La bruja en prácticas

microcuento de la bruja en prácticas

Estoy muy contenta con la acogida que ha tenido el relato anterior. Me hace muy feliz cuando alguno de vosotros me escribís para decirme lo que os ha hecho sentir alguno de mis relatos. Siempre se me dibuja una sonrisa enorme 🙂

En el post de hoy cambio el formato de cuento a breve a microcuento. Un pequeño aperitivo con el que empezar la semana riendo. A mí personalmente me pirra reír, y en semanas como esta en la que las anginas acechan me parece que es todavía más necesario.

¿Qué te parecen los cuentos de brujas? ¿Has metido la pata mientras estabas de prácticas en alguna empresa? La protagonista de esta breve historia tiene que arreglar un entuerto un tanto delicado. Descubre cómo acaba este periplo lleno de magia.

La bruja en prácticas

La bruja en prácticas llevaba cinco hechizos y siete pociones cuando un alumno se auto convirtió en rana. ¿Besarlo y romper el hechizo? Iba contra las normas. ¿Llamar al director? Quedaría patente su falta de pericia y el enchufe de su tía la hada. Con ayuda del resto de la clase atraparon al niño rana. Probaron con los conjuros de todo el libro pero la transformación a humano no llegaba. En un último intento desesperado mezclaron tequila, cola de tritón y un par de pelos de zorro al son de los tambores de las guerreras victorianas. Le hicieron beber la pócima y el niño se puede decir que volvió. Su aspecto parecía él mismo, quizás con una tonalidad más verdosa y unos ojos más saltones. Lo único que no consiguieron fue quitarle la manía de comer cada mosca que pasaba.

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Puedes descubrir otros de mis relatos en este enlace.

También hago reseñas y reflexiono sobre experiencias de vida en positivo 🙂

El libro de no ficción que estoy a punto de terminar es Sapiens, y tú, ¿qué estás leyendo ahora?

A ti que formas parte de esta tribu de lectores, gracias por dejarme besarte con letras.


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El silencio de Colinas Frías

Colinas Frías

Tenía muchas ganas de publicar este relato porque está inspirado en la zona en la que vivo, La Alpujarra. Las costumbres, lugares y personajes son ficticios pero la belleza de los pueblos blancos que relucen en el verdor de las montañas son reales.

La aventura de Colinas Frías se me ocurrió una tarde mientras veía bajar a muchos de los que visitan nuestra zona. Ese río de coches y ganas de descubrir un lugar en el que a veces la cobertura no funciona junto con el punto de humor que me gusta añadir a las historias, hizo el resto.

Espero que disfrutes de este relato tanto como mi mayor fan, mi abuela 🙂 A ella ver nuestro hogar reflejado en unas líneas le parece magia.

La historia de Colinas Frías

Las montañas de Colinas Frías habían olvidado lo que era la paz y el silencio. Hacía tres meses que uno de esos famosos que rellenan páginas de cotilleos y devoran botes de autobronceado, había acabado buscando un lugar dónde alojar a su indescriptible tupé y los restos del deportivo rojo.

Una sola foto activó la avalancha. De espaldas, mirando al hermoso paisaje y sentado sobre el capó. Lo que no enseñaba la instantánea de Instagram era el destrozo que tenía el morro del coche. Las curvas de esas montañas no perdonan, y mucho menos a los listillos que se creen por encima de la ley natural de la zona.

En el corazón de Colinas Frías se encuentra uno de los pueblos más bonitos del país. Casas encaladas de blanco con curiosos tejados de pizarra que destacan entre el verdor de las montañas. En invierno, el humo de las chimeneas redondas se refleja en la copiosa nieve que cubre los picos más altos.

Sus habitantes, con un don de gentes que no se puede aguantar, acogieron al famoso de turno con todo el amor y la ternura que despierta tocar al chico que ven cada tarde por la tele.

Un par de fotos más con las sonrisas picaronas de las vecinas y un plato tradicional que convierte en carnívoro al más profundo vegetariano, hicieron el resto. Al fin de semana siguiente el hostal de Paca no tenía ni una habitación libre.

El día a día de un pueblo marcado por la edad y la altitud cambió. Coches y más coches formaban un nuevo río cada viernes por la tarde. Los negocios locales se frotaban las manos y hacían sonar el taco gordo de los bolsillos. Parecía que se había instaurado la era del oro en Colinas Frías pero claro, no todos recibieron con los brazos abiertos a esos turistas de ciudad.

Jacinto, el pastor, estaba agotado de que sus cabras fueran el monumento de turno. Los domingueros que llegaban se acercaban sin remordimientos y con algún que otro susto hasta las cabras. Les cogían las ubres, los cuernos y lo que pillaran para llevarse un selfie y un puñado de likes. Las cabras de Jacinto estaban estresadas. La leche sabía cada vez más amarga y no había forma de que su apreciado queso cuajara.

