre las mismas. Mientras esperaba en la cola empecé a divagar sobre tiempos lejanos, mejunjes y pócimas mágicas. El resultado acabó siendo este microrrelato 🙂

El corrillo de la sabiduría

La farmacia apareció como un lugar de reunión en el que compartir remedios verbales más que curativos. A ese corrillo de la sabiduría se acercaba todo aquel que decía padecer un achaque, aunque realmente lo único que necesitaban combatir era su curiosidad. Con el tiempo, para no levantar sospechas ni quedar como cotillas, empezaron a mezclar plantas y esencias. A los que decían padecer mal de amores les hacían tragar unas gotas de anís fermentado en rosas. Los que se quejaban de la cabeza, infusión de tisana con hierbabuena. Aquello que surgió como una broma acabó siendo infalible. Solo había un mal que seguía sin cura, la oscuridad humana.

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¿A ti te apasionan los objetos o lugares con sabiduría?

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Siete mañanas y cuatro hojas, un relato silvestre

Pasea todas las mañanas por El Retiro

Siete mañanas llevaba Greta paseando por los jardines de El Prado. Se detenía en cada árbol, hipnótica, sin prisa. Las flores danzaban a sus pasos, suspirando perfume y primavera. Sin aparente destino Greta llegaba al Retiro. Se adentraba sin orden por los caminos mientras se alejaba del estanque. Saboreaba las fuentes, jugaba con las ardillas hasta que de pronto se escondía entre los árboles enamorados, esos que parecen besarse todas las mañanas la mano.

Acurrucada y vigilando que nadie la hubiese seguido, sacaba a la luz su tesoro. Ese descubrimiento inesperado que la hacía recorrer absorta la ciudad. Un libro de cuatro hojas que le susurraba al oído los mayores secretos de su Madrid querido.

Mi piel aún sabe a ti mientras me visto espalda contra espalda. El Prado empieza a vislumbrarse por la ventana. Nos miramos sin nada que añadir. Un beso frío junto a un café por compromiso y con exceso de silencios. Un punto y final lleno de incógnitas que quedaron sin resolver entre las sábanas. Ese quiero y no puedo. Esas ganas contenidas. Esas preguntas con ansia de nuevas respuestas y saliva. Pero siempre hay un último intento, una ficha extra.

–¿Y si lo olvidamos todo y nos contamos los lunares a besos?  

Tarde, ella ya solo tenía como objetivo volver a ser flor en El Retiro.

Descubre más mañanas de letras

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Saborea las novelas de una forma diferente a través de estas reseñas.

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El calor de una abuela, un regalo del paraíso

el calor de una abuela

Le gustaban las rosas blancas. Las había visto crecer desde que era una niña en el jardín de su abuela Rosario. Cuando las primeras rosas brotaban y se desperezaban del capullo, Rosario las acariciaba antes de cortar con cuidado una de ellas. Siempre se la daba a Blanca, su nieta, y le contaba la historia de que su nombre también había nacido en aquel pedazo de paraíso.

A pesar de sus 25 años, Blanca seguía admirando la suavidad de cada rosa. Le devolvían las caricias que su abuela había ido encerrando durante años en aquella casa de campo perdida en las montañas del sur. Ahora ella se encontraba demasiado lejos con un océano de por medio pero el impacto de esa perfumada imagen le hacía flotar.

Una mañana antes de ir al gélido bufete para el que trabajaba, recibió un paquete. Era un pequeño esqueje acompañado por una nota con una caligrafía adornada.

“Siempre será tuyo”.

Blanca no entendía nada. No había remitente ni ningún otro objeto que aclarara su procedencia. Lo único que le quedaba claro es que necesitaba plantar aquel trozo de vida.

Cuidó del esqueje hasta que se convirtió en rosal y con el primer brote blanco entendió que su abuela aunque se había marchado hacía años, de alguna manera le había hecho llegar parte de su magia. Porque los abuelos tienen ese poder, el de acunarnos incluso cuando su presencia física se marcha.

Dedicado a todas las abuelas y abuelos del mundo

En especial a los míos que consiguieron, y algunos de ellos todavía lo hacen, que mi infancia y el resto de mi vida esté llena de amor y recuerdos inolvidables.

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Si te gusta leer, algunas de mis reseñas te pueden ayudar a elegir tu próxima lectura.

