Reír cambia tu vida, ¿tienes sentido del humor?

libertad

¡Hola bonitos!

A veces tengo la sensación de que el sentido del humor brilla cada vez más por su ausencia, que una larga lista de personas se pican hasta sin que les roce una ortiga y que no saben diferenciar la ironía o el absurdo de la realidad.

Quizás es por la necesidad imperiosa que parece implantada en los últimos tiempos de vida perfecta que transmiten numerosas redes sociales o quizás es que nunca tuvieron de qué reírse.

Reír es el salvavidas de la actitud

Creo firmemente y si no es así que el tatuaje que tengo en las costillas empiece a arder, que una vez consigues reírte de ti mismo cambia la perspectiva de tu vida. Sí, hijo, ríete. Cuando era una adolescente me tomaba más de una ironía o bromas como un ataque y me convertía en un miura pero, oye, los años además de las primeras arrugas también dan sentido del humor.

Me ha costado, no os lo voy a negar, pero ahora soy la primera en reírme de mí y ¡qué gustazo! como quitarse el sujetador al llegar a casa.

Con todo este rollo quiero que entendáis la razón de este relato absurdo, que ya me las estoy viendo venir jajaja

Uno de mis últimos retos era narrar una historia absurda, algo que no tuviera ni pies ni cabeza y que no dejara a nadie indiferente y desde luego que los que ya lo han leído me han dicho que indiferencia no es precisamente lo que provoca.

Reíd como si no hubiera mañana, igual de verdad no lo hay.

Antes de que deslicéis como locos la página hasta ver el relato, también quiero haceros otra recomendación: que los libros os acompañen este verano como lo hace la ola de calor.

No me digáis que en verano no tenéis tiempo para leer porque no me lo creo. Tiempo, queridos bonitos, hay. Otra cosa es que os de pereza o que os parezca que el chiringuito es más atractivo. Lo sé, la tentación de una piña colada es difícil pero se puede acompañar de un libro 🙂

La clave está en encontrar uno que os enganche y os haga disfrutar. ¡Ahí mis trucos!

  1. Si no eres lector habitual no cojas el libro más gordo de la estantería, te vas a agobiar.
  2. Busca una temática que te interese. Novela romántica, histórica, negra, etc. No tiene sentido que cojas un libro histórico si no te interesa en absoluto la historia, te vas a aburrir.
  3. Cualquier libro es válido. Que no te cuenten milongas de que si lees ciertos libros te llevan a una categoría inferior. Me parece mucho más importante que la gente lea en general a que solo se pueda leer a grandes eruditos.
  4. Llévate el libro a todas partes. Créeme, cuando menos te lo esperes va a surgir una oportunidad perfecta para desgranar otro par de páginas. En vez de invertir en la pantalla del móvil, hazlo en las páginas de un libro.

Y por último, el relato. Disfrutad pero sobre todo, recordad, sentido del humor 🙂

Las fiestas sin virgen

Huevilandia había desempolvado el traje de domingo, ese que también valía para las BBC. Las calles engalanadas con una fila de cáscara de huevos en cada lado con velas y barritas de incienso en su interior. Banderillas y música de tambores de fondo.  Las señoras como Doña Pura con el collar de perlas que le marcaba las lorzas del cuello se iban quitando los rulos descubriendo una melena encorsetada y apestada de laca. Los señores con Don Raimundo a la cabeza atestaban la tasca. El vino corría y el ego de sus cosechas también.

Todo marchaba como tenía que hacerse cada 25 de agosto. En la plaza del pueblo ya había colocada una ofrenda de huesos de pollo, cáscaras de naranja y aceite de pescado para honrar a la virgen de los santos huevos después de un buen año. Los vecinos, orgullosos, sacaron panza y metieron pecho para encaminarse hasta la ermita negra que guardaba la virgen.

Cuando llegaron el rugir de los tambores se mezcló con los berridos de los vecinos. “La virgen, ¿dónde está la virgen?”. Doña Pura tuvo un supuesto mareo asistido por sus comadres que sacaban los abanicos de plumas. Don Raimundo, embriagado por su fervor, se abrió paso hasta la única casa azul de Huevilandia. La de Arsenio, el boticario, o el brujo según decían las lenguas más sueltas.

Arsenio estaba en la puerta con un huevo en una mano y una taza de té de romero en la otra.

-¿Mal de estómago, Raimundo?

-¿Qué has hecho, maldito?

-Té de romero con un toque de anís de amapola, ¿gustas?

-Lo que gustaría sería ver tu cabeza en el campanario. ¿Dónde está la virgen?

-Vaya, hace mucho que no la veo. Creo que desde que la metí en mi cama.

-Arsenio, que no tengo el vino para barricas de dos duros. ¿Dónde está la virgen?

-Ah, que no era esa virgen. Pues entonces no puedo ayudarte. Para mí no hay más virgen que la que tiene un jardín entre las piernas.

Raimundo tenía los ojos inyectados en vino y la boca hecha fuego. Cuando se acercó un poco más al boticario, este le sonrió levantando el huevo.

-Curioso, Raimundo, veneras tanto a la virgen de los santos huevos y no eres capaz de reconocer que la Tierra es uno de ellos.

-Pero qué pamplina me estás contando. Dame a la virgen, Arsenio, o te juro que no llegas a la próxima cosecha.

No dio tiempo a que Arsenio le contradijera. Un grito llamó la atención de los dos hombres y del medio pueblo que allí se había arremolinado. “La virgen, la virgen, la virgen”. La virgen había aparecido. Estaba en lo alto de la ofrenda abierta de piernas mientras un gorrino le comía los santos huevos. El supuesto mareo de Doña Pura se convirtió en inconsciencia irreversible cuando de pronto la ofrenda comenzó a arder. Nadie daba crédito. La gloria de Huevilandia se veía reducida a los gemidos incesantes de las llamas.

-Raimundo, no llores. Al fin se ha roto el cascarón. Ahora sí que vas a ver la yema de la verdad. ¿Un chato y celebramos?

A ti, gracias por dejarme besarte con letras.

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