Otro de los vecinos que estaba hasta el piolet era Raúl. Un muchacho amante de las montañas y el aire puro que había dejado la ciudad hacía años para instalarse en el pueblo más alejado de la civilización.

A pesar de no ser local se movía por Colinas Frías como si lo fuera. Cada mañana cogía su equipo y peinaba senderos, cortafuegos y demás recovecos para fotografiar la flora y fauna que allí habitaba. Estaba enamorado de la soledad y esas montañas.

Una tarde, mientras Raúl esperaba sentado en una gran piedra cámara en mano a que bajaran los animales a beber al río, vio a Jacinto. El respeto que ambos sentían por ese mágico lugar los había unido.

–¿Qué pasa, Jacinto? ¿Qué haces fuera de tu zona?

–Ni me hables. Estoy buscando nuevas rutas para pastar con mis cabras sin que esos descerebrados con móvil me las maten. ¡Maldita la hora que se puso de moda el ecoturismo de los huevos!

–Seguro que se cansan pronto, Jacinto. Estas montañas aunque te dejan sin respiración son muy duras. En cuanto lleguen las primeras nieves desaparecerán los senderistas de Decathlon.

–¿Senderistas de qué?

–Nada, Jacinto. Que solo les falta un susto y un poco de frío para que no vengan.

–Un susto… oye, muchacho. ¿Y si aceleramos el proceso?

–Ja ja ja. Miedo me estás dando. ¿Qué se te ha ocurrido?

Jacinto miró para un lado y para otro por si había algún turista despistado por allí y le susurró a Raúl su plan. Al fotógrafo se le abrían los ojos como platos con cada detalle. Llegó un punto en el que las carcajadas no tardaron en rugir. Acabaron sellando el trato con un vino peleón que Jacinto llevaba siempre en su bota.

Al día siguiente, Raúl volvió de su jornada de senderismo y fotografía con la ropa hecha jirones y gritando sin parar. De lejos incluso las vecinas, que cosían en la plaza al fresquito de la tarde, creían verlo cojear.

–¡Un lobo! ¡Un lobo!

–¿Un solo? –preguntó Paca.

–¡Qué dices, Paca! Que el chiquillo viene diciendo que ha visto un lobo. ¡Un lobo!

–Remedios, el forastero se ha equivocado. Si hace cuarenta años que no se ven lobos por la zona.

Mientras las vecinas alteradas como gallinas cotorreaban sobre el descubrimiento de Raúl, los hombres que estaban en la tasca empezaron a salir al encuentro.

–Muchacho, ¿qué has dicho?

–Paco, le juro que he visto un lobo y casi me muerde hasta las vergüenzas. Si no me llego a lanzar por el salto de la burra me hubiera pillado.

–¡Cómo va a ser eso! Aquí no hay lobos. Seguro que te has confundido. Por mucho que tú digas no conoces estas montañas.

El vino, el jamón y el intercambio de opiniones no se hicieron de rogar. Raúl repetía una y otra vez cómo se había librado de ser atacado por un lobo enorme.

Los vecinos querían ver las fotos que había hecho para comprobar si era verdad que ese lobo feroz estaba suelto por allí o si seguía formando parte del cuento de Caperucita. Pero casualmente la cámara con la que había trabajado Raúl ese día había desaparecido en el salto de la burra.

–Tenéis que creerme. Lo más sensato sería que no viniesen más turistas hasta que se capture al lobo o podremos tener una desgracia. Yo mismo los he visto andando por los senderos sin ninguna precaución y algún día un panolis de estos va a llevar al pueblo a la ruina.

Nadie quería oír que el sonido de los euros se iba a callar. Montaron batidas para peinar la zona durante días pero el lobo no aparecía. Los turistas siguieron llegando y la única desgracia que había ocurrido hasta el momento era que unos senderistas se habían quedado sin agua en plena ola de calor. Imitando lo que habían visto en los programas de supervivencia, intentaron bajar al río con la mala pata que uno de ellos acabó con el tobillo y la dignidad destrozados.

–Raúl, el plan no está funcionando –le decía Jacinto desesperado.

–No hay forma de convencerlos.

–Habrá que intentarlo con más ímpetu.

–Jacinto, ni el photoshop nos ayuda. Los vecinos se han cegado con el dinero. Si hasta doña Paca dice que se va a poner las muelas de oro.

La noche caía sobre Raúl y Jacinto debatiendo qué podían hacer para conseguir liberar a sus queridas montañas de esa plaga. Parecía más complicado que conseguir adivinar las cabañuelas en agosto, pero no estaban dispuestos a rendirse tan fácilmente.

Faltaban pocas semanas para la llegada de las primeras nevadas. El pueblo celebraba en esos días sus fiestas populares. Las casas se volvían a encalar y farolillos de colores recorrían las enrevesadas calles.

Los comercios se preparaban para una celebración por todo lo alto. Habían salido en la tele y se estimaba que la lluvia de turistas buscando conectar con el campo y las tradiciones sería inigualable.