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La bruja en prácticas

microcuento de la bruja en prácticas

Estoy muy contenta con la acogida que ha tenido el relato anterior. Me hace muy feliz cuando alguno de vosotros me escribís para decirme lo que os ha hecho sentir alguno de mis relatos. Siempre se me dibuja una sonrisa enorme 🙂

En el post de hoy cambio el formato de cuento a breve a microcuento. Un pequeño aperitivo con el que empezar la semana riendo. A mí personalmente me pirra reír, y en semanas como esta en la que las anginas acechan me parece que es todavía más necesario.

¿Qué te parecen los cuentos de brujas? ¿Has metido la pata mientras estabas de prácticas en alguna empresa? La protagonista de esta breve historia tiene que arreglar un entuerto un tanto delicado. Descubre cómo acaba este periplo lleno de magia.

La bruja en prácticas

La bruja en prácticas llevaba cinco hechizos y siete pociones cuando un alumno se auto convirtió en rana. ¿Besarlo y romper el hechizo? Iba contra las normas. ¿Llamar al director? Quedaría patente su falta de pericia y el enchufe de su tía la hada. Con ayuda del resto de la clase atraparon al niño rana. Probaron con los conjuros de todo el libro pero la transformación a humano no llegaba. En un último intento desesperado mezclaron tequila, cola de tritón y un par de pelos de zorro al son de los tambores de las guerreras victorianas. Le hicieron beber la pócima y el niño se puede decir que volvió. Su aspecto parecía él mismo, quizás con una tonalidad más verdosa y unos ojos más saltones. Lo único que no consiguieron fue quitarle la manía de comer cada mosca que pasaba.

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También hago reseñas y reflexiono sobre experiencias de vida en positivo 🙂

El libro de no ficción que estoy a punto de terminar es Sapiens, y tú, ¿qué estás leyendo ahora?

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El silencio de Colinas Frías

Colinas Frías

Tenía muchas ganas de publicar este relato porque está inspirado en la zona en la que vivo, La Alpujarra. Las costumbres, lugares y personajes son ficticios pero la belleza de los pueblos blancos que relucen en el verdor de las montañas son reales.

La aventura de Colinas Frías se me ocurrió una tarde mientras veía bajar a muchos de los que visitan nuestra zona. Ese río de coches y ganas de descubrir un lugar en el que a veces la cobertura no funciona junto con el punto de humor que me gusta añadir a las historias, hizo el resto.

Espero que disfrutes de este relato tanto como mi mayor fan, mi abuela 🙂 A ella ver nuestro hogar reflejado en unas líneas le parece magia.

La historia de Colinas Frías

Las montañas de Colinas Frías habían olvidado lo que era la paz y el silencio. Hacía tres meses que uno de esos famosos que rellenan páginas de cotilleos y devoran botes de autobronceado, había acabado buscando un lugar dónde alojar a su indescriptible tupé y los restos del deportivo rojo.

Una sola foto activó la avalancha. De espaldas, mirando al hermoso paisaje y sentado sobre el capó. Lo que no enseñaba la instantánea de Instagram era el destrozo que tenía el morro del coche. Las curvas de esas montañas no perdonan, y mucho menos a los listillos que se creen por encima de la ley natural de la zona.

En el corazón de Colinas Frías se encuentra uno de los pueblos más bonitos del país. Casas encaladas de blanco con curiosos tejados de pizarra que destacan entre el verdor de las montañas. En invierno, el humo de las chimeneas redondas se refleja en la copiosa nieve que cubre los picos más altos.

Sus habitantes, con un don de gentes que no se puede aguantar, acogieron al famoso de turno con todo el amor y la ternura que despierta tocar al chico que ven cada tarde por la tele.

Un par de fotos más con las sonrisas picaronas de las vecinas y un plato tradicional que convierte en carnívoro al más profundo vegetariano, hicieron el resto. Al fin de semana siguiente el hostal de Paca no tenía ni una habitación libre.

El día a día de un pueblo marcado por la edad y la altitud cambió. Coches y más coches formaban un nuevo río cada viernes por la tarde. Los negocios locales se frotaban las manos y hacían sonar el taco gordo de los bolsillos. Parecía que se había instaurado la era del oro en Colinas Frías pero claro, no todos recibieron con los brazos abiertos a esos turistas de ciudad.

Jacinto, el pastor, estaba agotado de que sus cabras fueran el monumento de turno. Los domingueros que llegaban se acercaban sin remordimientos y con algún que otro susto hasta las cabras. Les cogían las ubres, los cuernos y lo que pillaran para llevarse un selfie y un puñado de likes. Las cabras de Jacinto estaban estresadas. La leche sabía cada vez más amarga y no había forma de que su apreciado queso cuajara.

Otro de los vecinos que estaba hasta el piolet era Raúl. Un muchacho amante de las montañas y el aire puro que había dejado la ciudad hacía años para instalarse en el pueblo más alejado de la civilización.

A pesar de no ser local se movía por Colinas Frías como si lo fuera. Cada mañana cogía su equipo y peinaba senderos, cortafuegos y demás recovecos para fotografiar la flora y fauna que allí habitaba. Estaba enamorado de la soledad y esas montañas.

Una tarde, mientras Raúl esperaba sentado en una gran piedra cámara en mano a que bajaran los animales a beber al río, vio a Jacinto. El respeto que ambos sentían por ese mágico lugar los había unido.

–¿Qué pasa, Jacinto? ¿Qué haces fuera de tu zona?

–Ni me hables. Estoy buscando nuevas rutas para pastar con mis cabras sin que esos descerebrados con móvil me las maten. ¡Maldita la hora que se puso de moda el ecoturismo de los huevos!

–Seguro que se cansan pronto, Jacinto. Estas montañas aunque te dejan sin respiración son muy duras. En cuanto lleguen las primeras nieves desaparecerán los senderistas de Decathlon.

–¿Senderistas de qué?

–Nada, Jacinto. Que solo les falta un susto y un poco de frío para que no vengan.

–Un susto… oye, muchacho. ¿Y si aceleramos el proceso?

–Ja ja ja. Miedo me estás dando. ¿Qué se te ha ocurrido?

Jacinto miró para un lado y para otro por si había algún turista despistado por allí y le susurró a Raúl su plan. Al fotógrafo se le abrían los ojos como platos con cada detalle. Llegó un punto en el que las carcajadas no tardaron en rugir. Acabaron sellando el trato con un vino peleón que Jacinto llevaba siempre en su bota.

Al día siguiente, Raúl volvió de su jornada de senderismo y fotografía con la ropa hecha jirones y gritando sin parar. De lejos incluso las vecinas, que cosían en la plaza al fresquito de la tarde, creían verlo cojear.

–¡Un lobo! ¡Un lobo!

–¿Un solo? –preguntó Paca.

–¡Qué dices, Paca! Que el chiquillo viene diciendo que ha visto un lobo. ¡Un lobo!

–Remedios, el forastero se ha equivocado. Si hace cuarenta años que no se ven lobos por la zona.

Mientras las vecinas alteradas como gallinas cotorreaban sobre el descubrimiento de Raúl, los hombres que estaban en la tasca empezaron a salir al encuentro.

–Muchacho, ¿qué has dicho?

–Paco, le juro que he visto un lobo y casi me muerde hasta las vergüenzas. Si no me llego a lanzar por el salto de la burra me hubiera pillado.

–¡Cómo va a ser eso! Aquí no hay lobos. Seguro que te has confundido. Por mucho que tú digas no conoces estas montañas.

El vino, el jamón y el intercambio de opiniones no se hicieron de rogar. Raúl repetía una y otra vez cómo se había librado de ser atacado por un lobo enorme.

Los vecinos querían ver las fotos que había hecho para comprobar si era verdad que ese lobo feroz estaba suelto por allí o si seguía formando parte del cuento de Caperucita. Pero casualmente la cámara con la que había trabajado Raúl ese día había desaparecido en el salto de la burra.

–Tenéis que creerme. Lo más sensato sería que no viniesen más turistas hasta que se capture al lobo o podremos tener una desgracia. Yo mismo los he visto andando por los senderos sin ninguna precaución y algún día un panolis de estos va a llevar al pueblo a la ruina.

Nadie quería oír que el sonido de los euros se iba a callar. Montaron batidas para peinar la zona durante días pero el lobo no aparecía. Los turistas siguieron llegando y la única desgracia que había ocurrido hasta el momento era que unos senderistas se habían quedado sin agua en plena ola de calor. Imitando lo que habían visto en los programas de supervivencia, intentaron bajar al río con la mala pata que uno de ellos acabó con el tobillo y la dignidad destrozados.