Algunos se habían anticipado y estaban acampados en los claros de un bosque cercano al pueblo. La ley prohibía cualquier tipo de pernoctación ociosa en las montañas pero el alcalde en un alarde de modernidad y desenfreno había dado luz verde a cualquier cosa que produjese dinero.

El día grande hacía sol pero sin llegar a quemar. Las carrozas llenas de vino y gente con ganas de olvidarse del mundo empezaron a circular tiradas por pequeños tractores. Una charanga un pelín desafinada levantaba el ánimo de los que allí se habían reunido.

El olor a barbacoa y el estruendo de los cohetes llegaban hasta los pueblos del valle. Los coches, aparcados a lo largo de toda la carretera, habían formado unas trenzas de colores en las laderas de la montaña.

La alegría y el desenfreno se palpaba, incluso Jacinto estaba reluciente. Parecía que su ceño fruncido de los últimos meses se había alisado sin necesidad de cremas.

Cuando empezó a bajar el sol, vecinos y turistas se prepararon para comenzar la romería a la ermita de los perdidos. La borrachera generalizada provocaba que el ritmo fuera lento y lleno de ochos. A la cabeza el alcalde con las llaves del pueblo y su escopeta de perdigones. La tradición mandaba que una vez llegados a la ermita debían disparar a cuatro platos de colores y esparcir los restos por el camino de vuelta para que todos los que quedaban perdidos en Colinas Frías pudiesen volver hasta el pueblo.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Ya iban tres platos rotos y cinco intentos fallidos cuando de repente otro sonido cortó las risas de golpe.

¡Auuuuu! ¡Auuuu! ¡Auuuu!

Del silencio a las carreras. Pisotones, achuchones y demás contacto físico involuntario para salvar el culo del hambriento lobo.

El alcalde, desesperado y empapado en sudor frío, se lanzó hacía el sonido. Cada vez era más nítido, el lobo tenía que estar a tan solo unos metros. Apretó la escopeta con la firmeza que las botellas de tinto le dejaban y siguió.

De repente, de entre los matorrales apareció un lobo despeluchado. Tenía el pelaje como si se hubiera metido con los animales equivocados.

–Me cago en el forastero. Al final va a ser verdad –balbuceaba el alcalde mientras se armaba de valor.

El lobo seguía aullando mientras poco a poco se acercaba a él. En apenas cinco metros lo alcanzaría. Era el lobo o su pellejo. Entornando los ojos apretó el gatillo. Un sonido sordo le confirmó que le había dado al lobo aunque fuera de refilón.

El animal se perdió con las últimas luces del día y el alcalde volvió al pueblo como un héroe. Los turistas asustados empezaron su propia peregrinación a la ciudad olvidándose de recoger las maletas.

A la mañana siguiente los vecinos tenían una resaca terrible y la incertidumbre de si su gallina había dejado de dar huevos cargados de euros. Jacinto entró en la tasca con un aura especial. Parecía que le habían quitado 10 años de encima si no fuera por la cojera tonta con la que se había despertado esa mañana.

–Buenos días, vecinos. Parece que la nieve se acerca.

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El peluche de un adulto

El relato del lunes tiene forma de peluche

Eran las nueve de la mañana. El salón de actos estaba repleto de alumnos somnolientos. Algunos ni siquiera habían pasado por casa después de un jueves universitario memorable. El profesor que iba a guiar el curso de cómo hablar en público subió al escenario con una confianza enérgica. Después de dos estribillos de We will rock you los ánimos mustios se caldearon. La música no solo amansa a las fieras.

Durante las siguientes cuatro horas dio pautas y ayudó a marcar objetivos para conseguir que participar en una charla pública no fuera un suicidio social.

Carolina llevaba todo el curso ocultándose en la última fila. Le paralizaba la idea de dirigirse a un auditorio pero a la vez sentía la presión de que si no lo hacía su futuro como divulgadora sería una fantasía dolorosa.

Su falta de confianza ya le había costado demasiados trenes. Chicos de los que se había enamorado, experiencias académicas… Ese camino solo la llevaba a anclarse en el quiero y no puedo, a rumiar.

Solo quedaba una práctica para terminar la sesión, vender un elefante de peluche.

Tres personas levantaron la mano. Se necesitaba una más. Carolina en un impulso por impresionarse a sí misma o por acabar con la sensación de tener un verdugo acariciando su cuello, también la elevó. Cada uno de los participantes sacó sus técnicas de marketing y persuasión para conseguir impresionar a los posibles compradores.

Cuando llegó el turno de Carolina no era capaz de sujetar el micrófono. Cientos de ojos la analizaban. Quería huir. Miró al profesor y con la confianza que consiguió reunir en 20 segundos dijo que ella lo haría a viva voz. Centró la mirada al fondo, al lugar donde ella había ocupado. Pensó en lo que le gustaría que le dijesen y dejó que las emociones se convirtieran en palabras.