–Raúl, el plan no está funcionando –le decía Jacinto desesperado.

–No hay forma de convencerlos.

–Habrá que intentarlo con más ímpetu.

–Jacinto, ni el photoshop nos ayuda. Los vecinos se han cegado con el dinero. Si hasta doña Paca dice que se va a poner las muelas de oro.

La noche caía sobre Raúl y Jacinto debatiendo qué podían hacer para conseguir liberar a sus queridas montañas de esa plaga. Parecía más complicado que conseguir adivinar las cabañuelas en agosto, pero no estaban dispuestos a rendirse tan fácilmente.

Faltaban pocas semanas para la llegada de las primeras nevadas. El pueblo celebraba en esos días sus fiestas populares. Las casas se volvían a encalar y farolillos de colores recorrían las enrevesadas calles.

Los comercios se preparaban para una celebración por todo lo alto. Habían salido en la tele y se estimaba que la lluvia de turistas buscando conectar con el campo y las tradiciones sería inigualable.

Algunos se habían anticipado y estaban acampados en los claros de un bosque cercano al pueblo. La ley prohibía cualquier tipo de pernoctación ociosa en las montañas pero el alcalde en un alarde de modernidad y desenfreno había dado luz verde a cualquier cosa que produjese dinero.

El día grande hacía sol pero sin llegar a quemar. Las carrozas llenas de vino y gente con ganas de olvidarse del mundo empezaron a circular tiradas por pequeños tractores. Una charanga un pelín desafinada levantaba el ánimo de los que allí se habían reunido.

El olor a barbacoa y el estruendo de los cohetes llegaban hasta los pueblos del valle. Los coches, aparcados a lo largo de toda la carretera, habían formado unas trenzas de colores en las laderas de la montaña.

La alegría y el desenfreno se palpaba, incluso Jacinto estaba reluciente. Parecía que su ceño fruncido de los últimos meses se había alisado sin necesidad de cremas.

Cuando empezó a bajar el sol, vecinos y turistas se prepararon para comenzar la romería a la ermita de los perdidos. La borrachera generalizada provocaba que el ritmo fuera lento y lleno de ochos. A la cabeza el alcalde con las llaves del pueblo y su escopeta de perdigones. La tradición mandaba que una vez llegados a la ermita debían disparar a cuatro platos de colores y esparcir los restos por el camino de vuelta para que todos los que quedaban perdidos en Colinas Frías pudiesen volver hasta el pueblo.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Ya iban tres platos rotos y cinco intentos fallidos cuando de repente otro sonido cortó las risas de golpe.

¡Auuuuu! ¡Auuuu! ¡Auuuu!

Del silencio a las carreras. Pisotones, achuchones y demás contacto físico involuntario para salvar el culo del hambriento lobo.

El alcalde, desesperado y empapado en sudor frío, se lanzó hacía el sonido. Cada vez era más nítido, el lobo tenía que estar a tan solo unos metros. Apretó la escopeta con la firmeza que las botellas de tinto le dejaban y siguió.

De repente, de entre los matorrales apareció un lobo despeluchado. Tenía el pelaje como si se hubiera metido con los animales equivocados.

–Me cago en el forastero. Al final va a ser verdad –balbuceaba el alcalde mientras se armaba de valor.

El lobo seguía aullando mientras poco a poco se acercaba a él. En apenas cinco metros lo alcanzaría. Era el lobo o su pellejo. Entornando los ojos apretó el gatillo. Un sonido sordo le confirmó que le había dado al lobo aunque fuera de refilón.

El animal se perdió con las últimas luces del día y el alcalde volvió al pueblo como un héroe. Los turistas asustados empezaron su propia peregrinación a la ciudad olvidándose de recoger las maletas.

A la mañana siguiente los vecinos tenían una resaca terrible y la incertidumbre de si su gallina había dejado de dar huevos cargados de euros. Jacinto entró en la tasca con un aura especial. Parecía que le habían quitado 10 años de encima si no fuera por la cojera tonta con la que se había despertado esa mañana.

–Buenos días, vecinos. Parece que la nieve se acerca.

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El peluche de un adulto

El relato del lunes tiene forma de peluche

Eran las nueve de la mañana. El salón de actos estaba repleto de alumnos somnolientos. Algunos ni siquiera habían pasado por casa después de un jueves universitario memorable. El profesor que iba a guiar el curso de cómo hablar en público subió al escenario con una confianza enérgica. Después de dos estribillos de We will rock you los ánimos mustios se caldearon. La música no solo amansa a las fieras.

Durante las siguientes cuatro horas dio pautas y ayudó a marcar objetivos para conseguir que participar en una charla pública no fuera un suicidio social.

Carolina llevaba todo el curso ocultándose en la última fila. Le paralizaba la idea de dirigirse a un auditorio pero a la vez sentía la presión de que si no lo hacía su futuro como divulgadora sería una fantasía dolorosa.

Su falta de confianza ya le había costado demasiados trenes. Chicos de los que se había enamorado, experiencias académicas… Ese camino solo la llevaba a anclarse en el quiero y no puedo, a rumiar.

Solo quedaba una práctica para terminar la sesión, vender un elefante de peluche.

Tres personas levantaron la mano. Se necesitaba una más. Carolina en un impulso por impresionarse a sí misma o por acabar con la sensación de tener un verdugo acariciando su cuello, también la elevó. Cada uno de los participantes sacó sus técnicas de marketing y persuasión para conseguir impresionar a los posibles compradores.

Cuando llegó el turno de Carolina no era capaz de sujetar el micrófono. Cientos de ojos la analizaban. Quería huir. Miró al profesor y con la confianza que consiguió reunir en 20 segundos dijo que ella lo haría a viva voz. Centró la mirada al fondo, al lugar donde ella había ocupado. Pensó en lo que le gustaría que le dijesen y dejó que las emociones se convirtieran en palabras.

Sentía que le temblaban las piernas y que su voz era solo un hilo diminuto. Sin embargo el público percibió ternura. De repente, varios espontáneos se levantaron interrumpiéndola.

–Yo no quiero el peluche, me quedo contigo.

Un calor que le nacía en el vientre subió sin control. Las mejillas parecían explotar y con una sonrisa nerviosa articuló las últimas palabras de su discurso.

–No esperes a que alguien te salve, a que tome las decisiones por ti. ¿Quieres montar un negocio? Hazlo. ¿Te apetece bailar samba? adelante. Y si te mueres por comprarte este peluche, no lo dudes. ¿Infantil? No, valiente, muy valiente.

El auditorio rugió. Carolina no sabía si conseguiría vender un peluche a un adulto, lo que tenía claro era que esta vez la batalla al miedo de hacer el ridículo la había ganado ella.

¡Sorteo disponible!

Ayer lancé un sorteo entre las personas que forman parte de este club de lectores. Un ejemplar de Firmamento de Màxim Huerta y otro de El diario de Ana Frank. Para participar solo tienes que suscribirte a la newsletter. El domingo 23 anunciaré al ganador.

¡Por cierto! La semana pasada hablé de un thriller imprescindible, El Cuarto Mono. Échale un vistazo y descubre una novela completamente adictiva 🙂

Gracias por dejarme besarte con letras.

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Llévame a Niveria

llévame a niveria relato sobre el poder de la imaginación

El relato breve de esta semana versa sobre Niveria, un lugar en el que el poder de la imaginación es completamente libre. Cuando a la creatividad de los niños no se le pone límites es capaz de crear universos partiendo de un simple cubito de hielo. Niveria es solo un brevísimo reflejo de ello.

Llévame a Niveria

Carolina estaba sentada junto a su abuela. El roce de la colcha de lana en sus pies unido al del olor a asado le hacía sentir en casa. Era su hogar, el único lugar en el que podía alentar a sus criaturas, dejarlas libres, mimarlas y convertirlas en algo más que en unas líneas de un diario ajado. Su abuela tarareaba. La voz fina y delicada proyectaba la calma que se irradiaba en aquel retirado rincón de Edimburgo.

Después de la segunda taza de té, Carolina entrecerró los ojos. Pocos segundos después apareció en Niveria, el país de las hadas heladas. A su alrededor reinaba el hielo y la luz se proyectaba en todas las direcciones como si un diamante irradiase su belleza. Sentía una presión en el pecho que la empujaba a buscar a alguna de esas sobrecogedoras criaturas.

Se deslizó como una bailarina por el lago sintiendo como el frío le reconfortaba. Un susurro. Miró en la dirección opuesta y pudo ver algo que se movía. Se acercó con cuidado, como si sus pies pudieran lastimar al duro hielo. Cuando estaba a punto de descubrir qué era esa bola brillante que zumbaba cerca de los pinos cristalizados, un ronroneo la despertó.