Sentía que le temblaban las piernas y que su voz era solo un hilo diminuto. Sin embargo el público percibió ternura. De repente, varios espontáneos se levantaron interrumpiéndola.

–Yo no quiero el peluche, me quedo contigo.

Un calor que le nacía en el vientre subió sin control. Las mejillas parecían explotar y con una sonrisa nerviosa articuló las últimas palabras de su discurso.

–No esperes a que alguien te salve, a que tome las decisiones por ti. ¿Quieres montar un negocio? Hazlo. ¿Te apetece bailar samba? adelante. Y si te mueres por comprarte este peluche, no lo dudes. ¿Infantil? No, valiente, muy valiente.

El auditorio rugió. Carolina no sabía si conseguiría vender un peluche a un adulto, lo que tenía claro era que esta vez la batalla al miedo de hacer el ridículo la había ganado ella.

¡Sorteo disponible!

Ayer lancé un sorteo entre las personas que forman parte de este club de lectores. Un ejemplar de Firmamento de Màxim Huerta y otro de El diario de Ana Frank. Para participar solo tienes que suscribirte a la newsletter. El domingo 23 anunciaré al ganador.

¡Por cierto! La semana pasada hablé de un thriller imprescindible, El Cuarto Mono. Échale un vistazo y descubre una novela completamente adictiva 🙂

Gracias por dejarme besarte con letras.

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Llévame a Niveria

llévame a niveria relato sobre el poder de la imaginación

El relato breve de esta semana versa sobre Niveria, un lugar en el que el poder de la imaginación es completamente libre. Cuando a la creatividad de los niños no se le pone límites es capaz de crear universos partiendo de un simple cubito de hielo. Niveria es solo un brevísimo reflejo de ello.

Llévame a Niveria

Carolina estaba sentada junto a su abuela. El roce de la colcha de lana en sus pies unido al del olor a asado le hacía sentir en casa. Era su hogar, el único lugar en el que podía alentar a sus criaturas, dejarlas libres, mimarlas y convertirlas en algo más que en unas líneas de un diario ajado. Su abuela tarareaba. La voz fina y delicada proyectaba la calma que se irradiaba en aquel retirado rincón de Edimburgo.

Después de la segunda taza de té, Carolina entrecerró los ojos. Pocos segundos después apareció en Niveria, el país de las hadas heladas. A su alrededor reinaba el hielo y la luz se proyectaba en todas las direcciones como si un diamante irradiase su belleza. Sentía una presión en el pecho que la empujaba a buscar a alguna de esas sobrecogedoras criaturas.

Se deslizó como una bailarina por el lago sintiendo como el frío le reconfortaba. Un susurro. Miró en la dirección opuesta y pudo ver algo que se movía. Se acercó con cuidado, como si sus pies pudieran lastimar al duro hielo. Cuando estaba a punto de descubrir qué era esa bola brillante que zumbaba cerca de los pinos cristalizados, un ronroneo la despertó.

Mili, la gata de su abuela, se había enroscado en su regazo dejando un reguero de pelos y una suave sonrisa en el rostro de Carolina. Tenía todas las vacaciones de invierno para seguir buscando a la reina de las hadas heladas.

Puedes descubrir otros relatos aquí.

La reseña de la semana pasada fue sobre el libro de Dolores Redondo Todo esto te daré.

Gracias por dejarme besarte con letras.

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La rosa que asesinó a mi madre

la simplicidad de una rosa

A mi madre la asesinó una rosa. Cuando llamaron al timbre me ordenó que me encerrara en mi habitación. No le gustaba recibir visitas en mi presencia, decía que los niños copan toda la atención y ella necesitaba las tertulias de las cuatro para olvidarse de que vivíamos en un minúsculo pueblo del interior.

Estaba releyendo uno de mis libros favoritos antes de que el ruido estridente del timbre me hiciera levantar la vista. La luz que acariciaba la antigua butaca de la abuela me acunaba, sin embargo, no podía negarme a la sutil petición de mi madre. Sabía lo que ocurriría si la desobedecía.

Cuando cerré con cuidado la puerta de mi cuarto percibí una voz que no era familiar. Una voz gruesa, con un aplomo que incluso irradiaba miedo al que tenía la suerte de recibir sus palabras afiladas. También escuché a mamá. Parecía nerviosa, se diluían las palabras al final de la frase. Solo alcancé a distinguir un par de ellas: aquí tienes la rosa.

Después de dos horas de silencio me decidí a salir. Llamé a mi madre pero no me respondió. Otras veces me había dejado sin merendar pero esta vez no conseguía adivinar la razón. Me había encerrado y poco más tarde de escuchar las primeras sílabas de esa conversación de mayores, había puesto mis cascos a máxima potencia. Había sido un niño ejemplar esa tarde.

Recorrí la cocina y el salón pero fue al acercarme a la entrada de casa cuando vi un zapato de mamá. Me pareció raro porque ella es muy ordenada. Dice que se pone nerviosa si los objetos no están en su sitio. Me acerqué unos centímetros más y descubrí el cuerpo desparramado con una gran mancha roja decorando la solería. No grité ni salí corriendo, no podía dejar de mirar la rosa blanca que tenía clavada en el pecho.

Puedes encontrar otros relatos aquí.

Si te perdiste la reflexión del viernes sobre lo que aprendí en el evento de escritores Molpecon, échale un vistazo.

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Las voces que resuenan en mi cabeza

las voces que resuenan en mi cabeza

Son las cinco de la mañana, no puedo dormir más. Las voces resuenan en mi cabeza, creo que va a estallar o peor aún, me la acabaré arrancando. Se ha escuchado un ruido en la casa del vecino, siempre igual. Algún día tendré que dejarle las cosas claras, están prohibidos los ruidos, y mucho más los gemidos.

¿Quién se cree para follar de madrugada?

El dolor de cabeza se está traspasando al resto de miembros de mi cuerpo, necesito levantarme, hormigas recorren mis piernas. No puedo más.

Al subir las persianas el chirrido traspasa todas las compuertas y llega directo a mi cerebro. Tengo que acabar también con ellas. La luz amarillenta de las farolas tan solo ilumina un metro formando un círculo casi perfecto. Algo está obstaculizando que la circunferencia me calme.

¿Hay alguien ahí?

Creo que he visto unos ojos rojos ardiendo de rabia, los mismos que me seguían ayer por el parque y los mismos que me han provocado pesadillas toda la noche. Bueno, noche. Si a esto se le puede llamar dormir aunque las pesadillas han dejado de formar parte del trance rem y han cobrado vida, seguro.

¿Quién será el desconocido? ¿Qué quiere de mí?

Voy a bajar, no soporto ni un minuto más ese color que me mira como si pudiera adivinar por qué mi perro ha dejado de ladrar.

El poder de las voces

Esta historia guarda varios secretos en a penas unas cuantas líneas. ¿Qué crees que ha pasado realmente? ¿Por qué le atormentan las voces de su cabeza?

Estoy deseando conocer tu opinión y qué emociones te ha suscitado este pequeño relato  🙂

Puedes conocer otros de mis cuentos en este enlace.

Y si lo que te apetece es descubrir algún libro, pásate por esta sección.

Gracias por dejarme besarte con letras.

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Relatos, libros, reflexiones y un proyecto más

mi proyecto literario más personal

Descubrir, aprender, cambiar y vuelta a empezar es una de las premisas que marca cada proyecto en el que me meto de cabeza y llena de ilusión. Si no existe esa magia mejor ni empezar a sembrar un jardín.

Cuando lancé este blog hace dos años fue una vía de escape en la que a través de relatos, monólogos interiores y demás letras soltaba toda la carga física y mental que me estaba provocando la depresión. Ahora el horizonte lo estoy pintando con otras tonalidades diferentes y me gusta mucho más este cuadro.

El blog ha ido evolucionando conmigo, prueba y error continuo del que me siento muy satisfecha. Y de nuevo, un chute de energía bien canalizada me ha llevado a profesionalizarlo.

¿Cómo va a ser la programación?

Sencilla y llena de emociones. Un punto en común que he descubierto cuando me escribís es lo que os hace sentir aquello que publico. No os podéis hacer una idea de lo hermoso que es que alguien se emocione con palabras. Y encima que sean tuyas. ¡Me tenéis loquita de contenta!

Sois personajes protagonistas en esta aventura. Gracias 🙂

Lunes: Habrá un relato breve. Quiero que soñéis, riáis y porque no, podáis llegar a odiar a los personajes. Lo que no me gustaría es que os dejase fríos como los fresisuis de Apu.

Miércoles: Crítica literaria. Desgranar los libros, buscar una mirada más allá de la realidad. Me encantaría que vibréis y os zambulláis en nuevos géneros. Y para los que todavía no sois adictos a la lectura, ayudaros a cultivar ese amor.

Viernes: Reflexión de vida en positivo. Ejercitar el análisis crítico, plantearnos las preguntas de otra forma y llegar a reflexionar y cuestionar lo que percibimos cada día. El camino del aprendizaje nunca se debería detener. Es más, creo que mientras no perdemos la curiosidad nuestra mente no muere.

Mi proyecto más personal

Además, como diría la Pantoja, ¡hoy quiero confesar! Me falta el redoble de tambores pero ya no me puedo aguantar más. ¡Allá voy!

Uno de los proyectos más personales en los que me sumergido está cociéndose ahora mismo a fuego lento y con bien de especias.