Mili, la gata de su abuela, se había enroscado en su regazo dejando un reguero de pelos y una suave sonrisa en el rostro de Carolina. Tenía todas las vacaciones de invierno para seguir buscando a la reina de las hadas heladas.

Puedes descubrir otros relatos aquí.

La reseña de la semana pasada fue sobre el libro de Dolores Redondo Todo esto te daré.

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La rosa que asesinó a mi madre

la simplicidad de una rosa

A mi madre la asesinó una rosa. Cuando llamaron al timbre me ordenó que me encerrara en mi habitación. No le gustaba recibir visitas en mi presencia, decía que los niños copan toda la atención y ella necesitaba las tertulias de las cuatro para olvidarse de que vivíamos en un minúsculo pueblo del interior.

Estaba releyendo uno de mis libros favoritos antes de que el ruido estridente del timbre me hiciera levantar la vista. La luz que acariciaba la antigua butaca de la abuela me acunaba, sin embargo, no podía negarme a la sutil petición de mi madre. Sabía lo que ocurriría si la desobedecía.

Cuando cerré con cuidado la puerta de mi cuarto percibí una voz que no era familiar. Una voz gruesa, con un aplomo que incluso irradiaba miedo al que tenía la suerte de recibir sus palabras afiladas. También escuché a mamá. Parecía nerviosa, se diluían las palabras al final de la frase. Solo alcancé a distinguir un par de ellas: aquí tienes la rosa.

Después de dos horas de silencio me decidí a salir. Llamé a mi madre pero no me respondió. Otras veces me había dejado sin merendar pero esta vez no conseguía adivinar la razón. Me había encerrado y poco más tarde de escuchar las primeras sílabas de esa conversación de mayores, había puesto mis cascos a máxima potencia. Había sido un niño ejemplar esa tarde.

Recorrí la cocina y el salón pero fue al acercarme a la entrada de casa cuando vi un zapato de mamá. Me pareció raro porque ella es muy ordenada. Dice que se pone nerviosa si los objetos no están en su sitio. Me acerqué unos centímetros más y descubrí el cuerpo desparramado con una gran mancha roja decorando la solería. No grité ni salí corriendo, no podía dejar de mirar la rosa blanca que tenía clavada en el pecho.

Puedes encontrar otros relatos aquí.

Si te perdiste la reflexión del viernes sobre lo que aprendí en el evento de escritores Molpecon, échale un vistazo.

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Las voces que resuenan en mi cabeza

las voces que resuenan en mi cabeza

Son las cinco de la mañana, no puedo dormir más. Las voces resuenan en mi cabeza, creo que va a estallar o peor aún, me la acabaré arrancando. Se ha escuchado un ruido en la casa del vecino, siempre igual. Algún día tendré que dejarle las cosas claras, están prohibidos los ruidos, y mucho más los gemidos.

¿Quién se cree para follar de madrugada?

El dolor de cabeza se está traspasando al resto de miembros de mi cuerpo, necesito levantarme, hormigas recorren mis piernas. No puedo más.

Al subir las persianas el chirrido traspasa todas las compuertas y llega directo a mi cerebro. Tengo que acabar también con ellas. La luz amarillenta de las farolas tan solo ilumina un metro formando un círculo casi perfecto. Algo está obstaculizando que la circunferencia me calme.

¿Hay alguien ahí?

Creo que he visto unos ojos rojos ardiendo de rabia, los mismos que me seguían ayer por el parque y los mismos que me han provocado pesadillas toda la noche. Bueno, noche. Si a esto se le puede llamar dormir aunque las pesadillas han dejado de formar parte del trance rem y han cobrado vida, seguro.

¿Quién será el desconocido? ¿Qué quiere de mí?

Voy a bajar, no soporto ni un minuto más ese color que me mira como si pudiera adivinar por qué mi perro ha dejado de ladrar.

El poder de las voces

Esta historia guarda varios secretos en a penas unas cuantas líneas. ¿Qué crees que ha pasado realmente? ¿Por qué le atormentan las voces de su cabeza?

Estoy deseando conocer tu opinión y qué emociones te ha suscitado este pequeño relato  🙂

Puedes conocer otros de mis cuentos en este enlace.

Y si lo que te apetece es descubrir algún libro, pásate por esta sección.

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