Estoy escribiendo mi primera novela de autoficción. Ea, ya lo he dicho 🙂

No sé qué pasará con ella, si llegaré a publicar con una editorial tradicional o me decantaré por la autopublicación. Lo único que tengo claro es que esta historia la tengo que contar. Apela directamente al corazón y en parte esa carga emocional me abruma muchos días pero ver cómo va creciendo este pequeño bebé es un lujo.

Gracias de corazón por haber estado a mi lado durante estos años con este proyecto. Gracias por dejarme que os siga besando con letras y sobre todo, gracias por amar las historias.

¡Se me olvidaba! Os podéis suscribir a la newsletter para recibir toda la información antes y con detalles que no verán la luz fuera de esas cartas con amor que envío cada domingo.

Sois una parte fundamental del motor de este rincón literario.

Podéis leer algunos de los relatos ya publicados desde aquí.

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Mis ocho trucos para redactar bien y con cariño

trucos para redactar bien

El año pasado lancé un proyecto de copywring. Unos meses después lo cerré para poder poner mi foco solo en la literatura y la enseñanza. Algunas de las publicaciones que hice respecto a la escritura o la creatividad, me apetece mucho que estén aquí 🙂

Redactar es un arte y un camino que destapa la caja de la creatividad. Estoy segura de que este post te va a venir genial tanto si escribes como afición o si forma parte de tu carrera profesional.

Redactar con buen gusto, teniendo un estilo propio y por supuesto sin faltas de ortografía, no es algo que se consiga en dos minutos. Requiere de tiempo y mucha práctica.

Algunos escritores o redactores prefieren escribir en momentos de gran inspiración o en los que la creatividad fluye sin mesura. Sin embargo, la gran mayoría tiene un sistema casi mecánico para que sus textos sean potentes.

Cuando empecé a escribir también pensaba que tenía que esperar a que las musas hicieran su aparición mágica y comenzar a teclear como si no hubiera un mañana. Vamos, como si estuviera poseída. Un gran error.

Los siguientes trucos son parte de mi forma de trabajar, lo que a mí personalmente me funciona. De corazón espero que te ayuden a crear tu propia estrategia.

¿Preparado?

Mis ocho trucos para redactar bien

Escribe cada día

Si quieres hacer un maratón entrenas unas cinco veces en semana, pues si quieres redactar bien también debes practicar. Es más, no solo unos días a la semana sino todos. Escribir todos los días hace que tu mente interiorice esa acción y la convierta en hábito.

Los comienzos siempre son duros. Para que no reine la pereza ni el caos, te aconsejo que fijes un horario y un lugar para escribir. Por ejemplo, puedes empezar el primer mes escribiendo 30 minutos al día mientras te tomas un café.

Recuerda, se necesitan 66 días para crear un hábito, no 21. No desesperes y sigue practicando. Llegará un día que por inercia te sientes a redactar y no te suponga ningún esfuerzo extraterrestre.

Al escribir cada día consigues que tu estilo madure, batallas con la hoja en blanco y desarrollas estrategias para fomentar la creatividad.

Lee todo lo que caiga en tus manos

Leer a otros autores, sean del género que sean, te ayudará a mejorar tu forma de redactar. Comprobarás los recursos que utilizaron para enfatizar un pensamiento, cómo han tratado ciertos temas…

Leer despierta la mente y hace que veas una misma situación desde distintas perspectivas. Además, si tienes problemas con tu estilo, leer otros textos te permitirá identificar aquellas fórmulas con las que te sientes cómodo escribiendo.

Otra de las ventajas de leer tanto es que el repertorio de temas sobre los que escribir se multiplica. Conseguirás profundizar en los ámbitos en los que te has especializado y comenzar a ver luz en los desconocidos. Todo esto hace que la hoja en blanco se convierta en un mito.

Sé directo y claro

¿Te acuerdas en el cole cuando llenabas una pregunta de paja porque no sabías la respuesta? Ese “por si cuela” no te hace ningún favor. Todo lo contrario.

Ser directo, claro y ordenado con las ideas permite que el lector comprenda mejor la información que le estás mostrando. También denota seguridad, sabes de lo que hablas y por eso no necesitas relleno.

La gran mayoría de lectores escanean los textos que consumen en Internet. Al mostrar las ideas por puntos, subtítulos y con imágenes se obtiene un texto visualmente más ágil y atractivo. No te cortes en meterle la tijera a tus redacciones.

Ponle un pizca de cariño

Este punto es muy personal. Hay quienes prefieren los textos fríos que no importa quien es el redactor porque todos suenan igual. A mí me pirran los artículos que tienen emociones y mucho corazón. Y ya no digamos los textos literarios.

Los textos que marcan la diferencia te pellizcan el estómago o te hacen contestarle a quien los redactó. Me ha pasado muchísimas veces escribir un email a alguien que me ha emocionado, para bien o para mal, con sus palabras. Incluso ocasiones en las que no tenía muy claro qué decirle pero algo en el texto me pedía que lo hiciese.

Todo lo que haces con el corazón y no pensando en la cartera, conecta más.

trucos para redactar

Mima el tono al redactar

Para que no cambies de tono varias veces en un mismo texto es muy importante que sepas a quién te diriges. Lo mismo ocurre cuando traducimos. Exacto, tener presente al público objetivo.

No le cuentas una misma historia a un niño de cinco años que a un adulto. Igual que tampoco te comunicas de la misma forma con alguien que está familiarizado con la materia como con otra persona que le supone desconocida.

Visualiza a tu público objetivo como una única persona y todas sus aristas. Qué le motiva, cuáles son sus problemas, cómo es su día a día… y verás como las palabras fluyen sin desentonar.

También es clave que si tienes una manera especial de contar las experiencias o productos, la mantengas. Es tu sello más personal y lo que diferencia tus textos de otro escritor o redactor.

Tan importante es lo que dices cómo la forma en la que lo haces.

Introduce un broche de oro

Hay dos partes en cualquier artículo, libro o redacción que hacen que el lector quiera saber más o directamente lo deseche. Sí, el principio y el final.

Un principio regulero se puede sobrellevar pero una conclusión que no recoja las ideas principales y cale en el lector, deja un texto cojo. No tiene ese rollo que consigue que estés todo el día dándole vueltas a lo que has leído.

Cuando comienzo a redactar pienso primero en la conclusión. Es decir, pongo el foco en las ideas que quiero que el lector entienda y se quede con ellas. Una vez tengo el objetivo claro de para qué estoy haciendo ese texto, desarrollo el resto.

Revisión y retroalimentación

Igual que los buenos quesos y vinos necesitan un tiempo de maceración antes de degustarlos, lo mismo ocurre con las letras.

Una vez has terminado de escribir o traducir, deja varios días sin tocar el texto. En el momento que hagas la revisión tu mente estará fresca y será más crítica porque no estará pegada a él.

Invierte tiempo en revisar y sí, sé que cuesta mucho pero marca una diferencia brutal.

Otro punto que tienes que tener en cuenta es la retroalimentación que te dan los lectores. No te lo tomes como algo personal, todo lo contrario. Es una oportunidad de mejorar y exprimir tus habilidades.

Todos tenemos vicios a la hora de redactar y a veces no somos conscientes de ellos. Por eso es genial que otra persona te los indique.

Apaga el móvil

Esto es el fondo de armario de cualquier actividad. Si quieres tener el foco puesto en tu escritura apaga el móvil o por lo menos desconecta los datos y el wifi. Cualquier distracción va a hacer que pierdas el hilo y los minutos que has elegido para dedicar en esta actividad creativa. Incluso te diría que cuando estés aburrido no cojas el móvil.

Es alucinante la cantidad de ideas que surgen cuando estamos aburridos y el poco caso que le hacemos por estar con la vista pegada a una pantalla. Y si no me crees comprueba lo que viví estando 31 días desconectada de Instagram y otras redes sociales.

En conclusión…

Si quieres escribir cada día mejor tienes que tener paciencia, constancia y mucha actitud. Ponle corazón a todo lo que hagas, es tu sello. Prueba diferentes técnicas y crea tu propia estrategia. El éxito no llega en un día ni en dos, todo necesita un proceso. Y sobre todo, disfruta de lo que escribes. Tienes la gran suerte de plasmar con letras todas las ideas que atropellan tu mente.

A ti y a ti, gracias por dejarme besarte con letras.

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Por qué dije que no a escribir un libro de relatos

publicar un libro

Escribo relatos desde que soy pequeña. Recuerdo mi infancia como una niña muy curiosa e inquieta que siempre tenía una historia entre manos. A veces me gustaba escribir, otras leer sobre mundos imaginarios.

Con estos antecedentes te puedes imaginar que uno de mis sueños es escribir un libro y el siguiente publicarlo. Y cuando digo que el primer sueño es escribirlo es porque cada vez que me siento a hacerlo me tiembla todo, se me nubla la mente y todas esas ideas que rondan mi cabeza se disipan. El miedo a que el relato, el cuento o la historia en general sea un desastre me acorrala.

¡Estoy trabajando en ello!

Porque definitivamente no puedo alargar más esta lucha paralizante. Tengo que saltar al vacío.

El verano pasado contacté con una editorial –me reservo su nombre– para contarles mi historia y ver si podíamos hacer algo juntos. En su respuesta me decían habían visto mi blog y les había gustado mi forma de contar historias.

Me propusieron escribir un libro de relatos y yo acabé diciendo que no.

¿Por qué me negué a dar ese paso tan importante?

Me dio mala espina desde el principio

Con el tiempo y las experiencias he aprendido a hacerle caso a mi intuición. Sí, esa sensación que cuando no está condicionada por el miedo te afirma con claridad que estás en tu camino correcto. Cuando recibí el correo de vuelta me pareció rarísimo que con solo leer un relato –me confirmaron que no habían leído ninguno más– quisieran lanzarse a la aventura de publicar un libro con lo saturado que está ahora mismo el mercado editorial.

Tenían demasiada prisa

Las prisas nunca son buenas o por lo menos a mí no me gustan. Querían dejarlo todo cerrado cuanto antes, que me pusiera a escribir ya… Creo que los proyectos que tienen corazón necesitan cierto tiempo, no son de hoy para ayer. Además, si acabas de saber quién soy, ¿cómo quieres que todo sean tan excesivamente rápido sin ni siquiera verme en persona o conocer en profundidad cómo escribo?

publicar un libro

El medio de comunicación no me pareció el ideal

El primer contacto fue por correo pero el resto de conversaciones por whatsapp. Como siempre digo “soy moderna para unas cosas y muy antigua para otras”.

No me pareció profesional hablar sobre un contracto, un futuro libro y demás detalles por un medio como ese. Creo que un proyecto tan importante debe hablarse con calma, aclarando cada punto y si es posible en una reunión en persona o como mínimo por skype.

Su catálogo editorial no contenía relatos

De primeras vi que su editorial estaba centrada en los idiomas. Soy traductora así que contacté con ellos por si necesitaban de mis servicios. En el momento que me comentaron lo del libro volví a revisar su catálogo editorial. ¿Y qué encontré? Ni rastro de libros de relatos o de cualquier otro tipo que no fuese aprender idiomas.

Si ya todo me estaba resultando bastante incómodo y sospechoso, el catálogo me lo estaba diciendo a gritos “aquí huele raro”. No es normal que una editorial que tiene un catálogo concreto como puede ser libros de divulgación, de espiritualidad, de ficción, infantiles… se lance a otro género completamente de golpe y con un autor que nadie conoce.

Consulté las cláusulas con un experto

Después de reunir toda la información, le pregunté a un experto en el sector editorial cuáles son las cláusulas ideales. Su respuesta “no cedas tus derechos para más de uno o dos años. Es preferible hacer concesiones posteriores y así comprobar si te compensa seguir trabajando con una editorial o no”.

También es cierto que hay autores que ceden sus derechos unos 10 años para libros en papel con editoriales potentes. No era el caso. Me pedían 10 años de derechos para una publicación digital, ni siquiera lo iba a poder tener en mis manos o regalárselo a mi abuela… Además, el porcentaje que percibiría por libro era del 10 %.

¿Tú qué hubieras hecho?

Me siento orgullosa de haber seguido a mi intuición. Hay que luchar por los sueños pero no llegar a ellos a cualquier precio o por la vía rápida.

Al ser un formato digital, existe la opción de autopublicarme. El precio del libro puede ser inferior pero mi porcentaje muchísimo más elevado. O seguir batallando para que algún día mi nombre esté en la portada de un libro físico.

La semana pasada hablé de otro sueño cumplido, ¿ya lo has descubierto?

Gracias por dejarme besarte con letras.

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Se nos fue la vida, o, ¿todavía la sigues esperando?

se nos fue la vida

Se nos fue la vida buscando el camino a ser alguien. Buscando ese lugar en el que debíamos estar, ese que estaba hecho para nosotros.

Se nos fue la vida engordando historias y triunfos. Agrandando el ego, derramando esperanza.

Se nos fue la vida en lo instantáneo. En los besos efímeros, en el sexo de contrabando, en las conversaciones vacías y relaciones de estatus.

Se nos fue la vida. Y cuando se fue, el camino estaba, el amor y el sentido también pero los que no estuvimos fuimos nosotros, que seguíamos buscando la vida mientras se nos escapaba entre las manos.

Qué buscar cuando no sabes qué estás buscando

Suena Una mattina de Ludovico y mi mente se abandona. Vida, qué concepto, ¿verdad? Pasan los años y buscamos la vida en un sin vivir sin tregua. ¿Por qué será que no la vemos? ¿Qué tendrá que ocurrir para despertarnos?

Cuando escribí ese pequeño fragmento me sentía completamente perdida, ahora empiezo a quitarme la venda. Oía hablar de tener un propósito, de la razón por la que llegamos a este mundo pero no encontraba la mía. ¿Tú también lo has sentido? “Vive una vida que deje huella” dicen, pero, ¿cuál es esa huella?

Estoy buscando y buscando ese camino y creo que quizás ahora sí vaya por el correcto. Tiene corazón y un propósito. Pero de momento ese propósito me lo guardo y me dejo abrazar por esa paz que parecía que no llegaba.

Es tan frustraste no estar segura al 100% de por dónde caminas. De tenerlo todo pero que falte una pequeña pieza que haga click, y el puzzle deje de ser plano para tener volumen. ¿Quién no ha pasado por ese punto?

Te encuentres en el lugar que te encuentres del camino, recuerda, no dejes que se te vaya la vida. Probablemente eso que buscas aparezca cuando dejes de buscarlo.

Gracias por dejarme besarte con letras.


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